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El mago multicolor

A sus 89 años, Carlos Cruz-Diez desborda vitalidad, proyectos y buen humor. Iglesias, tiendas y estadios despliegan algunas de sus obras más recientes. Desde París cuenta de dónde obtiene sus ideas y cómo fue que desarrolló el lenguaje plástico que lo ha hecho célebre en todo el mundo

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Cada vez que se paraba frente al lienzo en blanco a esperar que le bajara la musa, Carlos Cruz-Diez respiraba profundo. “A mí me gustaba mucho pintar, pero cuando pensaba cuál iba a ser mi discurso, me parecía que ya todo estaba hecho. ¿Por qué todo el mundo tiene que pintar parecido? ¡Qué fastidio!” Retratos, bodegones, paisajes rurales. Probó con el impresionismo y con el cubismo; no encontró acomodo. “Cuando pinté a modo de denuncia obras sobre la pobreza, me las compraba la misma gente a la que yo acusaba del problema. Era absurdo”.

Ansioso de hallar un lenguaje propio, Cruz-Diez dio rienda suelta a su búsqueda. “En esa época ilustraba revistas culturales y empecé a conversar mucho con poetas y escritores. Me di cuenta de que sólo reflexionando sobre el arte era que iba a encontrar una rendijita para mí, algo que nadie hubiera intentado. Me tomó años de lecturas, experimentos y fracasos”, explica. “Más que inspirarme, yo reflexiono. Cuando me ‘inspiraba’ no era eficaz”. Así descubrió que el estudio del color era lo suyo. “Lo que me gusta es que es eterno y generoso, y sirve para crear un acontecimiento que espera ser descubierto. Al asociar ciertos colores, pueden aparecer otros que de entrada no están ahí. Es una manera de mostrar que lo que vemos no es exactamente la realidad y que mucho se nos escapa sin darnos cuenta”.

Consciente de que tenía algo novedoso entre manos, el artista recuerda el día que presentó su primera fisicromía en una exposición en Caracas en 1959. “Nadie entendió nada”, recuerda cándido. “Pero no me desmoralicé. Supuse que por lo pronto tenía que buscar otra audiencia y que ya después lo entenderían”. Asegura que el tiempo es el mejor amigo y el peor enemigo de un artista. “Por eso he seguido buscando formas de perfeccionar ese discurso y de hacerlo más preciso. Disfruto el color como una situación, haciéndose y deshaciéndose ante nuestros ojos en el tiempo y en el espacio”.

Aquí y allá

Desde que se mudó a París hace 52 años, trabaja en un taller que antes fue una carnicería. “Vine a sentir que encajaba aquí como dos años después de haber llegado, cuando pude hablar por teléfono en francés y por fin entendí todo lo que me decían”, bromea. El año pasado recibió el grado de Oficial de la Legión de Honor de Francia, aunque apunta que ninguno de sus hijos tiene acento francés en su español. “Venezuela ha estado siempre muy presente. Hace cuatro años que no voy porque he tenido mucho trabajo y ahora que estoy más viejito, los viajes largos me cuestan más, pero espero ir pronto”. ¿Qué se lleva a París? “Dulce de leche coriano. Tengo amigos que me lo traían y yo lo escondía en el taller para que nadie me lo comiera. Más de una vez abrí una gaveta y conseguía una cosa mohosa... ¿Qué será esto? Ahh, mira, aquí estaba”, se ríe.

A pesar de sus 89 años, sus días nunca son pasivos. Para oxigenarse sale a caminar en una París siempre llena de estímulos. “Me siento en el café de la esquina, leo, veo a la gente, cuento cuántas muchachas bonitas pasaron hoy (risas)… Todos los días trabajo y cuando voy por la calle siempre aparecen ideas”. Para él, el arte no es sólo lo que cuelga de un clavo. “Pienso qué podría hacer con una reja, una acera, un poste. Puedo estar comiendo con mis amigos y en mi mente va rodando una cortina por detrás con ideas que me pueden servir… No hago un paréntesis.  Proust lo describe bien cuando dice que en la mente no hay tiempo, sino que todo pasa y todo desaparece. De todos modos, uno siempre debe tener resignación en que algo puede salir mal y que no a todo el mundo le va a gustar lo que uno propone, pero para mí el arte es el reflejo del amor”.

