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Ellas mandan en el set

Geyka Urdaneta / Mauricio Villahermosa

Geyka Urdaneta / Mauricio Villahermosa

Seis directoras venezolanas estrenaron o estrenarán películas en 2013, entre ellas cuatro debutantes: Geyka Urdaneta, Andrea Herrera, Claudia Pinto y la zuliana Patricia Ortega. Algunas comparan su trabajo con una sesión de análisis, que incluye demostrar a su personal masculino que ellas sí saben del oficio

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Geyka Urdaneta es como si Pedro Almodóvar se hubiera decidido por fin a darle un personaje a Maribel Verdú. Extremadamente coqueta, reconoce que a veces su vestuario llamativo ocasiona interferencias con los equipos de técnicos a los que da órdenes y, cuando se convierte en la diana de la sesión de fotos, solo le hace falta pronunciar un titular de prensa reciente de la actriz española: “Estoy como Dios”.
Andrea Herrera, en cambio, no tiene problema en reconocerse como tomboy:“Tengo una presencia un poco masculina”, admite con franqueza.

Jugó fútbol, al igual que la protagonista de su película, y lleva tatuado en rojo en el brazo izquierdo, como si la hubiera desgarrado un lobo de Crepúsculo, el título de una canción de Cerati: “Tracción a sangre”.

Pero apenas estas dos formas tan distintas de ser mujer se sientan a hablar, se sintonizan de inmediato en una confesión al unísono: desde que son directoras, ya no pueden ir al cine, lamentan.“Llevo año y medio sentada frente a una computadora”, grafica la cineasta con el corte de cabello de varoncito. Ninguna ha visto todavía la película de la otra, pero Urdaneta sabe que la historia de Herrera es sobre una chica que se quiere ir de Venezuela, y la conecta de inmediato con la de su propia hija de 18 años (sí: tiene una hija mayor de edad), Camila, que desea emigrar a Buenos Aires.

Urdaneta, la realizadora de Cuidado con lo que sueñas, y Andrea Herrera Catalá, de Nena, saludame al Diego, debutantes en el largometraje, son dos de las protagonistas de un año de perspectivas femeninas en el cine venezolano. Se les une otra pareja que da sus primeros pasos, la maracucha Patricia Ortega con El regreso (llegará a las salas a finales de agosto) y la caraqueña Claudia Pinto con La distancia más larga (a comienzos de noviembre). También se suman dos cineastas muy experimentadas: Malena Roncayolo, que este mes estrenó el documental De navíos, ron y chocolate, y Fina Torres, cuyo filme Liz en septiembre ya lleva implícito el mes de su desfloramiento ante los ojos de desconocidos.

“Es como ir al psicoanalista”, establece el símil Urdaneta acerca de la experiencia de hacer una película, y agrega:“Ha sido un aprendizaje de mis cosas más interesantes y mis cosas más horribles. Es una escuela costosa: pagas dinero en efectivo y años de tu vida. Después que tienes la película lista, se te va todo el tiempo haciendo cartas, moviéndote en redes sociales, jalando por aquí y por allá. No existe favor que no haya pedido, pero queda un documento de lo que eres tú. De algo que tú quisiste decir y que le enseñarás a tus hijos”. En su caso, el cuento de una peluquera de mediana edad (la actriz española Ana Fernández) que se concedió a sí misma el permiso para una relación con un taxista-pintor mucho más joven (Alexander Leterni).

Travesía en el desierto

El proceso fue algo traumático: Rosmel Bustamante, quien interpreta a un niño de la calle que se apropia de la cabeza de una estatua de Bolívar en Cuidado con lo que sueñas, tenía 6 años de edad cuando empezó el rodaje en 2007 y, en el estreno del filme, en marzo de 2013, era un preadolescente de 13 años. En la era del cine digital, Urdaneta prefirió usar la romántica pero desfasada película química de 35 milímetros, que ya no se procesa en Venezuela, y contrató a dos estrellas extranjeras con sueldo en dólares, Ana Fernández y la argentina Norma Aleandro. En el camino se le atravesaron las devaluaciones.

