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El diamante de Caricuao

Flora Sylvestre / Mauricio Villahermosa

Flora Sylvestre / Mauricio Villahermosa

Flora Sylvestre, la perla de 22 años de edad y sin experiencia como actriz que guió a un grupo de esclavos venezolanos a la libertad en la película Azú y ya ganó sus primeros premios de cine, se asoma a su futuro como intérprete y modelo, aunque dice que el Miss Venezuela prefiere verlo en casa

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Negra cachumbambé. Caraota. Sorbetico (por la hormiguita de la cuña). Pepsi Cola. Noche sin luna. Son algunos de los apodos, escupidos por esa crueldad infantil que por lo menos se destapa frontalmente, recordados con una sonrisa por Flora Sylvestre de su tránsito por el colegio Miguel Otero Silva de Carapita y los liceos Rafael Guinand y Ramón Díaz Sánchez de Caricuao.

Con una crueldad más soterrada, y seguramente más dolorosa, alguna vez le tocó escuchar en el casting publicitario de una compañía de telefonía móvil:“No estamos buscando personas como tú, eres muy morena”. A los que se burlaron o la rechazaron, hoy les podría decir que es como una Halle Berry venezolana que ya ganó, sin haber actuado nunca antes, su primer premio de cine:“Jamás imaginé verme tan grande”, suspira sobre una incursión en el estrellato que incluyó su primer desnudo fuera de la ducha y un mordisco de oreja al estilo Mike Tyson al experimentado actor Antonio Machuca.

Hija de dos inmigrantes haitianos de Puerto Príncipe, Hélène Joseph y el fallecido Venel Sylvestre, y la menor de siete hermanos (los otros son Jaima –bautizada así porque entonces gobernaba Jaime Lusinchi– Marlène, Marie, Emmanuel, Jeu y Bernett), todo parece prodigioso en la chica de Caricuao de 22 años de edad, descubierta en el Metro de Caracas por un director de casting de la Villa del Cine, Luis Castillo, que la comparó con la foto de una princesa nubia.

Cada uno de sus desplazamientos posee una gracia natural. Nació un 22 de diciembre y no sabe, ni le importa, si es Sagitario o Capricornio. Mide 1,80 metros de estatura, pero pesa apenas 55 kilos, a pesar de que su alimentación todavía no es disciplinada (le encanta comer pizza y todavía llama “hojas” a los vegetales). “Está muy flaca, parece gallina enferma”, se refieren a ella en un diálogo de la película que protagonizó de manera casi silente, el drama histórico Azú, del director Luis Alberto Lamata. Debido a la misma delgadez, su mamá la convenció de que no viajara a Haití, la tierra de los ancestros que todavía no ha pisado, para participar en las tareas humanitarias luego del terremoto de 2010. Sus manos son descomunales (“me han dicho que son de pianista, de basquetbolista o de ginecóloga”, sonríe), pero sus pies, pequeños y delicados.

Quizás el rasgo visible más desconcertante de su belleza poco reglamentada son las marcas en el pecho y los lóbulos de las orejas: “En el espejo siempre me ha gustado mi rostro, mi cuerpo, aunque de pequeña era más fea, y los peinados que me hacía mi mamá no ayudaban”. Nunca deseó una nariz más perfilada, unos labios más finos o un cabello más claro.“Pero no me gusta mi mala cicatrización. Formo queloides. Cuando me rasco una espinilla, mira en qué se convierte”, y señala hacia lo que parecen criaturas que culebrean debajo del escote. Tampoco puede usar zarcillos perforantes, y los de presión están pasados de moda, como las medias pantis.

La mariposa de África

“Es una muchacha encantadora, buena compañera y sabe trabajar en equipo. Se esforzó con entusiasmo en las difíciles tareas que le pidió el director. Durante el rodaje de Azú tuvo muchos retos personales que superó con humildad y valentía. Aprendió del cine y de la vida. Me alegro que se dedique a la actuación, esta es una profesión hermosa y le da la bienvenida. Ahora debe ponerse a estudiar”, le recuerda Matilda Corral, su primera profesora de interpretación, la que le impartió las lecciones para su personaje de debut: Azú, una esclava de utilidad sexual, “restregada con la mierda de los otros negros”en un barco negrero que la trajo de Guinea, recuerda su archirrival en la ficción, Ventura Mandinga, para la Venezuela del siglo XVIII, donde, sin hablar español, guía a través de la selva a un grupo de negros libertos hasta el mar.

“Me llamo Flora Sylvestre y soy graduada en Recursos Humanos en el Colegio Universitario de Los Teques Cecilio Acosta”, se presentó sin malicia alguna, y sin que una ovación la dejara terminar, ante cineastas, actores y periodistas en el IX Festival del Cine Venezolano de Mérida, donde en junio un jurado que encabezaron el director Alberto Arvelo y el actor mexicano Damián Alcázar le concedió el galardón de Mejor Actriz Principal.

En el casting antes de la película, superó a intérpretes con recorrido como Brenda Hanst. Ahora Flora tiene un empleo administrativo en la Villa del Cine, y algunos de los otros hermanos Sylvestre han conseguido pequeños papeles en las películas Bolívar, el hombre de las dificultades, Arriba es abajo y Planta insolente. “Cuando el señor Luis Castillo me dijo para ir a la Villa del Cine, yo no sabía ni qué era eso. Ni quién era Luis Alberto Lamata. ¿Y había que ir a Guarenas? ¡Ay, no, qué fastidio! ¿De Caracas a Guarenas para un casting donde sé que no voy a quedar? Me habían rebotado de muchos por ser afrodescendiente”, recelaba. Era como en Azú, donde una mujer de su misma raza concluye que una persona, “mientras más negra, más fea”.  

