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Los inmortales del pupitre

Útiles escolares / Gabriel Martini

Útiles escolares / Gabriel Martini

Pocos recuerdos de la infancia evocan más ilusión que el olor a nuevo de los útiles escolares. De hecho, algunos pasan de ser un mero instrumento práctico a convertirse en símbolos de tradición que se transmiten de generación en generación. Creadores y fabricantes de los útiles más entrañables del país comparten las historias de constancia que viajan dentro de millones de morrales cada año

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Angelito y Mi Jardín
Con dos certezas absolutas se aprende a leer en la vida. Una es que mi mamá me mima. La otra es que papá lima la pala. Cuando el sacerdote jesuita Ángel Díaz de Cerio daba clases de primer grado en el colegio San Ignacio de Loyola decidió desarrollar un método de enseñanza de lectura con un material educativo propio. Así, bajo el ala de la Distribuidora Estudios editó por primera vez con Félix Otaegui sus dos obras maestras para aprender a leer: Mi Jardín en 1954 y Angelito en 1968. Desde entonces sus textos siguen invictos para iniciar en las letras a los más pequeños. Cada año publican de 200.000 a 300.000 ejemplares, sin contar las copias piratas que también se incorporan a los morrales.

“Hay colegios que recomiendan otros textos, pero hay mamás que dicen que los niños no los entienden mucho y por eso ellas apelan a lo que conocen: si yo aprendí con este libro, pues tiene que funcionar con mi hijo. A mí me pasó con mi niño y cuando lo puse a practicar con el Angelito avanzó más rápido”, ilustra Marisol Urbáez, coordinadora de ventas de Distribuidora Estudios. “Los cambios que se le han hecho en estos años son mínimos y son libros que a pesar del tiempo siguen siendo muy vigentes para lo que se requiere. Lo ideal es empezar con Angelito y continuar con Mi Jardín, que incluye un repaso y luego aporta un contenido más completo para reforzar la lectura”.

Película plástica Decocel
No es la tolerancia al llanto infantil ni el carácter disciplinario. El verdadero temple de una madre se mide por su entereza para forrar con plástico autoadhesivo. De este ritual de amor-odio sólo hay dos resultados posibles: suspiros de diestro alivio –o de malsonante frustración– y la satisfacción de ver protegidos los libros de los retoños durante todo el año.

Curex C.A. es la compañía que produce la película plástica Decocel, que desde hace más de 25 años envuelve los útiles de la chiquillería venezolana.
Con planta propia en Cagua, este laminado empezó con versiones en transparencia, madera y colores sólidos y pasteles.

“Con el tiempo incorporamos nuevos colores y diseños de moda. El primero fue el de Los Simpsons y poco a poco fuimos añadiendo licencias de Disney, Mattel, Marvel, Warner Brothers. Nuestra impresión es muy resistente y siempre procuramos tener los personajes de la película que se lance en las vacaciones”, dice Cristina Fernández, gerente de ventas de Curex. “Es un producto que tiene muchos usos además del escolar y que aguanta muy bien el desgaste por golpes, agua, tierra o sudor. No todo el mundo está en capacidad de comprarle a sus hijos ocho cuadernos espectaculares, y poder forrar uno sencillo con un laminado bonito siempre es una solución”.

Plastidedos y Pintadedos
Judith Abadí de Benaím tiene un título nobiliario único. Es, literalmente, la mamá del Plastidedos y el Pintadedos. Licenciada en Educación, sus inventos comenzaron como soluciones de abuela aplicada. “Hace 38 años mi hija me dejaba a mi primera nieta para que se la cuidara. Yo le cocinaba una especie de engrudo para que lo usara como pega en las tareas y nos dimos cuenta de que si lo hacíamos más grueso era como una masa que se podía moldear. Mi esposo era físico-químico y él lo perfeccionó para que no se echara a perder. Así nació Plastidedos.
Después, con los pigmentos y los tintes que usábamos para pintarlo, nació el Pintadedos”.
Su creadora cuenta que ambos productos se preparan con insumos naturales. “Es costoso pero no escatimamos en la materia prima para no sacrificar la calidad ni la seguridad. Además, eso les da tranquilidad a los papás porque no son tóxicos ni causan alergias. Por eso lo usan hasta los pintacaritas”.
Para mantenerlos en perfecto estado, Abadí recomienda mantenerlos bien tapados. ¿Qué siente hoy en día cuando ve sus tubos y tarros en las librerías? “Todavía me emociono”, reconoce. “Es una alegría muy grande”.

Pega Elefante
Hay productos que pegan de verdad. Tanto, que su éxito no se desprende con el tiempo. “Por supuesto que la pega Elefante se hace aquí. ¡De Valencia para el mundo!”, se ufana entusiasta Nelson Chacín, gerente de mercadeo de Molinari, Cacciaguerra y Sucesores, la compañía que desde hace 52 años fabrica el popular pegamento. “Gusta porque es una cola blanca de alta adherencia que se vuelve transparente al secar y que han usado varias generaciones. Hemos mantenido el mismo polímero para no sacrificar la calidad. Es un esfuerzo grandísimo porque todos nuestros productos se hacen aquí en Venezuela”.

Sin embargo, Elefante ya no sólo es sinónimo de pega. Desde el año pasado se diversificó también en una línea general de útiles escolares como creyones, témperas y afines.
De la misma compañía es la célebre plastilina Dahli, con sus barras enfundadas en una caja azul. Aunque aún se consigue, pronto se convertirá en una rareza, pues no se fabrica más. Se jubila a los 23 años. “Lo que queda es lo que hay en la calle, que quizás alcance para 2 o 3 temporadas más. La plastilina Dahli le dará paso a la plastilina Elefante, con una fórmula distinta y de mejor calidad”, explica Chacín. ¿No es un riesgo el cambalache? “Claro que sí. Es un atrevimiento, pero en tiempos tan complejos es nuestra manera de poder aportarle algo nuevo al país”.

