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Los esmeros tras ser miss

Mariángel Ruiz

Mariángel Ruiz

Cuatro soberanas de la belleza nacional cuentan su paso por esa singular academia de vida que es el Miss Venezuela. Sus testimonios confirman que para reinar no basta con ser una cara bonita ni portar banda y corona. Para ser miss, el esfuerzo y el fuelle personal valen y mucho. No en balde se han convertido en referencia a escala mundial

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Pilin León: la seriedad de una reina

El 12 de noviembre de 1981 el Royal Albert Hall londinense se rindió a los pies de la seguridad, la elegancia y el aplomo de Pilin León. Sin embargo, adquirir ese dominio de la escena le llevó su tiempo. “Cuando entré en el Miss Venezuela me enfrenté a un mundo totalmente nuevo, el contacto con la prensa fue lo que más me costó. De las críticas tanto positivas como negativas aprendí que la gente puede pensar muchas cosas distintas de ti y no pasa nada”.

Para la época en que la maracayera concursó no había “tour” de misses por los medios ni remotamente algo que se pareciera a una clase de oratoria. Casi todo (si no todo) se lo costeaban las propias candidatas, incluidos los buscapersonas. “Los periodistas nos localizaban por esos números y nosotras directamente cuadrábamos las entrevistas. Nos reunían en las oficinas de Oppa Publicidad y allí nos daban instrucciones. Ensayamos algunos días en la academia de Nina Novak y dos semanas antes de la elección nos concentraron en el hotel Macuto Sheraton. Eso fue todo”, afirma.

Sin duda, muy poco si se compara con la preparación actual, pero a la jovencísima Pilin le bastó para sobresalir en la noche más linda del año. “En el opening yo iba de primera en mi fila y marcaba el paso: si me equivocaba lo hacían todas. Teníamos que estar pendientes de tantos aspectos que no quedaba tiempo para los nervios”.

Para el Miss Mundo, entre los consejos que Osmel Sousa le dio fue que debía adquirir, entre otras cosas, pareos, porque las rondas previas eran en Miami o que cortara la cola de su recordado vestido verde. En cuanto al estilismo, la maquilladora Beatriz Morón le dio algunos trucos. Donde sí hubo mucho ensayo y error fue con su lacia melena. “Después de varios intentos por rizarla, tal como se llevaba en ese entonces, decidieron que justamente iba a marcar la diferencia con mi pelo liso”. Solucionado el asunto del cabello, se concentró en aportar lo mejor y tratar de gozarse la experiencia aunque las estadísticas no le daban: “¿Cómo iba a ganar el mismo año en que Irene Sáez lo hizo en el Miss Universo?”.

Sin embargo, lo logró y vinieron doce extraordinarios, pero intensos meses. “Separarme a los 18 años de mi familia y mi novio (su esposo desde hace casi tres décadas) fue duro. No había celulares ni redes sociales. Viajé a alrededor de 30 países y las visitas a algunos orfanatos y hospitales me cambiaron la manera de ver la vida”.

Confiesa que al final del reinado se empezó “a quebrar”. Recibió la terrible noticia de que su papá estaba enfermo de cáncer, pero aún así cumplió y entregó la corona con récord de dinero recaudado para la causa social del certamen. La enseñanza de aquel año la vio en retrospectiva. “El Miss Mundo me hizo madurar muy rápido y me brindó herramientas que aún utilizo, además, me permitió ayudar a mi familia económicamente hasta el fallecimiento de mi padre en 1984. Eso fue muy importante para mí. A partir de entonces aprendí a adaptarme a los cambios y a no sentirme frustrada por no cumplir mis primeras metas como estudiar computación. Luego he cumplido muchísimas otras que ni siquiera sabía que tenía”.

 “Yo no necesité ir al gimnasio porque era delgada y deportista. Tenía el peso ideal para la época, tal vez ahora me hubieran puesto a dieta”.

 “En 1981 no existía la quinta Miss Venezuela. La organización actual me parece muy buena porque, además, ha hecho que el concurso sea más asequible para muchas chicas”.

“La individualidad y algo de suerte son claves en una miss ganadora. Quizá es más simpática, entradora o se sabe vender mejor”.


Veruzhka Ramírez, la superación personal

En 1997 la quinta del Miss Venezuela era un modelo exitoso de formación de reinas. Al mítico lugar llegó una mañana, con 17 años de edad, Veruzhka Ramírez. Lo hizo con mucho sueño y un vestidito obsequiado en una tienda. En el viaje en autobús desde el Táchira, que corrió a cargo de Expresos Occidente, no durmió. “Estaba muy nerviosa”, cuenta.

La gente que la acompañó en la aventura caraqueña solo le pidió una cosa: “No vayas a ser ordinaria”. Y no lo fue, aunque sus primeras palabras frente a Osmel Sousa fueron una tremenda metida de pata: “Disculpe que ‘haigamos’ llegado tarde…”. El desliz verbal no desalentó al zar de la belleza, mucho menos a la adolescente que desde los 9 años de edad había lavado y planchado para subsistir.