“Haber ganado un premio de actuación la pone en un compromiso. Le dedicaría a Flora unas palabras de la talentosa actriz Eleonora Duse que pueden inspirar siempre a una actriz en formación; es decir, a toda actriz: ‘Esas pobres mujeres que he representado están totalmente dentro de mi cabeza y de mi corazón, y cuando hago lo posible para que el público las entienda, casi siento que las estoy confrontando pero son ellas quienes poco a poco me confrontan”, le recomienda Matilda Corral. Flora comenzó un taller de interpretación con Antonio Cuevas y espera por un cupo para estudiar en Unearte.

En la vitrina

“Más que un trabajo, Azú era como un campamento, una cosa para la diversión”, compara Flora. El actor Pedro Durán, el brujo Yanga que hace sortilegios con su sangre menstrual, era como su abuelo, y el director Lamata,“mi papá”, el sustituto del de verdad, que se le murió cuando ella tenía 13 años de edad, le había enseñado inglés y a sumar, restar, dividir y multiplicar. No fue correr descalza por la selva, simular un ataque epiléptico, sufrir la irritación de la piel por la glicerina que imita el sudor o jalarse de las greñas con Ventura Mandinga, que cuando se apagaban las cámaras era su mejor amiga durante el rodaje, Maryelis Rivas. Lo que más le costó, y no se sabe si lo que más le avergüenza es lo predecible de la confesión, fue la escena de su primer desnudo, que fue también la del primer llanto, que no por ser de mentirita es menos conmovedor. En la sala de cine el público se ríe a mandíbula batiente con la escena en la que Inés, la esposa blanca y frígida del hacendado Manuel Aguirre, se levanta un huequito del calzón para cumplir con sus deberes en la cama, pero las apariciones de Azú infunden un respetuoso mutismo.

“Podría ser muy normal para los actores, pero para mí no lo fue. Solo me desnudo para bañarme. Me explicaron que son cosas que hay que proyectar. Cuando se compra cualquier objeto, por ejemplo una esclava, siempre hay que revisarlo. Es una escena importante, para que las personas puedan ver cómo se trataba a los negros antes. Me mandaron a ver Amistad y Raza. Cuando pensaba en lo que sufrieron esos personajes, me sentía humillada e irrespetada, un pedazo de carne puesto a la venta. Me gustó hacer la película para expresar esa indignación. Quizás hoy no se compran personas de esa manera, pero sí hay formas de irrespetar a otros”.

Flora admite que, si desea dedicarse al modelaje profesional, sus perspectivas probablemente serán mejores en el exterior. Menciona a Canadá como posible destino: “Amo a mi Venezuela, y si algún día viajo no será por quejarme de mi país, sino para vivir otras experiencias”.

Las lágrimas silenciosas que se le deslizan por las mejillas cuando es subastada al mejor postor en Azú se derramaron cuando imaginó lo que pensaría su mamá, o el pastor de su comunidad evangélica, si la vieran desnuda en una película. Se crió en el credo bautista, aunque dejó de asistir a la congregación luego del estreno del filme:“Ha habido comentarios negativos en la iglesia, el pastor pidió que no me felicitaran por la película, porque estaba en pecado. Me sentí como una asesina. ¿Entonces los que hacen películas sobre el Evangelio también están pecando? Más bien siento que Dios me puso en esto para cambiar esa mentalidad”. 

Ganadora del concurso Gran Modelo Venezuela, el entrenador Luis Arguinzones la tentó con el Miss Venezuela antes de que pasara lo de Azú. “Me gusta ver el concurso, pero en mi casa me pongo una sábana de mi cama, unos tacones y camino. Pero eso de Miss Flora Sylvestre no me suena. No quiero transformarme en otra persona”. Cuando el diamante de Caricuao se pula, será una pérdida lamentable para la inocencia.

En gotas

Colores favoritos de ropa: blanco, verde, rosado, amarillo y los fluorescentes. “Van con mi personalidad, que es brillante”.

Los momentos más difíciles: la muerte de su padre y el cáncer de mama de su hermana mayor.

Opciones de tiempo libre: un concierto en el Centro de Arte La Estancia, salir con amigos, ir al cine, trotar en el parque, jugar kikimbol o subir al Ávila por Cotiza.

El piropo en la calle:“Nunca me han dicho algo bonito, todavía no he conseguido un caballero en la calle”.

Lo que más me gusta comer: una pizza que tenga maíz, tocino, pimentón y champiñones.

Idiomas: el créole haitiano. También algo de francés e inglés, “pero me gustaría hablarlos más fluidamente”.

Estado civil: soltera con novio. Comprometida y feliz.

Sus ídolos en la gran pantalla: Jackie Chan, Sylvester Stallone, Jean Claude Van Damme, Robin Williams, Whoopi Goldberg y Will Smith. “Me gusta que los negritos sobresalgan en el cine”.

Pensamientos de Flora

• “La primera vez que me vi en una pantalla de cine internamente me dije: ‘Trágame, tierra”.

• “Pensaba que actuar era exageración y dramatización. Ahora sé que se trata de la esencia natural de una persona”.

• “Muchas veces me han dicho en el Metro: ‘Deberías ser modelo’. Pero eso lo dicen personas que creen que ser modelo se aprende fácilmente”.

• “No solo una catira o una pelirroja deberían estar en la publicidad. Creo que me pueden tomar en cuenta para cambiar esa mentalidad”.

• “Cuando terminé Azú decía: ‘Me gustaría estudiar actuación’. Ahora que gané un premio, sé que lo tengo que hacer”.

• “Mi mamá me dice:‘No viajes en Metro, ahora eres famosa’. Pero en el Metro es donde consigo trabajo”.

• “No importa el color de la piel, sino el sentir interno”.