Grandes y chicos interactúan con sus obras porque –a su juicio– el mundo del color es fundamentalmente afectivo. “¿Por qué uno elige un verde en particular cuando ahora una computadora te ofrece millones de verdes? Porque hay uno que te despierta algo. Es como elegir pareja. Puede haber millones de mujeres y uno se empeña en que tiene que ser ésta y no otra”. Con su esposa cumplió 53 años de matrimonio; enviudó hace ocho. “Yo la conquisté llevándole serenatas y desde el principio le dije: ‘si te vas a empatar conmigo, vamos a vivir en un taller. Yo no tengo horario para pintar’. Así fue, y nuestros hijos crecieron en el taller también. Siempre trabajamos todos juntos”.

Acostumbrado al montaje artesanal, fueron sus hijos quienes lo introdujeron al mundo digital. Ahora su fundación incluso ofrece una aplicación para iPad para experimentar con su lenguaje. “Lo que pasa es que yo soy de la era mecánica, y cuando la computadora no funciona, no puedo ver yo mismo qué está mal y parapetarlo. Eso es lo fastidioso”, confiesa con gracia. “Pero gracias a ellos aprendí y es muy útil. Me han desarrollado herramientas que aceleran el proceso. Ahora cuando tengo una idea y quiero probarla, puedo ver de una vez cómo podría quedar y no esperar a que esté hecha”. ¿Qué piensa ahora, cuando se reencuentra con cualquiera de sus obras después de muchos años? “Chico, no lo hice tan mal...” Luego se echa a reír. “Puede ser eso o ‘¡uy, qué mal lo hice!”

 Piense rápido

¿Número de hijos? Tres.

¿Número de nietos? Cinco bellas damas y un caballero.

¿De qué color es su cuarto? Blanco, para que los demás objetos no pierdan su identidad.

¿Su forma geométrica preferida? El cuadrado.

¿Su forma natural preferida? Las hojas de los árboles.

¿Cuál es su expresión favorita? Mejor no decirla, pero depende del contexto y del énfasis que le ponga (risas).

¿En qué es torpe? En las matemáticas. Me cuestan mucho.

¿Su museo favorito? El del Prado. Su calidad es conmovedora.

¿Qué lo pone de mal humor? La torpeza, la estupidez. Toparme con eso me vuelve un grotesco personaje.

¿Una canción de serenata? Cualquiera de Agustín Lara, Manzanero, César Portillo de la Luz… Ya no toco casi la guitarra, porque me duelen los deditos.

¿Su canción favorita? “Nessun Dorma” de Turandot, cantada por Pavarotti.

¿A quién admira? A la gente de bien que sabe amar a los demás.

¿Una manía? Trabajo mucho.

¿Un placer gratuito? Vivir. Estoy muy feliz de estar vivo.

 ADN Criollo

¿Caraquista o magallanero? Magallanero. Un amigo mío dice que es porque nadie es perfecto (risas).

¿Tequeños o huevitos de codorniz? ¡Tequeños!

¿Un rincón de Caracas? El Ávila al atardecer. Tiene una cantidad increíble de matices.

¿Trompo o perinola? Trompo. Yo intervenía los míos y los pintaba.

¿Cocada o papelón con limón? Cocada. Bien friíta.

Un color

Para vestirse: Naranja. Para envolver un regalo: Azul pálido o gris. Para un carro: Rojo Ferrari (risas). Publicitario: Amarillo Caterpillar. Para presentar un plato: El que sugiera mejor el sabor de esa comida. Para decorar una fiesta: Blanco, para que todos los colores de la gente se revelen.