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Cada destino tiene su caleta

Esta es la vista mientras se bañan en su piscina privada/Ariana Arteaga Quintero

El terror de viajar en Semana Santa es conseguir multitudes en los sitios más solicitados. Como nuestra vida es un incansable y dichoso recorrido por los recovecos nacionales, vamos a compartir con ustedes los refugios ignorados en la Gran Sabana, Choroní, Caripe, Mérida, Trujillo, Paria y Miranda. Anoten y organicen su viaje bien dateados

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En La Gran Sabana

La Gran Sabana en Semana Santa es la negación de su naturaleza. Los rustiqueros la convierten en una desolación con sus demostraciones 4x4 que no le causan la menor gracia a la visita y que destruyen los orígenes del planeta. Como la solución no puede ser abstenerse de la emoción de recorrer este Parque Nacional decretado Patrimonio Natural de la Humanidad en el año 2000, mi recomendación es que contraten a los pemones de la Cooperativa de Turismo E’masensen para que vayan a la comunidad de Unatöy. Aquí vive la familia Sucre sobre una meseta por donde corre un manantial virgen y pulcro, lleno de pocitos cristalinos. La vista es, por un lado, la cadena de tepuyes de Chimantá, y del otro, cuatro tepuyes más. Si caminan 45 minutos por la sabana van a ver un humo que viene del fondo. No es un incendio. Es el vapor del Salto Techinén. Debe tener una altura de unos 50 metros, pero es tan ancho que hay que hacer un paneo con la mirada para gozarlo completo. Para llegar a Unatöy hay que navegar varios días por el río Karuy, caminar por la selva y conversar con Ricardo Chuní –el guía ejemplar– sobre las leyendas de esta etnia, pobladores de la Gran Sabana desde el principio de los tiempos. Es un viaje de auténtica comunión con este mundo sagrado y mágico. Sólo pueden ir grupos de máximo 10 personas.

Otra opción con la misma cooperativa es subir hasta el tepui Sororopán. Son dos días para subir y uno para bajar, saliendo desde Kavanayén. Una caminata de selva compartiendo con monos capuchinos, báquiros y colibríes hasta llegar a un minúsculo plano en la cumbre donde sólo cabe una carpita. Son 360 grados de asombro. En días despejados ven desde el Roraima y el Kukenán hasta el Auyantepui y el Chimantá. Si prefieren algo más sencillo y cercano, busquen a Iván Artal –Ruta Salvaje en toda la entrada de Santa Elena de Uairén– para que le pasen por detrás al Salto Yuruaní, naveguen en kayak por los ríos, hagan rafting o vuelen dichosos sobre la sabana.

 

En Choroní

Como el pueblo se convierte en un desastre de tráfico, cornetas, música estruendosa, colas para montarse en los peñeros o para comprar empanadas, se me ocurre que la solución es irse caminando por el sendero Turmero-Chuao. Este recorrido de dos días por la montaña lo ofrece la gente de Expediciones Kumarakapai, con acampada en la mitad de la montaña. Se evitan el tráfico, las curvas horrendas de esa carreterita con los autobuseros suicidas y se ponen en forma. Lo rico es que llegan directo a Chuao, llena de viviendas productivas –como bautizó este gobierno a las posadas– a precios más que solidarios. Desde ahí pueden caminar contentos hasta el Chorrerón de Chuao, una caída de agua energizante con una poza profunda y bien sabrosa. De regreso toman un autobús del pueblo a la playa, se dan baños largos y felices de mar, y cuando quieran probar mundanal ruido, pues agarran un peñero hasta Choroní, rumbean un rato y se regresan al hogar por el camino habitual.

 

En Caripe

Es verdad que la visita a la Cueva del Guácharo es un deber patrio, especialmente si jamás han entrado en esta cavidad poblada por las aves fotofóbicas. Pero un gran paseo es la caminata hasta el Chorrerón. Es una travesía por cafetales primero y bosque después, hasta llegar a una cascada apacible. No cae desaforada. El agua resbala lenta por la piedra, hace figuritas entre el musgo y llena la poza profunda y helada. Es un sitio perfecto para una escena de romance en la naturaleza. Otra euforia en los alrededores son las Puertas de Miraflores, un par de paredes de piedra donde los escaladores demuestran su pericia, los visitantes los observan con estupor o lo intentan con fortaleza. Lo rico es que entre ambas piedras corre un río delicioso. La otra visita es a Agroplantas Caripe para que admiren las hortalizas y vegetales cultivados bajo techo, con riego y condiciones controladas. Los arrancan de la mata y se los comen. Sanitos y gustosos.

