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La pasión de Margot Benacerraf

Cineasta

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La madrugada del 29 de mayo de 2012 desperté de un sueño y tuve la imperiosa necesidad de contárselo a la protagonista:

"Querida Margot: seré breve. Me acosté leyendo En la belleza ajena, de Adam Zagajewski. Seguidamente, hasta ahorita, tuve un sueño: ¿Y si hago el documental sobre ti?".

Pocas horas después mi destinataria contestó: "Querido Jonathan: Con gusto haremos el documental. Será muy divertido. La pasaremos muy bien".

Han pasado tres años desde el día en que junto a Ricardo Miranda, Nailly Mojica y Guaritoto González se prende y apaga la cámara. He vivido junto a Margot Benacerraf momentos que están tatuados, anécdotas que construyen la personalidad de una venezolana que en su juventud venció barreras y prejuicios en una ciudad donde no había el mundo que ella soñaba, uno que descubrió a través de su sensibilidad y un fuego que aún recorre su personalidad. "Me gustaría ver mi historia contextualizada en una ciudad desierta para el arte, y que luego mostraras la Caracas maravillosa", dice, yo asiento y redescubro a una mujer con un espíritu que se ha mantenido joven a pesar de sus 89 años.

Tras el éxito de Reverón (1952) y Araya (1959), Benacerraf no hizo otra película. Como autora se embarcó en proyectos que aún no han visto luz. Digo aún porque ella, de alguna forma, contando que existen, ya les da vida. "Tengo por ahí un guion sobre el mito de El Dorado en Venezuela, lo trabajé mucho tiempo junto a Uslar Pietri". También descansan en cajas toda una superproducción, La cándida Eréndira. Planos meticulosos, hechos con amor y paciencia, las mismas virtudes con las que erigió una bandera: el cine venezolano. Supo contagiar la pasión de uno de sus mentores, Henri Langlois, fundador de la Cinemateca francesa, e hizo posible otra película: la Cinemateca Nacional de Venezuela que en 2016 y con mucho esfuerzo sobrevive 50 años.

"Mi única y gran pasión es el cine". Se levanta de una silla y sigue sacando de cajas toda su obra. "Mira, este es el ciclo del cine mudo que hicimos". De ahí brinca y cuenta que quiere hacer ciclos de cine de otros países a través de su fundación. Ha donado el conocimiento que posee apoyando a todo aquel que levanta la mano con ganas de acercarse al cine. "Qué sería este siglo sin el cine...", se pregunta. Luego de la Cinemateca vinieron proyectos e instituciones como el Inciba o Fundavisual Latina. Organismos que dieron la oportunidad a muchos creadores de interpretar la sociedad a través de un cine que hoy triunfa en festivales, gracias también a los puentes que ha tendido. Benacerraf también es una maravillosa relacionista, sabe qué manos poner a estrechar para el milagro. "Dame el correo de Lorenzo Vigas, quiero felicitarlo. Yo presenté a Lorenzo y a Guillermo Arriaga". Sonríe, siempre termina sonriendo.

De todo lo que hemos conversado, subrayo con especial insistencia sus palabras sobre el oficio del cineasta: "Yo creo que aparte de conocer la técnica, es muy importante tener una base cultural muy grande donde te puedas apoyar para decir lo que tienes que decir. El problema del cineasta es que el cine ha nacido después de todas las artes y las absorbe. Es necesaria una base cultural para que el cineasta pueda hablar con profundidad y no enamorarse de la técnica". Yo creo que soñamos en azul. También creo que el cine primero se sueña.

Jonathan Reverón es director del documental Madame cinema sobre Margot Benacerraf que se estrenará en abril de 2016.