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Todo en domingo: Karina en equilibrio

"No hago cosas que siento que no tengo que hacer. No vivo de mi cuerpo ni de chismes. He procurado cuidar mi talento respetándolo a él y, sobre todo, al público" | Foto: Mauricio Villahermosa

"No hago cosas que siento que no tengo que hacer. No vivo de mi cuerpo ni de chismes. He procurado cuidar mi talento respetándolo a él y, sobre todo, al público" | Foto: Mauricio Villahermosa

Próxima a estrenar Casi normal, musical que la traerá de vuelta a las tablas venezolanas, y al lanzamiento de un nuevo disco, Karina regresa con bríos renovados. Cantante, actriz y mamá, aquí muestra cómo se ve actualmente la vida desde su ventana

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“Chica, es la primera vez en mi vida que por fin entiendo qué es eso de la fluidez, del flow, de la sincronía”. Karina Moreno —el apellido se desvanece a efectos del estrellato— dice que por fin encontró su sitio en el presente. “Toda la vida he sentido que llego a todo muy temprano o muy tarde. A veces he entendido cosas que los demás todavía no ven y para otras siento que llegué a destiempo. ¿Sabes esa satisfacción de que te propusiste algo, lo planificaste y te salió como y cuando tú querías? Bueno, hasta ahora yo no sabía lo que era eso. Siempre pasaba algo que me desviaba, me precipitaba o me atrasaba. Mi vida siempre ha sido un caos en ese aspecto”, asegura. “Aunque agradezco haber logrado tanto siendo muy joven, la verdad es que siento que todo aquello fue como violento, vertiginoso. No sé si es la madurez o que tengo más conciencia de las cosas, pero al menos ahorita ese anacronismo no lo siento. Es chévere, aunque se siente rarísimo”.

No sería tan trillado, entonces, decir que pasa por un buen momento. Al menos, por uno en sus propios términos. En México viene cosechando éxitos con GranDiosas, espectáculo de clásicos propios y versiones que comparte con las cantantes mexicanas Dulce, Rocío Banquells y con María Conchita Alonso, con un disco derivado que en iTunes lleva más de ocho semanas en el top 10. Atribuye este logro a que evoca una época feliz de la música en Latinoamérica, una de grandes voces y producciones majestuosas. “Somos unas señoras en un show con muchas luces y cambios de ropa, unas divas que compiten a ver quién canta más alto, quién alarga más... Es una competencia sana”, relata.

También prepara un álbum que espera lanzar a fines de este año, titulado Tequila y rosas. “Es un disco que ha debido salir hace rato. De hecho, ya lo había entregado a la disquera y lo recogí, porque viví una serie de situaciones difíciles (la partida física de mi papá y la de otro amigo muy querido, mi hermana con una enfermedad, y otra serie de dificultades) que me hicieron replantarme lo que quería decir. La mitad es pop, que son las rosas, y la otra es tequila: drama, tragedia mexicana, porque a los latinoamericanos nos gusta celebrar el dolor. Es muy Karina, con piezas de Rudy La Scala y todo. Ahora sí es el momento de sacarlo”.

A puertas cerradas
De su vida íntima se sabe poco. “Yo hago mis desastres en mi casa. No me gustan los gritos, aunque soy muy honesta y categórica en mis opiniones y también muy seria cuando tengo que serlo. Hay aspectos de mi vida que mantengo muy aparte. Mis hijas casi siempre han estado separadas de mi carrera, por ejemplo. En eso llevo una especie de doble vida”.

Tanto, que su hija mayor vino a enterarse de que cantaba cuando tenía seis años. “Ella nació cuando yo no la estaba esperando y me costó acostumbrarme; poco a poco me fui enamorando y me dediqué por completo a ella”. Un día la niña llegó del colegio con uno de esos cuestionarios donde preguntan qué hace su mamá. “Ella puso: 'Mi mamá cocina, limpia, juega conmigo...' y por ninguna parte decía que yo era cantante, porque no tenía cómo saberlo. A los ojos de ella, yo no era más nada”, relata. En su casa no tenía ni un premio, ni una foto, nada para probarlo. “Mi esposo es brasileño y también me ignoraba un poco en eso. '¿Cómo es posible? ¿Ustedes no saben que soy una cantante superfamosa, arrechísima, un ícono pop de mi país?”, dramatiza en guasa. Entonces decidió que su carrera merecía ser reanimada. Empezó a pedirles a sus allegados que le buscaran sus fotos, sus videos, sus discos de platino. “Hoy en día no hay un cuarto donde no haya un Meridiano, un Ronda, una Orquídea, una plaquita de lo que sea”, cuenta con gracia.

Sus dos hijas son muy distintas. “Yasha tiene 16 años y es supercoqueta. Es como la hermana perdida de Kim Kardashian, no sé de dónde salió esa niña (risas). En cambio, Hannah tiene 10 años y quiere ser un niño. Tiene una inteligencia superior y recibió un premio de excelencia de los que otorga Barack Obama. Toca batería, es campeona nacional de taekwondo y quiere ser actriz de comedia”. A ambas las disfruta como son. “Mi sueño es que sean felices y productivas, que encuentren su naturaleza, que sean lo que quieran ser. Los papás estamos para apoyar a los hijos y darles amor”.