“Esqueletor”, “jirafa” o “palillo eléctrico” fueron solo tres de los muchos calificativos que recibió por su estatura y extrema delgadez debido a su desnutrición. Sus hermanastros se burlaban de ella con frases como “un zancudo como tú nunca va a ganar nada”. A lo que ella respondía: “Ya verán que algún día voy a ser reina”.

El logro le costó lo suyo. “Para mí fue difícil el concurso porque necesitaba mejorar en varios aspectos para estar al nivel de las otras chicas. No es lo mismo ser una muchacha de servicio que una miss. Siempre he transformado lo negativo en positivo y en el Miss Venezuela me tocó tener paciencia y control para no caer en el juego de los demás y tratar de no ser una más del montón”.

Entre sus retos tuvo que engordar 10 kilos –sí, engordar por orden de Osmel Sousa–, operarse nariz y senos a pesar de “ser muy gallina” con los médicos y aprender en 7 meses lo que no pudo en 17 años. El diseñador Octavio Vásquez le enseñó a utilizar los cubiertos: “Una miss no come en la olla, me decía siempre”.

Si de obstáculos se trata, a veces no tenía ni para el carrito. “Dormí alguna noche en una colchoneta en el gimnasio Lido, pero jamás llegué tarde a una clase”. Para tener algo de efectivo les secaba el pelo a sus compañeras por 5.000 bolívares (de los de antes) y el desprecio de algunas por su condición humilde no le afectó: “Cuando una persona te critica y está tan pendiente de ti es porque carece de ese algo que quizá tú sí tienes. Me hacían muchas maldades, pero yo respiraba profundamente y me decía: ‘Ramírez, tú puedes, así que pa´lante porque algún día te ganarás el respeto de todos’. Uno es el que decide quién quiere ser y cómo lo va a lograr, en la noche final gané porque fui yo en versión mejorada”.

En su preparación para el Miss Universo 1998 asegura que Osmel Sousa fue duro con ella; sin embargo, afirma: “Se lo agradezco porque sacó lo mejor de mí”.

Hoy como empresaria de la firma Veruzhka Ramírez Enterprise Model International Agency lanza un mensaje: “Nadie debería darse el lujo de subestimar a otro porque a veces hay sorpresas y el patito feo se transforma en un gran cisne que aún sigue brillando”.

Posibles epígrafes

“Mi preparación fue un reto diario: tenía que pasar de muchacha de servicio a miss en tiempo récord”.

“En el concurso me sentí muy sola. Esos vacíos los llenó mi equipo de trabajo, los bedeles y  los choferes que eran muy divertidos”.


Vanessa Gonçalves: todo tiene su lectura positiva

La odontóloga convertida en reina de belleza en 2010 afirma que “nada es un sacrificio cuando disfrutas lo que haces”, pero de inmediato tercia: “El Miss Venezuela fue una tarea ardua de disciplina, constancia y mucha paciencia”. A sus 25 años de edad, Vanessa Gonçalves había estado más preocupada por desarrollar su profesión que por vencer su timidez. “Me costó muchísimo soltarme. Las cámaras me ponían muy nerviosa, las manos empezaban a sudarme, se me aceleraba el corazón y me quedaba sin palabras”.

Poco a poco fue superando ese miedo escénico. No obstante, tuvo que hacer frente a otro detallito del que no logró zafarse: “¡Estar entaconada!”, dice con humor. “Llegábamos a la quinta a las 7:00 de la mañana y a veces eran las 2:00 de la madrugada y seguíamos ensayando, sobre todo cuando se acercaba la noche final. El dolor de los pies a veces era tan intenso que se volvía imperceptible. Lo manejé con mucho control mental”. Eso y buenas dosis de constancia para dominar la pasarela desde las alturas. “En la primera clase con Gisselle Reyes nos mandó a pasar de una en una y yo traté de copiarme de las otras chicas. Cuando finalicé, me preguntó, con ese tono de voz particular que ella tiene que casi no intimida: “Niña, ¿de dónde vienes tú?...”.

Pasó de ser una de las peores a estar entre las mejores y hoy asegura que desfilar es una de las cosas que más le gustan. Al igual que se tomó muy en serio la clase de pasarela, lo hizo con las demás hasta lograr transformarse en una miss. “Para mí fue una carrera con unas materias un tanto particulares, pero extremadamente divertidas. Muchas veces me reí de mí misma y hasta me vi ridícula, pero todo sirvió”.