“Hice todo lo contrario de lo que me recomendaron Delfina Catalá (la madre de Andrea Herrera, definida por su propia hija como un personaje de autoridad napoleónica, y una de las más destacadas productoras de cine del país) y mi amigo director Olegario Barrera. Ellos me dijeron: ‘No busques actores de afuera y usa la cámara digital’. Estuvo en mí elegir el camino más tortuoso y difícil. Me empeciné pero fue parte de mi aprendizaje”, cuenta Urdaneta.

Admite que en algún momento se llega a pensar en tirar la toalla, pero el cineasta es un boxeador que siempre se levanta. Ahora está trabajando en dos nuevos proyectos que presentará a concurso ante el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía: Santa Juana en los barrios, sobre una especie de Juana de Arco caraqueña contemporánea, y El gran guiso fast food, comedia negra sobre dos galanes otoñales de telenovelas ochentosas que sobreviven en 2013 con un programa gastronómico de TV a la medianoche.

“La mejor película es la que viene”, resume parte de su aprendizaje Patricia Ortega, comunicadora social egresada de la Universidad del Zulia, de 35 años de edad y criada en las cercanías del barrio maracucho de Zaruma. En El regreso se entrompó con el drama de una niña wayuu que escapa de una masacre paramilitar y sobrevive en la ciudad de la Chinita sin hablar español. De cabello corto y rojizo, tuvo bajo látigo de Doña Bárbara a un centenar de técnicos y actores y debió supervisar la construcción de la réplica de un pueblo guajiro en la playa de Oribor, a dos horas de Maracaibo, lo que disparó el presupuesto (por motivos de seguridad se descartó filmar en la frontera con Colombia).

“Sergio Curiel, que hizo el montaje de las escenas de la película, me recomendó que no me quejara tanto del material que había filmado. Me dijo:“Quiere tu película, ama las imágenes que tienes y olvídate de lo que pudo haberse hecho mejor, porque de lo contrario no podrás contar tu historia”. Siempre habrá unas escenas mejor logradas que otras”, filosofa Ortega,  admiradora de la venezolana Solveig Hoogesteijn y la catalana Isabel Coixet, a la que le ha desgastado emocional y físicamente que todos los trámites burocráticos del cine venezolano se tengan que hacer en Caracas.

Imágenes para siempre

Claudia Pinto también es comunicadora, en su caso egresada de la Universidad Católica Andrés Bello, y desde 2002 comparte su tiempo entre Venezuela y España. Desde este último país relata:“La distancia más larga es una mezcla de drama y road movie que nos lleva de Caracas a la Gran Sabana. He vivido en carne propia el peso de la distancia, estar fuera de mi país, lejos de mi familia, mis amigos. Venezuela está en cada uno de mis trabajos en España, es mi centro de emociones fuertes y esenciales.  He terminado hablando de otro tipo de distancias, aquellas que nos separan de nuestros sueños, de lo que quisimos ser y no somos. Mi película es una invitación a elegir nuestro destino. El rodaje fue especialmente duro. La logística en la Gran Sabana fue muy complicada por su envergadura, y además sufrimos la inclemencia del clima.

Todavía me da un poco de susto ir al rodaje. Es la adrenalina de saber que vas a hacer lo que más te gusta, y de ser consciente de que las imágenes quedarán fijadas para siempre: en lo bueno y en lo malo del momento”.

La existencia de Andrea Herrera es un testimonio de la relatividad de los colores patrios, uno de los temas de Nena, saludame al Diego: se crió en Francia, su padrastro es de Chile y estudió cine en ese país. “Luego de hacer una película, energéticamente, quedas drenado. Siento que necesito seis meses para recomponerme. Es un trabajo de mucho tiempo y esfuerzo, que al fin y al cabo no significa más que una hora y media en la vida de cualquier ser humano. Al final no es más que eso: te gusta o no te gusta. La recomiendas o no la recomiendas. Solo puedes dedicarte a esto si sientes que, si no haces esta vaina, te mueres”, enfatiza Herrera.

“Con Nena me di cuenta de que despierta pasiones: es una película que la gente odia o ama. Los que la odian, la odian. Quizás querían que la protagonista (la actriz argentina Sofía Bertolotto) se pusiera una franela Vinotinto y no la albiceleste de Maradona. No tengo problema en que la destrocen en la prensa o en Twitter. Una ópera prima, salvo las contadas excepciones geniales, es solo el comienzo de una carrera. Por supuesto, las críticas te hacen decir ‘¡auch!’. Pero son parte del juego. Al final el proceso es gratificante y ya quiero empezar la próxima”. Se titulará Bienvenida, Catherine y es la historia de un pueblo del litoral que se prepara para la inminente visita de Catherine Fulop. Como los versos de Cerati en la canción de su tatuaje: otra ruta, otro pueblo, otro cuarto de hotel. Vida nómade.