¿Cómo es como mamá? “Soy fastidiosa pero justa. Histérica-relajada. Mis papás no me paraban cuando era chiquita, entonces yo sí lo hago con ellas. Me gusta juntar a la familia y eso es muy importante viviendo en Estados Unidos, donde todo el mundo anda por su lado”, apunta. “Regaño a mis hijas con dichos venezolanos y ellas no entienden nada. '¡Cuando digo que la burra es negra es porque tengo los pelos en la mano!', y ellas se fastidian y me responden en inglés: 'What?? Mom, I don't know what you mean!' (¿Qué? Mamá, no sé qué quieres decir)”, imita divertida. “Pues no me importa que no me entiendan. Igualito se los suelto”.

Lo que viene
Desde hace meses, Karina viene a Caracas cada 15 días a pasar temporadas de ensayo de Casi normal, adaptación de un musical de Broadway dirigido por Marcel Rasquin y producido por Claudia Salazar, en el que interpreta a Diana Goodman, la madre bipolar de una familia disfuncional. Allí comparte escena con Napoleón Pabón, Alejandro Sojo, Laura Guevara, Alí Rondón y Tico Barnet, en un espectáculo que se estrenará el 22 de octubre en el Centro Cultural Chacao. La cantante —quien, de hecho, inició su carrera artística con la Compañía Nacional de Teatro a principios de los 80— dice que este es el reto artístico más complicado que ha asumido. “Los arreglos vocales son un rollo, pero es un desafío que me tiene muy ilusionada. Me levanto loca de ganas de ir a trabajar. Comparto con valores nuevos que no conocía y que como artistas son valiosísimos; tienen un talento que te dejan muda. Son un equipo de muchachos que literalmente podrían ser mis hijos y hemos logrado una conexión increíble. Eso me produce sentimientos encontrados porque veo en ellos a un país que no es el que yo viví, que no tienen a mano las oportunidades que tuve”.

El rencuentro con la patria, reconoce, puede ser una experiencia agridulce. “Nunca me he sentido de otra parte sino venezolana. Llevo 23 años viviendo en Estados Unidos, pero estoy clara en que nunca voy a pertenecer a ese lugar. Quiero mantener mi acento, mi esencia. Sé que soy de un lugar que no es el mismo de antes, pero es que uno no decide de dónde quiere ser. Así como mis hijas se sienten estadounidenses, yo me siento de aquí, ya que los recuerdos los tengo: en Venezuela fue donde crecí, en esta calle me raspé las rodillas, aquí me lancé en patines. Por todas partes hay sitios y cosas donde yo fui, estuve, hice. Como uno no quiere sufrir, tuve una época en la que decidí que me iba a desconectar. Dije que no venía más y no funcionó”, confiesa. “Ahora cuando vengo a Venezuela me hago un poco la vista gorda y le saco el tuétano a lo que me recarga, a lo que me apasiona, a la gente con la que estoy. Por supuesto que se me hace insólito ver a alguien llegar a un ensayo con una bolsa y que todos le pregunten qué consiguió después de hacer una cola enorme, pero enseguida ves cómo sueltan esa bolsa y cantan como cantan, se ríen, bailan, te abrazan, te llenan. Así es como lo hago. Me voy feliz y vengo feliz porque con eso es con lo que me quedo”.

Banda sonora
¿Su propia canción favorita?
Sálvame. Porque me desgañito y es la más dramática. La puedo cantar en el mismo tono después de 30 años y me siento yo.

¿Un tema de otro que le gustaría haber escrito?
Me iré, de Alejandro Sanz.

¿Una canción para estar feliz?
Sunshine reggae. Odio el reggae, pero esa canción me genera una euforia irracional.

¿Una para estar nostálgica?
Fix you, de Coldplay.

¿Un disco para escuchar en carretera?
Uno de duetos de Barbra Streisand; canta con Billy Joel, Andrea Bocelli... No nos conocemos, pero esa mujer me enseñó a cantar a mí, así personalmente, y ella todavía no lo sabe.

¿Su canción culposa?
Atrévete, de Calle 13. Uno tiene esos momentos que no tienen explicación. ¿Será que es algo que quiero ser, muy en el fondo? (risas). Se me sale mi JLo.

Piense rápido
¿Una manía?
Me gusta tener todo ordenado. Enderezo los cuadros, limpio... Me vuelve loca que me dejen los gabinetes abiertos o cierren las gavetas por la mitad. Soy una ladilla.

¿Un consejo para un cantante principiante?
¡Retírate! ¡No lo hagas! (risas)... Tienes que encontrar tu personalidad, desarrollar una paciencia infinita y creer en ti. Nadie te va a impulsar tanto como tú mismo.

¿Un talento oculto?
Me encanta hacer arreglos en la casa. Abrir huecos, tapar huecos, pintar, instalar luces. Desde que descubrí un aparatico que te dice dónde están las vigas antes de perforar, mi vida cambió para siempre.

¿Qué siente cuando le dicen que está igualita?
Lo que pasa es que la gente cree que soy mayor porque empecé muy chama y los artistas de mi generación eran mayores que yo, que tengo 46 años. Todavía no tengo edad para estar tan echada a perder, aunque no estoy ningún igualita.

¿En qué reside la juventud?
Va más allá del cuerpo. La llevas en la cabeza. En lo físico, una siente que se le va aflojando todo, pero soy de las que creen que no te debes recoger lo que aún no se te ha caído o insistir hasta verte como un Picasso. Si me toca, algo me haré, pero no tengo apuro. La belleza no es eterna y ya.