En su especialización para el Miss Universo la cosa fue aún más compleja, además del clásico pensum de oratoria, maquillaje o inglés, recibió clases de foniatría, expresión corporal, baile y canto, amén de cumplir con una agenda repleta de compromisos.  Deportista nata y muy disciplinada, solo tuvo un momento de flaqueza y no fue por la presión sino por un triste acontecimiento familiar. “Le detectaron cáncer a mi tía y el pronóstico de vida era de pocos meses. Yo estaba justo a ocho semanas de partir a São Paulo

–ciudad donde se celebró el certamen– y quería estar con ella. Se lo comenté a María Kallay e intercedió por mí ante Osmel Sousa. Me dieron dos días libres. Recordar ese episodio me produce un choque de emociones porque ninguna de las dos está”.

En Brasil aterrizó con todos los deberes hechos. La noche de la elección la vivió con intensidad, optimismo y muy equilibrada: “Me repetía que debía caminar con la certeza de llegar y de dar lo máximo. Conmigo estaba mi familia, mi mayor motivo de felicidad, además de amigos y la motivación de miles de venezolanos que aún hoy me apoyan a través de las redes sociales”.

Arrasó con un 9.1 en el desfile en traje de baño y contra todo pronóstico no pasó a la ronda final. Dos años después tiene claro lo que significó aquella velada agridulce brasileña: “El tiempo de Dios es absolutamente perfecto y mi victoria, sin duda alguna, es todo lo que estoy viviendo luego de ser Miss Venezuela. La vida no es un plan fijo, las oportunidades llegan y hay que recibirlas sin forzar las cosas por mucho que se quieran”.

“La preparación me lo tomé como una carrera universitaria: al igual que estudié para ser odontóloga, lo hice para ser Miss Venezuela”.

“El verdadero reto del concurso es asimilar todas esas materias teóricas y prácticas, pero sin perder tu esencia y tu criterio”.


Mariángel Ruiz, la eficacia ante las oportunidades

No era favorita en la edición de 2002, pero ganó. Quizá la visión sobre el Miss Venezuela que tiene Mariángel Ruiz fue lo que inclinó la balanza a su favor. Para ella, la clave del asunto no está en aprender a maquillarse, posar y el largo etcétera de clases. “Todo eso lo encuentras en otro lugar. Este concurso es un espectáculo que brinda algo muy valioso: minutos en televisión a chicas desconocidas. Este año más todavía, pues fueron también muchas horas a través del reality show. Todo el país te ve y ya depende de ti cómo lo aprovechas”.

No obstante, cuando se le pregunta por ese intangible que hace triunfar a una miss frente al resto, no lo tiene tan claro. “No vamos a disfrazar las cosas. Para entrar al concurso debes tener ciertos rasgos que van cónsonos con las normas. Es una competencia con muchas exigencias físicas y las concursantes se sacrifican y esfuerzan: algunas más y otras, menos, pero todas dedican tiempo, energía e ilusión. Sin embargo, la fórmula para hacer que te destaques no la sé definir. Las chicas son bellísimas. Supongo que se trata de lo que logras transmitir y la actitud, no tanto de estar todo el día impecable porque si solo fuera eso, yo hubiera sacado cero”, se ríe. De inmediato complementa: “Por mi estructura corporal no soportaba estar mucho tiempo con los tacones. Me los cambiaba para sentirme más cómoda y sacrificar lo menos posible mis pies. El asunto creo que consiste más en subir al escenario y ponerlo todo”.

A pesar de que asegura que compartir con el grupo de candidatas fue muy divertido, reconoce que la presión le afectó emocionalmente. “En el concurso era una más, luego me quedé sola lidiando con muchas cosas. La mezcla de cansancio, actividades y que todo era contra reloj me generó ansiedad y controlarla fue un punto importante para mí”.

En su año de reinado, a los quehaceres propios de una miss, se añadieron algunos elementos externos. “Hubo días complicados en los que no me sentí cómoda con lo que hacía y perdía los ánimos porque las cosas se escapaban de mis manos”. Una de ellas, sufrir la incertidumbre de si iría al Miss Universo 2003 por los problemas con las divisas luego del paro petrolero. “Esa situación del país me afectó y me llegué a cuestionar si era el momento para pensar en concursos, pero afortunadamente el tiempo me permitió verle el fruto a ese trabajo. Fue la decisión correcta”.

Muy pragmática resalta los aspectos positivos de su decisión. “Entré al concurso en autobús y salí con un carro, reconocimiento y un contrato en un canal de televisión. Todo eso fue muy importante para mí. La posibilidad de desarrollar la carrera que hoy tengo salió de allí. Por supuesto, luego ya depende del desempeño y la disciplina que cada quien ponga para mantener esas oportunidades. Tratar de que toquen los mejores proyectos es cosa tuya.
En el concurso hay un patrón general que lo cumplen todas las chicas, pero la fórmula que te hace destacar por encima de otra no la puedo descifrar: solo sé que a mí me tocó”.

“Este país está pendiente de lo que pasa antes, durante y después de la elección. Esa es la gran ventaja para las muchachas que participan: te sirve tengas o no carrera en los medios”.