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La fama que nadie puede darte

Inspirulina: La fama que nadie puede darte | Ilustración por J.A. Ovalles

Ilustración por J.A. Ovalles

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“¿Qué se siente ser famoso?”. Es una pregunta que me han hecho en más de una oportunidad. Como no tengo una buena respuesta prefiero soltar otra interrogante: “¿Y qué quieres decir con famoso?”. Una respuesta válida sería el reconocimiento de otras personas. De ser así, y en este mundo tan relativo, la fama se movería en un amplio espectro, digamos que entre cuatro paredes y el planeta entero o, podríamos decir, entre personas a quienes solo las conocen en su casa (o ni siquiera esto, se han visto casos) y otras a las que reconocen en millones de hogares.

Asumiendo que mis queridos lectores ya reconocen mi nombre entre el de otros tantos autores, bueno, podría decir que soy famoso. Al menos ante un montón de gente que no cabría en casa para mi cumpleaños, lo cual es mucho y agradezco de corazón. Claro está, todos juntos somos un granito de arena ante los millardos que arrugarían la cara para preguntar: “¿El y quién?”. Esto es algo que nunca o, bueno, no exageremos, casi nunca, le ocurriría a Cristiano Ronaldo.

La verdad es que todos gozamos de alguna fama, pero más importante que el reconocimiento es la razón por la cual somos reconocidos. Inútil decirlo: hay famosos nefastos y gente no tan famosa que ha salvado vidas. Además, tener mala fama es nocivo para las relaciones, a menos que haya un interés particular en cultivar las malas juntas, en cuyo caso la dudosa reputación es como un revolver al cinto. Sin embargo, del otro lado de la calle, digamos, donde circula la gente de bien, es importante hacer la distinción entre la fama que sirve al prójimo y la que se convierte en puro egoísmo, por ejemplo, entre alguien que descubrió la cura de una enfermedad y otra que no ofrece una aspirina. ¿Con quién preferirías quedarte encerrado en un ascensor?

Hablando de la fama, y por regla general, existe con ella una obsesión por la cantidad más que por la calidad. Mientras más famoso, mejor, algo así como que el tamaño sí importa. Quizás sea un asunto de economía porque la fama suele traer fortuna y juntas se presentan como la fórmula de la máxima felicidad (aunque seguramente en esto alguien como Michael Jackson pudiera habernos dado una opinión más experta). Menos mal que siempre están las Kardashian para iluminarnos.

Hace muchos años escribí que la fama es como una silla de extensión: nos resulta útil mientras seamos capaces de ajustarla porque hay épocas de sol cuando podemos descansar en ella y otras cuando llueve a cántaros y a lo sumo nos sirve de paraguas. Como todo en esta vida, la fama no es permanente; en todo caso, no deja de ser un accesorio porque nadie es solamente su fama o lo que otros dicen de nosotros. Todos somos algo mucho más valioso, profundo y maravilloso, y descubrirlo vale más que un lleno en el Madison Square Garden.

Acá es a donde quería llegar. El interés en alcanzar la fama (poca, mucha, la suficiente, la que anhelas) es una manera de crecer ante los ojos de otros, asunto que no está mal, pero si nos apegamos a la imagen que construimos para el mundo podemos perder un camino fundamental: el que comienza y termina en uno, en lo que realmente somos y que nadie sino nosotros (o muy pocas personas) somos capaces de reconocer.

Esa es la fama que nadie puede darte. La que alcanzas ante tus ojos o, más precisamente, ante tu corazón sabio gracias a tus intenciones y acciones. Esta es la fama a la que llegamos por el camino del autoconocimiento, la compasión y el ejercicio del amor, la que nos permite conectar con nuestra verdadera esencia para reconocernos tal y como somos.

Y luego los otros, el mundo entero, podrán verlo.