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La pasión según Isabel Palacios

Fotografía Mauricio Villahermosa

Fotografía Mauricio Villahermosa

La pianista, cantante lírica, fundadora y directora artística de la Fundación Camerata de Caracas se prepara para celebrar en 2015 el 30˚aniversario de la Camerata Barroca. Aquí repasa una vida llena de florituras, picardías y ganas de enseñar

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Este año la Camerata de Caracas no ofrecerá su tradicional función de El Mesías de Häendel. Quien busque culpables debe enfilar su frustración hacia dos zancudos. Uno, el que contagió de dengue a su directora, Isabel Palacios. El otro, el que la volvió a postrar con la fiebre chikungunya cuando ya estaba casi curada. Su mejoría ha sido esquiva, lenta, caprichosa. Hoy entra a su oficina con pasos mansos, pero dignos. “Esto duele en serio: los brazos, las piernas... Me canso mucho”. Para el concierto de este año tenía prevista una ambientación de la que no quería revelar demasiado, pero que prometía sorprender. Lo intentó como pudo hasta que aceptó la realidad a regañadientes: ensayar y conducir un concierto de dos horas en tales condiciones no es factible. No obstante, se presume que el desquite será memorable. La Camerata Barroca de Caracas celebra 30 años y está listo un disco con una grabación de El Mesías.

“Fuimos muy meticulosos con los detalles para que suene lo mejor posible. La pronunciación y el énfasis tienen que ser muy precisos”. La directora es conocida por sumergirse a fondo en el contexto del repertorio que esté trabajando. “La música que más llega es la que más te conmueve, y a veces es difícil conmoverse con algo que no entiendes o que no sabes de dónde salió”. Compartir los hallazgos forma parte de su receta para llegarle no solo a los ejecutantes, sino al público. No duda en colocar pantallas con subtítulos y traducciones para que el mensaje de una obra sea comprendido con claridad. Con esta consigna didáctica se decidió a conducir Clásicos dominicales, aquel programa de RCTV donde le presentaba a la audiencia los orígenes y estructuras de numerosas obras clásicas.

Enseñar le encanta. “En mi casa confluían pintores, músicos, escritores, bailarines. Cada quien compartía lo que sabía. Siempre me ha encantado sembrarle a la gente esa curiosidad de entender y disfrutar algo nuevo, enamorarla aunque no sepa nada de música. Mis maestros tampoco descansaban hasta contagiarle a uno esa pasión”. ¿Se atrevería a hacer nuevamente Clásicos dominicales en YouTube? “No creo, preferiría la radio”.

De momento, tiene oficio suficiente buscando maneras de financiar los costos de la Camerata. “No tenemos un teatro propio y trabajamos repertorios que a veces son caros de producir. Da dolor hacer una sola función de un montaje que toma meses organizar, pero al mismo tiempo nos da una satisfacción que no tiene precio”.

 

Que toque Isabelita. Si le hubieran preguntado de niña qué quería ser, probablemente habría dicho que veterinaria. “Yo no fui de esos niños iluminados que nacieron queriendo ser músicos”, revela. La afición comenzó con cuentagotas, con composiciones inventadas. “En mi casa había un piano y yo me sentaba a tocar lo que se me ocurriera”. Se imaginaba que las mañanas sonaban de una manera, las tardes y las noches de otra: cada etapa del día recibía su propia melodía. Su potencial se reveló durante una fiesta infantil en casa de Miguel Otero Silva, cuando la profesora Gerty Haas escuchó a la niña de cinco años improvisando y se ofreció a darle clases. Así comenzó su carrera como instrumentista.

“A decir verdad, mis papás no me tomaban muy en serio. Sabían que me gustaba el piano, pero no les constaba que de verdad tuviera talento porque ninguno de los dos era músico”. La pequeña Isabel era tremenda e inventora. Amaba el drama y el romance. “Una vez me llevaron a ver El Cid, con Sofía Loren, y pasé como dos meses haciéndome trajes todos los días con las batas de mi mamá. Aquello no podía ser una cosa chueca: me ponía frente al espejo con la foto para copiármelo igualito. Tapaba el piano con manteles para hacer una tienda de campaña, me metía ahí y veía por la ventana esperando a que el Cid me viniera a buscar”.

Así tuvo una etapa de Scarlett O’Hara y otra de Jackie Kennedy. Poco después del atentado a JFK, su loro murió. Resuelta a inhumarlo con la pompa requerida, se metió al taller de su mamá —la artista Luisa Palacios— para construirle un minicarruaje fúnebre pintado de negro. “Hice un desastre. Me hice un sombrerito con velo y todo como el de Jackie para el entierro”, cuenta divertida. Es obvio que a los padres no se les ocurrió enviarla a un psicólogo infantil. En el seno de un ambiente de artistas, su creatividad desbordada pasaba por curiosa singularidad. Fue en un viaje a Florencia a los 10 años cuando la música antigua la enamoró. No hubo vuelta atrás.