 

En Paria

La carretera de Oriente es la muerte en camisola gris. Tráfico, doble vía, operativo Semana Santa 2013, alcabalas en cada antojo gubernamental, estaciones de servicio colapsadas y baños más inmundos que de costumbre. Atraviesen estoicamente esta agonía hasta llegar al final: San Juan de las Galdonas. Más allá de Cumaná, Carúpano y Río Caribe. Ahí los estará esperando el capitán Botuto –a quien tienen que llamar desde ya– para llevarlos a los más genuinos encantos de la Península de Paria o a los Islotes de Los Testigos.

En tierra firme pueden navegar hasta San Francisco, Pargo, Mejillones y Uquire, bahías solitarias donde la vegetación se lanza hasta el mar, abunda la fauna, Botuto y su tripulación se ocupan de pescar almuerzo y cena de cada día, y se duerme en chinchorros o carpas. Es un viaje para gente colcha y cobija en el que sólo compartirán con quienes vayan en su grupo.

El otro plan es navegar hacia el noreste para instalarse en Los Testigos, islotes habitados por pescadores. Hay un puesto de la Guardia Nacional, una posadita de tres habitaciones, playas solitarias, una duna hermosa para lanzarse y llegar a la playa de Barlovento, fondos marinos preciosos para gozar con una máscara y unas chapaletas, y la dicha de caminar por los riscos para ver el mar abierto, furioso y de un azul intenso. Son muy pocas las visitas que llegan por estos predios. Casi siempre veleristas de las islas del Caribe, quienes aprecian la soledad y el silencio.

 

En Mérida

Como es época de sequía no hay peligro de derrumbes en la carretera trasandina, lo cual es un gran alivio. Para mí lo emocionante de visitar Mérida es explorar el Parque Nacional Sierra Nevada. Como no hay teleférico, pues caminen por esos senderos que sólo conocen los arrieros. La gente de Andes Tropicales organiza rutas de horas, días o semanas. El hospedaje es en las Mucuposadas, casitas de campesinos convertidas en amables hospedajes donde se comparte con la familia sus comidas, huertos y tradiciones. Hay senderos sencillos para gente poco acostumbrada al ejercicio, pero con buena disposición, y otros para los caminantes de oficio, dispuestos a pasar 4 y 6 días metidos en la espesura de las selvas nubladas, atravesando puentes de tablitas sobre imponentes cascadas y llegando a pueblitos de apenas 3 ó 4 familias. Recomiendo el trayecto Barinas-Gavidia, Los Nevados-El Quinó, los Pueblos del Sur y algunos senderos en Calderas, población en el piedemonte barinés.

 

En Boconó

Muy lindo y autóctono el pueblito de Boconó en el estado Trujillo, pero los encantos se desbordan en las montañas de El Pocito. Por aquí queda la posada Entremontañas, de Gaby y Juan, una pareja ejemplar dedicada por entero al consentimiento de sus huéspedes. Desde donde se paren lo que verán son montañas, siembras y cielos claros. El gran paseo es hasta Riecito. Por una carretera de tierra bastante azarosa se llega hasta una truchicultura silvestre. El hogar de estos peces andinos son agujeros en la tierra unidos por un riachuelo que va de una laguna a la otra. Los alrededores son de gramita silvestre. Hay una gran churuata para comer y otro espacio para dormir. La única compañía serán los momoyes, duendes de las aguas y las montañas. Enanitos inofensivos que sólo se le aparecen a la gente que aprecia y cuida la naturaleza.

 

En Miranda

No queda precisamente en Miranda, pero desde Carenero salen los peñeros que navegan hasta la isla de La Tortuga. La travesía puede durar entre 2 y 3 horas según la embarcación. Aunque cueste creerlo, en Semana Santa las playas de Punta del Este y Herradura se llenan de yates y lanchas grandes que compiten entre sí a ver quién pone la música más atorrante. Yo les diría que se instalen en Los Tortuguillos, solitarios, a veces con mucho viento, pero poco concurridos. Sus playas son inmensas, la arena muy blanca y el sol radiante. Otra visita curiosa es a la laguna de Carenero, con las montañas de corales donde se ven clarito los cachos de venado y los cerebros totalmente fosilizados. Siempre que me preguntan por mis viajes favoritos digo: “Mientras más lejos, mejor”. Mantengo esa máxima.