En un mundo de hombres

Patricia Ortega: “En la primera semana de rodaje de El regreso, quizás porque una está haciendo su ópera prima y para colmo es mujer, noté que había desconfianza y ciertas actitudes. Un día convoqué a todo el equipo del trabajo y les dije: ‘Lo siento, chicos. Puede ser que el camarógrafo tenga 50 películas más que yo, igual que muchos de ustedes, pero me he matado por este proyecto, soy la jefa de ustedes y se hace lo que yo decida’. Desde ese momento no pasó más nada. El respeto vino del liderazgo. Una vez escuché de un técnico un comentario machista de que las mujeres nos desmayábamos con el calor y le respondí: ‘Nosotras tenemos los mismos cojones que ustedes”.
Geyka Urdaneta: “En el set de filmación, cuando hay una crisis, todos te ven con ojos de vaca cagona: ¿ahora qué vamos a hacer? El director Luis Alberto Lamata me enseñó una frase crucial para esos momentos: equivócate rápido. Toma la decisión que creas sin miedo a equivocarte, pero no te tardes. Cuando estás empezando siempre va a haber hombres que te ponen las típicas pruebitas. Pero nunca he dejado de ser muy mujer y vestirme muy femenina cuando dirijo. ¿Por qué tengo que dejar de hacerlo? Ya los técnicos venezolanos se acostumbraron, porque cada vez somos más directoras”.

Andrea Herrera: “Hay más machismo en el medio de la publicidad que en el del cine. También he hecho publicidad y estoy segura de que allí tendría más trabajo si hubiera nacido hombre. Aunque mi presencia es un poco masculina, me ha pasado que me miran con un poco de desdén cuando me presento ante un equipo nuevo. Debo hacerles entender que sí sé de mi oficio. Igual he visto técnicos que se la ponen bien difícil a los directores. Esto se trata más de si sabes o si no sabes, no tanto de la cuestión del género. Si el técnico se da cuenta de que la persona conoce el oficio, se entrega”.

Claudia Pinto: “No creo que en Venezuela sea más complicado dirigir una película por ser mujer. Al menos yo no me sentí en ningún momento más débil. Estuve muy respaldada por mi equipo. Más bien los hombres del equipo me tenían muy consentida. En todo caso, estás un poco a prueba por ser tu ópera prima, y porque nadie te conoce, y no saben lo que te gusta o cómo filmas. Si te ven dudar, lo primero que pueden pensar es que no sabes cómo resolver una situación, pero poco a poco consigues demostrar que sabes lo que quieres”.

La voz de la experiencia

“Sé muy bien lo que quiero, y cuando eso pasa, no hay directora ni director”, cuenta Malena Roncayolo, directora de Pacto de sangre (1987), Acosada en lunes de Carnaval (2002) y ahora De navíos, ron y chocolate, documental sobre la inmigración de Córcega en Venezuela. “Si antes de empezar te reúnes 15 veces con el equipo y les dices: esta es la película que quiero hacer’, te terminan respetando. El problema es cuando nadie te conoce y no has mostrado credenciales. A mí me tocó trabajar con un técnico muy atravesado y sindicalero, un hombre de pueblo con una creatividad instintiva: José Manuel Funes, que en paz descanse. No se le pasaba ninguna tontería pero yo le hice entender: ‘Aquí con esta carita y este pelito que me ves, me interesa hacer cine igual que tú, y lo haremos juntos’. Luego conmigo fue una seda. Hacía lo que yo quería. A diferencia de un pintor o un escritor, un cineasta es un intelectual que debe saber comunicarse con 50 personas. Necesitas mano de todos los tipos: zurda, diestra y muchas otras, hasta que la gente diga: yo confío en ella”. 

