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El deseo y la adicción

El cerebro del adicto es una ciudadela conquistada, dice el escritor Stefan Klein

El cerebro del adicto es una ciudadela conquistada, dice el escritor Stefan Klein

El cerebro del adicto es una ciudadela conquistada, dice el escritor Stefan Klein

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¿Conoces a algún adicto? Yo tengo varios amigos que lo son. También he visto morir a unos cuantos por sus excesos. Drogas, alcohol, juego, tabaco, trabajo, la lista combina lo legal con lo ilícito. En una época pensaba que eran adictos porque no tenían la fortaleza para superar su dependencia. Ahora entiendo que el asunto es más complejo: son seres humanos víctimas del deseo descontrolado.

El cerebro del adicto es una ciudadela conquistada, dice el escritor Stefan Klein. Con esta imagen nos ilustra cómo los mecanismos del placer toman el control de una persona para someterla a un frenesí suicida. Y es que la adicción es resultado de una búsqueda de felicidad que disparó por la culata, porque si bien en primera instancia generó sentimientos placenteros, al repetirse una y otra vez termina por alterar el cerebro y desmontar los diques de la voluntad. De esta forma, el adicto termina siendo un enfermo y no simplemente una persona débil o carente de moral y conciencia.

Paradójicamente, los circuitos cerebrales que nos impulsan a obtener cosas del mundo son los mismos que se activan en las conductas adictivas. Este circuito multiuso está regido por la dopamina, un neurotransmisor que le anuncia al cerebro la posibilidad de una recompensa si acomete alguna acción. Bien sea extender la mano para tomar un mango dulce o aspirar una línea de cocaína, la señal que envía la dopamina graba en el cerebro un mensaje potente: si haces eso te sentirás mejor. Es así como la repetición queda programada.
Mango o coca, ante el estímulo viene el deseo del consumo.
¿Por qué consumir algo que hace daño y no limitarse al mango? Porque el deseo enfermizo se salta los mecanismos de control y crea un círculo vicioso, literalmente. “Como si fuera una lengua materna que no se consigue olvidar”, escribe Klein en La fórmula de la felicidad: “La experiencia de la adicción modifica para siempre el funcionamiento de las neuronas”. Sucede así que el adicto no puede parar porque el circuito de la dopamina está permanentemente anticipando el estímulo que genere la recompensa.

Tengo un amigo que perdió mucho con los juegos de azar y las apuestas bursátiles y se define a sí mismo como un adicto en recuperación. Si bien ya no arriesga la camisa por un golpe de suerte, vive plenamente consciente de su debilidad. Para él, como para muchos otros, la auto-observación es un ejercicio cotidiano para evitar los estímulos que impulsan los circuitos del deseo, pero sobre todo, para identificar cuándo este circuito busca saltarse los mecanismos de control.

Un adicto, por lo general, suplanta una dependencia por otra, me ha contado, y su capacidad de elegir alguna que no sea nociva es parte de la terapia.
Entonces, ¿conoces a algún adicto? Ayudarlo a reconocer su adicción sin juzgarlo podría abrirle las puertas a un proceso de recuperación. Y recuerda que no juzgar es distinto a alcahuetear. Lo digo porque de un tiempo acá decidí, entre otras cosas, que no beberé ni un trago con un amigo alcohólico.

No porque no lo disfrute, sino porque al hacerlo le estoy enviando una señal equivocada y estoy poniendo en sus labios el estímulo que pide a gritos su cerebro. Yo sé muy bien que no puedo controlar sus circuitos de dopamina, pero al menos puedo mostrarle apoyo y compasión con un vaso de agua.

Ayudarlo a reconocer su adicción sin juzgarlo podría abrirle las puertas a un proceso de recuperación. Y recuerda que no juzgar es distinto a alcahuetear