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Tres libros son suficientes

Los libros son fuente de sabiduría

Los libros son fuente de sabiduría

Volar en avión es una lotería. Si ganas, disfrutas unas horas de silencio o de buena compañía

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Volar en avión es una lotería. Si ganas, disfrutas unas horas de silencio o de buena compañía. Si pierdes, se sienta a tu lado alguien que puede convertir el trayecto en un viaje eterno. Ya lo decía Einstein “El tiempo es relativo. Pon tu mano en una estufa durante un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una chica hermosa durante una hora y te parecerá un minuto”. Recuerdo una oportunidad cuando volé entre un ser XL que resoplaba como si estuviese a punto de asfixiarse y una señora con pánico a los aviones. Aquel fue un ejercicio de ecuanimidad y tolerancia.

En días recientes salió mi número y volé junto a una amiga, quien me regaló una fascinante historia. Por años ella ha trabajado en la política local de Florida, y por antojos del destino, durante un tiempo mantuvo un romance con el jefe de prensa del presidente iraquí Jalal Talabani. No fue una relación fácil: hoteles y salones de recepción en diversas partes del mundo fueron testigos de sus encuentros, y como imaginarás, tuvo que adaptarse al protocolo oficial y a las costumbres musulmanas. Fue así como llegó a conocer muy bien al mandatario iraquí, un hombre de origen kurdo, de contextura gruesa y carácter apacible, al frente de un país que aún se recupera de la guerra.

“¿Podría usted decirme cuál es su secreto para mantenerse en paz con tantas presiones alrededor?” le preguntó una noche en Washington, cuando la parafernalia protocolar quedó atrás y disfrutaban una taza de té en el lobby del hotel.

“Sencillo. Tengo siempre a la mano tres libros”, respondió Talabani. “El primero, el que estoy leyendo en este momento y que simboliza el presente. El segundo, el que leeré después, porque ese es el futuro. Por último tengo un libro de poesía, para recordar las cosas hermosas de la vida”. No importaban los títulos, aseguraba el hombre, pero debían ser tres.

Al tocar tierra esas palabras seguían revoloteando en mi mente. Los libros son fuente de sabiduría, sin duda, pero evidentemente había algo más. Por ejemplo, no había mención al pasado, asunto notorio en una persona proveniente de una historia trágica y milenaria. Y el futuro lucía como la esperanza de un libro por leer y que aún no abría sus páginas. Además estaba la belleza. Esa que la poesía inyecta directamente en el corazón con imágenes que vuelan en palabras.

O quizás esos tres libros eran un símbolo de otra cosa. Algo más profundo que no se explica sino que se experimenta. Como el amor o el dolor. O la esencia del corazón.
Una vez en casa, busqué en mi biblioteca una selección de poemas de Rumi. Allí encontré estos versos que el místico persa escribió hace más de 800 años y que de alguna forma completan (al menos para mi) el sentido de esta historia:

Tu corazón es del tamaño del océano
–¡Ve y encuentra las gemas escondidas en tus profundidades!
Tu boca abierta grita como un caracol:
¡Ese corazón es muy pequeño para mi!
Ese corazón contiene la totalidad del universo,
¿Cómo puede ser muy pequeño para ti?