Ellas mandan en el set

Seis directoras venezolanas estrenaron o estrenarán películas en 2013,entre ellas cuatro debutantes: Geyka Urdaneta, Andrea Herrera, Claudia Pinto yla zuliana Patricia Ortega. Algunas comparan su trabajo con una sesión deanálisis, que incluye demostrar a su personal masculino que ellas sí saben deloficio

Alexis Correia acorreia@el-nacional.com / @alexiscorreia

Fotografía Mauricio Villahermosa mauriciovillahermosa@gmail.com

Producción Franciest Poller fpoller@el-nacional.com

Maquillaje Jesús Cedeño Teléfono (0414) 180 85258

Vestuario Tienda BCBGMAXAZRIA,  centro comercial Sambil

Agradecimiento Club Campestre Los Cortijos

 

 

Geyka Urdaneta es como si Pedro Almodóvar se hubieradecidido por fin a darle un personaje a Maribel Verdú. Extremadamente coqueta,reconoce que a veces su vestuario llamativo ocasiona interferencias con losequipos de técnicos a los que da órdenes y, cuando se convierte en la diana dela sesión de fotos, solo le hace falta pronunciar un titular de prensa recientede la actriz española: “Estoy como Dios”.

Andrea Herrera, en cambio, no tiene problema enreconocerse como tomboy:“Tengo una presencia un poco masculina”, admite confranqueza. Jugó fútbol, al igual que la protagonista de su película, y llevatatuado en rojo en el brazo izquierdo, como si la hubiera desgarrado un lobo deCrepúsculo, el título de una canción de Cerati: “Tracción a sangre”.

Pero apenas estas dos formas tan distintas de sermujer se sientan a hablar, se sintonizan de inmediato en una confesión alunísono: desde que son directoras, ya no pueden ir al cine, lamentan.“Llevo añoy medio sentada frente a una computadora”, grafica la cineasta con el corte decabello de varoncito. Ninguna ha visto todavía la película de la otra, peroUrdaneta sabe que la historia de Herrera es sobre una chica que se quiere ir deVenezuela, y la conecta de inmediato con la de su propia hija de 18 años (sí:tiene una hija mayor de edad), Camila, que desea emigrar a Buenos Aires.

Urdaneta, la realizadora de Cuidado con lo quesueñas, y Andrea Herrera Catalá, de Nena, saludame al Diego, debutantes en ellargometraje, son dos de las protagonistas de un año de perspectivas femeninasen el cine venezolano. Se les une otra pareja que da sus primeros pasos, lamaracucha Patricia Ortega con El regreso (llegará a las salas a finales deagosto) y la caraqueña Claudia Pinto con La distancia más larga (a comienzos denoviembre). También se suman dos cineastas muy experimentadas: MalenaRoncayolo, que este mes estrenó el documental De navíos, ron y chocolate, yFina Torres, cuyo filme Liz en septiembre ya lleva implícito el mes de sudesfloramiento ante los ojos de desconocidos.

“Es como ir al psicoanalista”, establece el símilUrdaneta acerca de la experiencia de hacer una película, y agrega:“Ha sido unaprendizaje de mis cosas más interesantes y mis cosas más horribles. Es unaescuela costosa: pagas dinero en efectivo y años de tu vida. Después que tienesla película lista, se te va todo el tiempo haciendo cartas, moviéndote en redessociales, jalando por aquí y por allá. No existe favor que no haya pedido, peroqueda un documento de lo que eres tú. De algo que tú quisiste decir y que leenseñarás a tus hijos”. En su caso, el cuento de una peluquera de mediana edad(la actriz española Ana Fernández) que se concedió a sí misma el permiso parauna relación con un taxista-pintor mucho más joven (Alexander Leterni).

 

Travesía en el desierto. El proceso fue algotraumático: Rosmel Bustamante, quien interpreta a un niño de la calle que se apropiade la cabeza de una estatua de Bolívar en Cuidado con lo que sueñas, tenía 6años de edad cuando empezó el rodaje en 2007 y, en el estreno del filme, enmarzo de 2013, era un preadolescente de 13 años. En la era del cine digital,Urdaneta prefirió usar la romántica pero desfasada película química de 35milímetros, que ya no se procesa en Venezuela, y contrató a dos estrellasextranjeras con sueldo en dólares, Ana Fernández y la argentina Norma Aleandro.En el camino se le atravesaron las devaluaciones.