Cuadernos
y blocks Caribe
Desde su fundación en 1953, la Caracas Paper Company descubrió muy pronto lo que sería su producto estelar: el cuaderno engrapado de 100 hojas. Sencillo, liviano, compacto y cumplidor. Sus célebres libretas doble línea, una línea y cuadriculadas llegaron a exportarse a mercados del Caribe, Centroamérica y EE UU. “Hoy Cuadernos Caribe se limita al mercado nacional, pero dominamos alrededor de 45% del mercado de una población de más de 4 millones de estudiantes de educación primaria”, explica desde su sede en Maracay, José Manuel Fernández, gerente de la Unidad de Negocios de Productos Escolares de Capaco.

“Con el tiempo hemos hecho mejoras en la calidad del papel y en los motivos de las tapas. Junto con líneas nuevas de portadas –Kids, Space, Sport y licencias de Pirelli y Romero Britto–, este año lanzamos una de motivos universitarios y una retro para festejar nuestro 60° aniversario”. Así, nostálgicos y hipsters podrán reencontrarse con las legendarias carátulas de hexágonos azules y blancos, palmeras y juegos tipográficos. Sin embargo, su clásico block de dibujo –mezcla de cartulina y papel para calcar que vio la luz en los setenta– se ha resistido orgullosamente a cambiar de imagen. “Hemos ido optimizando sus materiales, pero en ensayos con usuarios hemos visto que su preferencia por la carátula original es muy grande. Es de esas cosas que es mejor no tocar”.


Sacapuntas Star
Con hojilla o con navajita: con sistemas así de rupestres sacaban punta nuestros padres. “Pero desde hace años lo que piden en las listas escolares son sacapuntas con depósito. La viruta ensucia mucho”, explica Eugenio Moreno, gerente de ventas de Star Plast. Basta con asomarse en el sitio web de esta compañía –www.starplast.com.ve– para alucinar de nostalgia: casi cualquier diseño de este utensilio que pueda emerger de la memoria proviene de su fábrica en Guarenas, donde se producen los sacapuntas Star desde hace más de 25 años. “Son 32 modelos.

Hacemos alrededor de 3 millones de unidades durante todo el año”, dice orgulloso Moreno.
Lo único importado es la cuchilla. “Todo lo demás lo hacemos aquí con materia prima nacional. Es un producto que compite en calidad con cualquier sacapuntas europeo porque su cuchilla de acero es muy resistente y tiene una conicidad ideal. Afila igual de bien tanto lápices y creyones de colorear como delineadores de maquillaje. De hecho, hay distribuidoras chinas que nos compran porque la gente busca ése y no otro”, indica el gerente, quien lo reconoce como su consentido entre otros productos resaltantes de la marca como los juegos de geometría, los normógrafos o las plantillas del mapa de Venezuela. “Aunque procuramos mantener un precio asequible, competimos sobre todo por la calidad. Los padres saben que un sacapuntas nuestro aguanta mucha rosca”.

Lápices Mongol
Junto con clásicos como los creyones Prismacolor o los bolígrafos Kilométrico de Paper Mate, los lápices Mongol difícilmente faltan sobre los pupitres venezolanos. Los primeros Mongol llegaron a esta tierra en 1906 cuando la firma comercial Rafael Pardo empezó a importar los lápices Eberhard Faber, hasta que la marca abrió una fábrica propia en Maracay en 1961.

Hasta hoy, el Mongol 480 –No. 2, de cuerpo redondo y confeccionado con cedro californiano– se mantiene como uno de los modelos más populares.
Eva Pillarella, gerente de aseguramiento de calidad de Sanford Brands Venezuela –casa comercial que actualmente posee la marca Mongol– explica que estos lápices siguen fabricándose en el país durante todo el año, y que la principal cualidad que podría explicar su éxito sostenido es su mina de grafito, con sello local. Cada año se fabrican 7 millones de cajas de Mongol en Venezuela.

Borradores Nata
Ni Natacha ni Natalia. “Nuestros borradores se llaman Nata porque inicialmente se les agregaba una esencia con aroma de nata. Hubo usuarios a los que les daba por probarlo o morderlo por eso. Nada tóxico, pero como la idea no era que se lo comieran, la esencia se le eliminó y el nombre quedó”, explica divertido el director de Industrias Mayka, Ricardo Barrobés. ¿Cuál es el atributo que los ha hecho perdurar? “Su mayor cualidad es que no erosionan el papel. Absorben el grafito, que es lo que queda en la borona”. Desde su nacimiento en 1973, los modelos más vendidos de Nata son el 624 –el más pequeño– y el 620, con faja de cartulina azul. “Hay gente que dice que ha usado la fundita para esconder chuletas, pero ése no es un uso que avalemos”, acota risueño Barrobés.

El año pasado Mayka vendió 13.500.000 borradores, todos fabricados en su planta en Nirgua. También ha tenido que enfrentarse al pirateo de sus productos. “De otros países han mandado nuestros borradores a China para que los copien. Las imitaciones incluso dicen que también fueron hechas aquí en Yaracuy”. Sin embargo, el empresario atribuye la longevidad de sus productos a la tenacidad y la calidad. “Somos varias generaciones de familias trabajando para otras familias venezolanas y así seguiremos si Dios quiere. Cuando vemos un borrador nuestro en un pupitre, nos sentimos parte de ese esfuerzo”.