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Regalo de Navidad

Regalo de Navidad

No les presto demasiada atención a las celebraciones y a duras penas compro tres regalos en el año

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Llegó diciembre y de nuevo mi esposa me invita a la cama, despliega el Excel en la pantalla y comienza a organizar la compra de regalos. Un temblor me comprueba que sufro una suerte de alergia ante el asunto. No es que sea un Grinch y desprecie la Navidad. Más bien soy lo que, según Facebook y la etiqueta tradicional representa, un mal amigo: no les presto demasiada atención a las celebraciones y a duras penas compro tres regalos en el año.

No es que sea tacaño (o quizás sí, inconscientemente) o que no les dé su merecida importancia a las relaciones. Es que simplemente se me olvidan las fechas (aunque la tecnología me roba cada vez más esa excusa) y no me siento cómodo con la compramanía que arrastra a todo el mundo en Navidad.

Además, tiemblo cada vez que Gabriela activa el Excel porque sé que llegó el momento de tomar decisiones. Sean vacaciones, menú del fin de semana o presupuestos de remodelación, todo pasa primero por las celdas de su software favorito.

—¿Qué les quieres regalar a las niñas? —Me pregunta.
—La verdad, no tengo idea —Le respondo.

Recuerdo una tarde de noviembre de hace casi 30 años. Al regresar del colegio vi un ponqué sobre el mostrador de la cocina y le comenté a mi madre: “¡Qué rico, me encantan tus tortas!”. Ella me vio con esos ojos que son puro amor y me dijo: “Es que me provocó comer una esta noche”.
Aquel era el día de su cumpleaños. De ello me enteré más tarde cuando mi hermana me dijo, como aún lo hace: “¿Ya felicitaste a mamá?”. Lo hice y le entregué una flor del jardín. Sí, una salida fácil y barata.

Mi hermana sabe cómo son las cosas. Ella es una santa que a estas alturas de la vida no espera mi llamada en su cumpleaños, pero debo decir en mi beneficio que los últimos dos años la he sorprendido gratamente. Gracias, iCal, por los favores recibidos.

Por mi parte, cuando llega mi cumpleaños agradezco inmensamente las felicitaciones de esos amigos y familiares maravillosos que lanzan un e-mail o un mensaje por FB sin esperar nada a cambio. Literalmente. Pueden pasar tres meses antes de que les envíe una respuesta. Claro que cada vez son menos los que me escriben y no los culpo. Igual los amo y los llevo en mi corazón.
¿Soy un caso perdido? Puede que sí. Aunque prefiero pensar que en realidad les doy importancia a otras cosas. Como un abrazo cualquier día del año o una conversa casual.

Sin embargo, eso no me exime de los regalitos de Navidad. Aun así, finjo locura y ofrezco mi cariño en vivo y directo (esto no funciona con mis hijas). A estas alturas del juego toda la familia sabe que si aparezco con un regalo fue porque lo compró Gabriela. Y, por supuesto, es perfecto para la ocasión.

—No te regalé nada para tu cumpleaños pasado, ¿cierto? —Le pregunto conociendo la respuesta.
—No —dice sin levantar los ojos del Excel—. Pero me gustaría que lo hicieras en estas Navidades.
—Tú sabes que yo les entrego mi amor todos los días de muchas maneras —Es lo único que se me ocurre decir para salvar el pellejo.
—Yo lo sé, pero podrías hacer un esfuercito para expresarlo envuelto en papel de regalo.