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Todo lo demás es pasajero

Hay conversaciones que preferiría no tener

Hay conversaciones que preferiría no tener

Nada mejor que los malos momentos para poner en práctica las cosas buenas que hemos aprendido

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Hay conversaciones que preferiría no tener. Por ejemplo, las que tengo en mi cabeza cuando estoy peleado con mi esposa. Aparte de predecibles, estos diálogos mentales suelen tomar caminos largos y tortuosos que por lo general me llevan a un callejón sin salida. Imagino que conoces la dinámica: recuerdas algo que te dijeron, elaboras una respuesta, especulas la siguiente frase y en menos de un minuto estás con un humor de perros.

Y todo ocurre mientras te duchas, sin cruzar palabra o miradas con la otra persona.

Nada mejor que los malos momentos para poner en práctica las cosas buenas que hemos aprendido. Escribir sobre bienestar y armonía es un paseo cuando estoy del humor más brillante; pero es en las zonas opacas donde debo echar mano a las reservas. Practica lo que pregonas, me digo a mí mismo, y en ese momento hago el ejercicio de meterle freno al diálogo interno y ver las cosas tal y como son.
Por supuesto que no es como bajar un interruptor. Esta vez pasamos varios días bailando el guaguancó de las miradas torcidas. Ni siquiera besito antes de dormir. Y te aseguro que no salió a flote la mejor versión de mi ser.

En ese tiempo de pelea sucedió además otra cosa: se me alborotó el velcro en la cabeza. Me explico: nuestra mente tiene la capacidad de funcionar como un velcro cuando se trata de experiencias y recuerdos negativos; en cambio, para los asuntos más felices y positivos se comporta como un teflón. De cierta forma lo malo se pega y lo bueno nos resbala.

La psicología evolutiva indica que esta fue una herramienta de supervivencia durante decenas de miles de años. Nuestros ancestros habitaban un mundo peligroso y debían mantenerse alerta y recordar las amenazas a menos que quisieran pasar la noche en la barriga de un depredador. Pero ahora que no huimos de las bestias (al menos de aquellas bestias) aún conservamos la tendencia a fijar la atención en lo malo.
Te pongo un ejemplo. Ante una pared blanca con una manchita negra, ¿qué ves?
Inútil decirlo, durante los días de pelea veía un inmenso agujero negro en el universo blanquito de nuestro amor.

Y entonces pasaron varias cosas. Hablamos. Discutimos. Seguimos hablando. Volvimos a discutir. Nos abrazamos. Nos vimos realmente, y lo más importante (al menos para mí), le dije al playlist sonando en mi cabeza que metiera pausa. Esa no era la conversación que quería tener, sino la real, con ella. Porque teníamos cosas que decirnos, pero sobre todo, que escucharnos.

Además saqué el foco de atención del agujero para observar todo el universo y descubrí (una vez más) que el presente es mucho más rico y amoroso de lo que me enfrasco en observar. En perspectiva esta pelea fue apenas un instante del que podíamos sacar algún aprendizaje, y si no era el caso, era uno de los vaivenes naturales tras una década haciendo vida juntos.

Ahora que los pies se entrelazan de nuevo bajo las sábanas me convenzo de que lo mejor de la pelea no es la reconciliación, sino la oportunidad de conocer (nos) mejor y explorar (nos) más a fondo.
Cuando más allá de la tormenta sientes un vínculo que supera todos los truenos, sabes que existe una energía que honrar y ante la cual rendirte. Todo lo demás es pasajero.