“Hice todo lo contrario de lo que me recomendaronDelfina Catalá (la madre de Andrea Herrera, definida por su propia hija como unpersonaje de autoridad napoleónica, y una de las más destacadas productoras decine del país) y mi amigo director Olegario Barrera. Ellos me dijeron: ‘Nobusques actores de afuera y usa la cámara digital’. Estuvo en mí elegir elcamino más tortuoso y difícil. Me empeciné pero fue parte de mi aprendizaje”,cuenta Urdaneta.

Admite que en algún momento se llega a pensar entirar la toalla, pero el cineasta es un boxeador que siempre se levanta. Ahoraestá trabajando en dos nuevos proyectos que presentará a concurso ante elCentro Nacional Autónomo de Cinematografía: Santa Juana en los barrios, sobreuna especie de Juana de Arco caraqueña contemporánea, y El gran guiso fastfood, comedia negra sobre dos galanes otoñales de telenovelas ochentosas quesobreviven en 2013 con un programa gastronómico de TV a la medianoche.

“La mejor película es la que viene”, resume parte desu aprendizaje Patricia Ortega, comunicadora social egresada de la Universidaddel Zulia, de 35 años de edad y criada en las cercanías del barrio maracucho deZaruma. En El regreso se entrompó con el drama de una niña wayuu que escapa deuna masacre paramilitar y sobrevive en la ciudad de la Chinita sin hablarespañol. De cabello corto y rojizo, tuvo bajo látigo de Doña Bárbara a uncentenar de técnicos y actores y debió supervisar la construcción de la réplicade un pueblo guajiro en la playa de Oribor, a dos horas de Maracaibo, lo quedisparó el presupuesto (por motivos de seguridad se descartó filmar en lafrontera con Colombia).

“Sergio Curiel, que hizo el montaje de las escenas dela película, me recomendó que no me quejara tanto del material que habíafilmado. Me dijo:“Quiere tu película, ama las imágenes que tienes y olvídate delo que pudo haberse hecho mejor, porque de lo contrario no podrás contar tuhistoria”. Siempre habrá unas escenas mejor logradas que otras”, filosofaOrtega,  admiradora de la venezolanaSolveig Hoogesteijn y la catalana Isabel Coixet, a la que le ha desgastadoemocional y físicamente que todos los trámites burocráticos del cine venezolanose tengan que hacer en Caracas.

 

Imágenes para siempre. Claudia Pinto también escomunicadora, en su caso egresada de la Universidad Católica Andrés Bello, ydesde 2002 comparte su tiempo entre Venezuela y España. Desde este último paísrelata:“La distancia más larga es una mezcla de drama y road movie que noslleva de Caracas a la Gran Sabana. He vivido en carne propia el peso de ladistancia, estar fuera de mi país, lejos de mi familia, mis amigos. Venezuelaestá en cada uno de mis trabajos en España, es mi centro de emociones fuertes yesenciales.  He terminado hablando deotro tipo de distancias, aquellas que nos separan de nuestros sueños, de lo quequisimos ser y no somos. Mi película es una invitación a elegir nuestrodestino. El rodaje fue especialmente duro. La logística en la Gran Sabana fuemuy complicada por su envergadura, y además sufrimos la inclemencia del clima.Todavía me da un poco de susto ir al rodaje. Es la adrenalina de saber que vasa hacer lo que más te gusta, y de ser consciente de que las imágenes quedaránfijadas para siempre: en lo bueno y en lo malo del momento”.

La existencia de Andrea Herrera es un testimonio dela relatividad de los colores patrios, uno de los temas de Nena, saludame alDiego: se crió en Francia, su padrastro es de Chile y estudió cine en ese país.“Luego de hacer una película, energéticamente, quedas drenado. Siento quenecesito seis meses para recomponerme. Es un trabajo de mucho tiempo yesfuerzo, que al fin y al cabo no significa más que una hora y media en la vidade cualquier ser humano. Al final no es más que eso: te gusta o no te gusta. Larecomiendas o no la recomiendas. Solo puedes dedicarte a esto si sientes que,si no haces esta vaina, te mueres”, enfatiza Herrera.

