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Los invictos de la noche

Juan Sebastián Bar, uno de los lugares emblemáticos de la rumba noctura caraqueña

Juan Sebastián Bar, uno de los lugares emblemáticos de la rumba noctura caraqueña

Que un bar o discoteca de la capital sobreviva a las modas, la inflación y la inseguridad es digno de celebrar. Algunos, lejos de languidecer, siguen recibiendo rumberos a casa llena. Tres de los locales nocturnos más conocidos de Caracas revelan dónde reside el secreto de su chispeante longevidad

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Por motivos surtidos, la oscuridad los engulló.

Nombrar aleatoriamente locales como La Mosca, Nikki Beach, La Belle Epoque, Whisky Bar, Capital Jazz, Wassup o Barrabar aún despierta suspiros de nostalgia en más de uno. Pero en una ciudad en la que las fiestas caseras se van convirtiendo en la norma, bien en función del bolsillo o de la seguridad, quedan todavía rumberos que se resisten al encierro. Siguen ahí ­al pie del Dj, rodilla en pista­ dispuestos a no perderse la noche caraqueña: la grande, la brillante, la original. Esa misma que muchos entendidos aún insisten en ponderar como superior en calor y entusiasmo ante las de grandes urbes del mundo.

Así, cuando una discoteca capitalina supera los 20 años y ostenta una clientela irreductible, adquiere visos de leyenda. ¿Cómo se sale airoso? "Siendo fiel a tu identidad. Nuestro estilo no ha cambiado y la gente sabe que no se va a embarcar", asegura Judith Calderón, de Greenwich Bar. Tres locales que aún son referencia de la movida nocturna comparten la misma consigna: si su concepto no está roto ­por favor­, no lo repare.

El Maní sigue así
La pista de baile de El maní es así tiene un campo electromagnético con un atributo inexplicable: no registra los traspiés. Sólo ese vórtice tropical que se forma entre la bola de espejos, un mural de la Fania y el repique de las congas hace que el bailarín más tieso se convierta en un espiral prodigioso de puro guaguancó. Lo que comenzó en 1986 como un restaurante de comida criolla mutó en una de las catedrales salseras del continente. Artistas, políticos y bohemios lo han frecuentado intensamente. "Al Maní yo lo comparo con una casa grande a la que vas a una fiesta. Se hacen amigos, nacen parejas. Es un sitio para la descarga de las soledades del ser humano", reflexiona su cajero, Juan José Colmenares. "La salsa que se baila aquí es la salsa vieja. Si no, los maniceros se quejan", dice José Francisco Rivera, administrador ­y a ratos cantante­ del local, sobre la exigente legión de asiduos. "Hemos durado porque, además de la música, el ambiente y el trato son muy relajados.

Las mujeres se quitan los tacones si le fastidian para bailar. En una mesa tienes médicos y en otras turistas o mototaxistas y todos disfrutan.

También hay artistas que se han dado a conocer aquí, como Joel `Pibo’ Márquez y Alfredo Naranjo con El Guajeo".

Pete "Conde" Rodríguez, Celia Cruz, Larry Harlow, Cheo Feliciano y Rubén Blades son algunos de los próceres que lo han visitado. "Muchos músicos salen de sus conciertos y se vienen a improvisar.

Una madrugada se nos apareció el Gran Combo de Puerto Rico y se montaron a tocar". Aunque Sabana Grande no brille por su seguridad, su personal se esfuerza para que la feligresía no se acobarde. Un graffiti en un rincón lo resume: "La noche caraqueña sería oscura sin El Maní".

El meridiano del rock
Sostenga una caraota imaginaria entre el dedo índice y el pulgar. De ese tamaño es Greenwich Pub. Es por eso que a las 2 am ­cuando la rumba alcanza su apogeo­ las cuatro mesas de este local de 56 metros desaparecen y dan paso a una olla de baile, donde se desdibuja quién vino con quién. Lo que comenzó como un restaurante hace 30 años, se convirtió hace 25 en un pub inglés. El rock ­pinchado o en vivo­ congrega a varias generaciones que saben que vasos y latas se colocan sobre una cornisa de madera cuando las mesas se esfuman, y que la casa da permiso para batir los faroles al compás de la música.

La barra de madera maciza, los pisos de piedra, las velas que alumbran a un coro de santos y un repertorio que va desde Elvis Presley hasta Metallica son los sellos del lugar. "El trato es muy personalizado y la ventaja del tamaño es que no necesitas mucha gente o mucho rato para crear ambiente.

Tenemos clientes fijos que ni piden la cuenta. Nos dan su tarjeta con clave y todo, y nos dicen: cóbrame ahí", se precia el encargado Alexander Briceño.

"El problema no es llenar el sitio, sino vaciarlo", se ríe la administradora Judith Calderón. "Hay gente que a las cinco de la mañana, por más que le prendamos la luz y apaguemos la música, nos pide un ratico más porque no se quiere ir".

El swing del Juan Sebastián Bar
Cuando el "templo del jazz en Caracas" abrió sus puertas en El Rosal hace 40 años, ocupaba un tercio de su superficie actual. Una cauchera y una farmacia cedieron su espacio para hacer un pequeño edificio, que en el piso superior acoge al restaurante Limoncello ­su propósito original­ y abajo recibe a los melómanos. "El local empezó con jazz pero con el tiempo se fue sumando la salsa", explica el gerente, Bernardo De Andrade.

Luminarias como Pat Metheny, Chucho Valdez, Arturo Sandoval y Paquito D’Rivera tocaron en este lugar que el director español Fernando Trueba ha confesado querer llevarse en una maleta.

"Tenemos una tradición musical muy larga. Aldemaro Romero fue uno de los socios", ilustra el gerente.

Entre los múltiples integrantes del cartel actual, el saxofonista Víctor Cuica y su grupo bordan el jazz los martes y los jueves. "Tengo más de 30 años tocando aquí porque no me dejan ir", dice Cuica divertido. De la contraparte caribeña suele encargarse la banda de la casa: Los Cachorros del Imperio. La clientela se agrupa en variedad de combinaciones: grupos de amigos, parejas (algunas disparejas), huéspedes curiosos del vecino Marriott, empresarios y políticos que se aflojan la corbata para tomarse un whisky.

Aunque los pasapalos abundan, el plato insignia es la sopa de cebolla, preparada desde hace 18 años por una cocinera que la aprendió con un chef francés. "Nuestro objetivo es que la gente se sienta segura y bien atendida desde que llega hasta que se va. Siempre debe ser así", dice De Andrade. "Cuando alguien llega estresado y se va de aquí contento, sabes que lo hiciste bien".