Llegó metiendo hojas de papel entre las cuerdas del piano para que sonara como un clavecín. Se compró un instrumento medieval que pasó cuatro años guardado porque nadie sabía tocarlo para enseñarle. “A esa edad yo era una bicha rarísima”, admite. Curiosamente, detestaba los actos culturales, pero le encantaba imitar voces.

Su carrera en el canto lírico comenzó casi por accidente a los 14 años, pues como requisito para graduarse de pianista necesitaba aprender otro instrumento. “Quería tocar fagot, pero una amiga me anotó en una audición para estudiar canto. Me pareció una cosa absurda porque yo era cruel con los cantantes; me parecía que eran una gente floja que no estudiaba”. Sin idea de qué entonar en la prueba de admisión, optó por imitar a Morella Muñoz. “Los profesores me preguntaron que con quién había estudiado… Dije que con Morella Muñoz y era mentira. Tuve que llegar a mi casa pidiéndole a mi mamá que la llamara, porque eran amigas, y le pedí que me siguiera la corriente si alguien le preguntaba. Morella se moría de risa”.

 

La Palacios. Formada en la Escuela de Música Juan Manuel Olivares, Palacios tuvo entre sus maestros a Fedora Alemán, Gonzalo Castellanos, Modesta Bor, Ángel Sauce y Ruth Gosewinkel. Luego hizo un posgrado en la Guildhall School of Music & Drama de Londres. Mezzosoprano y directora de orquesta, sabe que algunos la imaginan insoportablemente exquisita, arrogante, férrea, inaccesible. “Es ese personaje que llaman la Palacios, una señora de nariz respingada, medio diva”, desliza. ¿Y existe? “Es una leyenda urbana. Si alguien la conoce, que me la mande para que colabore”, dice divertida.  “La Palacios existe solo cuando me toca cantar. La que sale a escena tiene que sentirse estelar. Pero la Palacios directora no es nada de eso”. Una cosa es cierta: no le gusta la mediocridad. “Hay cosas que pueden salir mal y todos podemos equivocarnos, pero no debería ser por falta de esfuerzo o de interés. Yo lo que hago quiero hacerlo bien”.

En la Camerata encontró el espacio para desplegar todas sus inquietudes creativas. Simultáneamente, de sus matrimonios con Alberto Grau y José Ignacio Cabrujas le quedaron dos hijos músicos. “Gonzalo me salió salsero y Diego es roquero”, comparte con orgulloso desconcierto. “Con el menor escucho Metallica y Dream Theater. El rock tiene una base muy simple que se parece un poco a la de la música medieval”. Con el mayor, Gonzalo Grau —nominado al Grammy en 2009 en la categoría mejor álbum tropical latino— refrendó que la buena música trasciende las casillas. “Por mí que toquen lo que quieran mientras sean felices y lo hagan bien”.  ¿Cómo quisiera que el mundo la recuerde? “Como alguien que soñó y que creyó. Que lo hizo todo con pasión”.

 

Tras el telón

—¿Qué la saca de quicio?

—La falta de respeto. El matatigrismo también me desespera  un poco porque puede llevarte a hacer cosas en las que no das todo tu potencial. Puedo entender que la necesidad te obligue, pero tu talento no debería diluirse siempre en eso.

—¿Cuántos vestidos negros tiene?

—¡Ufffff! (risas). Los he tenido todos: largos, cortos, cuello tal, escotados, tapados para el réquiem, con raja en la pierna… También tengo piezas para armar conjuntos. Casi todo mi clóset es negro.

—¿De qué es fanática?

—Del Barça: somos de los que nos uniformamos para ver los juegos y frotamos tres veces el mismo corotico para la buena suerte. También nos paramos de madrugada a ver en vivo la F1… El básquet me encanta: la única vez que he mentido para faltar a un ensayo de la Camerata fue para no perderme una final con los Chicago Bulls.

—¿Un vicio?

—Antes era fumar, pero ahora es hacer rompecabezas. Me relaja muchísimo. Soy de los que se quedan pegados cuando les falta un pedacito de cielo.

 

Sin partitura

—¿Un aria favorita para cantar?

—La dama de picas, de Tchaikovsky. Es una ópera romántica.

—¿Qué es lo más insólito que le ha pasado sobre el escenario?

—Una vez en un concierto casi se me sale una letra de doble sentido que le inventamos en broma a un villancico. No llegué a decirla, pero nos entró un ataque de risa masivo. Tuvimos que parar porque ninguno podía cantar ni tocar y el público no entendía nada. Fue terrible (risas).

—¿Una obra que aborrezca?

—El reguetón. Ya les dije a mis hijos que el que lo intente agarre su maletica y se vaya de la casa. Es la antimúsica, la antiletra, el antitodo.

—¿Alguna vez se ha quedado dormida como espectadora en un concierto?

—Sí, claro. Una vez me bajé de un avión con un jet lag terrible y fuimos a ver una ópera de Wagner que dura como tres horas. Aunque traté de resistir, caí rendida.

—¿Un lugar soñado para presentarse?

—Me encantaría ir alguna vez con la Camerata a Florencia: hacer una gira por la Toscana e interpretar esa música en el lugar donde nació.