“Con Nena me di cuenta deque despierta pasiones: es una película que la gente odia o ama. Los que laodian, la odian. Quizás querían que la protagonista (la actriz argentina SofíaBertolotto) se pusiera una franela Vinotinto y no la albiceleste de Maradona.No tengo problema en que la destrocen en la prensa o en Twitter. Una óperaprima, salvo las contadas excepciones geniales, es solo el comienzo de unacarrera. Por supuesto, las críticas te hacen decir ¡auch!. Pero son parte del juego. Al final el proceso esgratificante y ya quiero empezar la próxima. Se titulará Bienvenida, Catherine y es la historia de unpueblo del litoral que se prepara para la inminente visita de Catherine Fulop.Como los versos de Cerati en la canción de su tatuaje: otra ruta, otro pueblo,otro cuarto de hotel. Vida nómade.

 

Recuadro

En un mundo de hombres

 

Patricia Ortega: “En la primera semana de rodaje de El regreso, quizás porque una está haciendo su ópera prima y paracolmo es mujer, noté que había desconfianza y ciertas actitudes. Un díaconvoqué a todo el equipo del trabajo y les dije: ‘Lo siento, chicos. Puede serque el camarógrafo tenga 50 películas más que yo, igual que muchos de ustedes,pero me he matado por este proyecto, soy la jefa de ustedes y se hace lo que yodecida’. Desde ese momento no pasó más nada. El respeto vino del liderazgo. Unavez escuché de un técnico un comentario machista de que las mujeres nosdesmayábamos con el calor y le respondí: ‘Nosotras tenemos los mismos cojonesque ustedes”.

Geyka Urdaneta: “En el set de filmación,cuando hay una crisis, todos te ven con ojos de vaca cagona: ¿ahora qué vamos ahacer? El director Luis Alberto Lamata me enseñó una frase crucial para esosmomentos: equivócate rápido. Toma la decisión que creas sin miedo aequivocarte, pero no te tardes. Cuando estás empezando siempre va a haberhombres que te ponen las típicas pruebitas. Pero nunca he dejado de ser muymujer y vestirme muy femenina cuando dirijo. ¿Por qué tengo que dejar dehacerlo? Ya los técnicos venezolanos se acostumbraron, porque cada vez somosmás directoras”.

 

Andrea Herrera: “Hay más machismo en el medio de la publicidad que en el del cine.También he hecho publicidad y estoy segura de que allí tendría más trabajo sihubiera nacido hombre. Aunque mi presencia es un poco masculina, me ha pasadoque me miran con un poco de desdén cuando me presento ante un equipo nuevo.Debo hacerles entender que sí sé de mi oficio. Igual he visto técnicos que sela ponen bien difícil a los directores. Esto se trata más de si sabes o si nosabes, no tanto de la cuestión del género. Si el técnico se da cuenta de que lapersona conoce el oficio, se entrega”.

 

Claudia Pinto: “No creo que en Venezuela sea más complicado dirigir una películapor ser mujer. Al menos yo no me sentí en ningún momento más débil. Estuve muyrespaldada por mi equipo. Más bien los hombres del equipo me tenían muyconsentida. En todo caso, estás un poco a prueba por ser tu ópera prima, yporque nadie te conoce, y no saben lo que te gusta o cómo filmas. Si te vendudar, lo primero que pueden pensar es que no sabes cómo resolver unasituación, pero poco a poco consigues demostrar que sabes lo que quieres”.

 

Recuadro (opcional)

La voz de la experiencia

“Sé muy bien lo que quiero, y cuando eso pasa, no hay directora nidirector”, cuenta Malena Roncayolo, directora de Pacto de sangre (1987), Acosadaen lunes de Carnaval (2002) y ahora Denavíos, ron y chocolate, documental sobre la inmigración de Córcega en Venezuela.“Si antes de empezar te reúnes 15 veces con el equipo y les dices: esta es lapelícula que quiero hacer’, te terminan respetando. El problema es cuando nadiete conoce y no has mostrado credenciales. A mí me tocó trabajar con un técnicomuy atravesado y sindicalero, un hombre de pueblo con una creatividadinstintiva: José Manuel Funes, que en paz descanse. No se le pasaba ningunatontería pero yo le hice entender: ‘Aquí con esta carita y este pelito que meves, me interesa hacer cine igual que tú, y lo haremos juntos’. Luego conmigofue una seda. Hacía lo que yo quería. A diferencia de un pintor o un escritor,un cineasta es un intelectual que debe saber comunicarse con 50 personas.Necesitas mano de todos los tipos: zurda, diestra y muchas otras, hasta que lagente diga: yo confío en ella”.