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Los cómplices del colegio

No solo los directores, docentes y personal administrativo son los responsables de hacer posible la vida escolar: también hay otros hilos invisibles que ponen un valioso granito de arena en esa misión. Ante este regreso a clases, tres de ellos cuentan los gajes y retos de colaborar en la formación de la próxima generación

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El chofer del transporte

"Te vas a reír, pero es verdad. Siempre dije que lo último que haría en mi vida sería manejar una carroza fúnebre o un transporte escolar". Desde hace 20 años, Oscar Morales se levanta de lunes a viernes a las 3:30 a. m. y sale de su casa a buscar el enorme autobús amarillo con el que cubre una de las rutas del Colegio Emil Friedman en Caracas. A las 5:50 a. m. empieza a recoger a aproximadamente 28 niños.

En la tarde los regresa a sus hogares y a las 5:00 devuelve al garaje su Blue Bird de 1979. "Empecé en esto porque me pareció un trabajo que me dejaba tiempo libre, ya que en esa época me casé y estaba estudiando.

Luego vi que no me alcanzaba el tiempo y me quedé manejando", comparte. "Trasladar a 28 niños te exige una ética y una responsabilidad muy grandes. La gente lo ve como solamente llevar y traer, pero hay que ser muy cuidadoso.

Que no se te quede nadie, manejar con cuidado, que ninguno se dé un golpe, quién los recibe y por qué esa persona y no otra, etc. En el autobús va una cuidadora que me ayuda, pero de todos modos el responsable es uno".

Sus pasajeros van desde preescolar hasta bachillerato. "Por dos horas al día se puede decir que uno es una especie de papá putativo, de abuelo, de hermano mayor. A veces a uno le toca escucharlos, darles un consejo y consolarlos un poco. En otras ocasiones tienes que saber cuándo imponerte para que se porten bien, pero también soy de los que canta con ellos de vez en cuando".

Revela que lo peor que le puede pasar a un conductor escolar es accidentarse, sobre todo al principio de una ruta. "Es lo peor de lo peor, porque aparte de que estás apurado tratando de resolver, tienes a 30 papás llamándote... De todos los transportistas, creo que somos los más subestimados porque los choferes de transporte público reciben subsidios o tienen cooperativas que los apoyan, pero para nosotros es más complicado. Si necesitas un repuesto o un caucho para este camastrón, te arruinas".

Morales conjura el estrés haciendo bonsáis, meditando y leyendo autores venezolanos. A pesar de los años, su debilidad siguen siendo los niños. Recuerda con especial cariño un día en el que todo le estaba saliendo mal; ante su ceño fruncido, una niña lo abrazó y le dijo: "Oscar, te quiero mucho". "Ahí me desarmó. Se me quitó la rabia", confiesa enternecido.

"Uno tiene que tener mucho cuidado con el lenguaje que usa o cómo se comporta, ya que ellos lo copian todo. Cuando se me atraviesa un motorizado me tengo que aguantar bastante", admite. "¿Sabes también qué te vuelve loco? Cuando los muchachos están aprendiendo a tocar violín y empiezan con ese riqui-riqui-riqui desafinado. ¡Dios mío!", confiesa con una "

"Hay niños que se sientan a llorar conmigo porque rasparon una materiao muchachos que están tristes porque terminaron con la novia"

La señora de la cantina

El primer día que vio aquella estampida hambrienta corriendo hacia el mostrador de su recién asumida cantina, se intimidó. "Aunque mis hijos estudiaban aquí en el colegio, había muchachos que no sabían quién era yo. Algunos me decían: 'Vamos a ver si pasas la prueba", relata con gracia Mireya García de Falcón, quien desde hace 8 años regenta una de las cantinas del Colegio San Agustín de El Marqués. Antes de esa tarea, preparaba comidas por encargo. Veía la cantina de bachillerato y suspiraba por ella, hasta que los dueños anteriores se retiraron y el colegio le permitió administrarla.

Desde entonces Mireyita, como allí la conocen, lleva las riendas con ímpetu y gallardía. "De un tiempo para acá hemos tenido problemas como todo el mundo con el asunto del abastecimiento y los precios, pero procuramos ingeniárnoslas y ofrecer opciones porque sabemos que un papá que tenga dos o tres niños estudiando no puede aguantar tanto gasto todos los días".

Su día de trabajo empieza a las 5:00 a. m. y termina a las 8:00 p. m. de lunes a viernes. También trabaja los sábados, pues en el plantel hay prácticas deportivas. "No me pesa estar aquí porque me fascina lo que hago.

Como estoy tan acostumbrada a este trote, cuando empiezan las vacaciones no sé qué pasa pero me enfermo. Es muy loco: si no me da una gripe, algo me duele, me siento mal. Mi hija dice que lo único que me falta es traerme la cama para acá", agrega risueña. Su esposo se encarga de las compras. Sus hijos la asisten, así como algunos de los amigos de estos.

Al mando de unas siete personas, el menú de su cantina ofrece empanadas, pizzas en cono, pastas, pollo a la plancha, sándwiches, un pasticho del que se enorgullece especialmente, milanesas, asado, nuggets caseros y unos palitos de queso que inventó para sustituir las papas fritas y resultaron un éxito. Los dulces también los prepara ella misma.

"En el momento del recreo, que es la locura, lo que necesitas es ser organizada y rápida porque nadie quiere esperar y todo el mundo quiere que le quede tiempo para conversar o jugar... Pero todo lo disfruto. Es muy bonito ver cómo mamás, a las que vi embarazadas, ya tienen niños que están en primaria, o muchachos que hace rato se graduaron y pasan a saludar".

La fanaticada de Mireyita también agradece ciertos privilegios, reservados a los más cercanos y de confianza. "A veces en las tardes los dejo entrar para que vean cómo es todo por dentro o ayudarme cinco minutos y para ellos es como si hubiesen ido a Disney. Es muy cómico cómo lo cuentan: '¡Mamá, vi la cantina por dentro y me dejaron vender una malta, fue lo máximoooo!'. Esa alegría de los muchachos se te pega".

"Como todo trabajo, tienes que hacerlo con cariño: cocinar con cariño, servir con cariño, tratar con cariño. Si no, nada te sale bien"

El señor que hace de todo

"Mire, señor Raúl, este es usted", le decían a coro unas vocecitas menudas. Raúl Antonio Borges, de 58 años de edad, fue retratado este 2015 en una pancarta del Día del Trabajador que dibujaron los alumnos del Alegre Despertar, el maternal y preescolar en el que trabaja desde hace 15 años y que recibe niños de entre 1 y 7 años de edad. "Me pintaron como una pelota con unos palitos, una sonrisa y una escoba", relata entre divertido y orgulloso.

Si se les pregunta a sus compañeros de trabajo cuál es su función exacta en el lugar, la respuesta es elocuente. "Él aquí es... todo". Comenzó como vigilante, luego fue personal de limpieza y ahora se ocupa de que literalmente todo esté impecable, ordenado y a punto: desde cuidar el jardín, pintar, reparar desperfectos y asear los salones hasta calentar los 250 almuerzos de los niños y organizar la entrada y salida de los pequeños al plantel. "Cuando uno llega a un sitio y lo tratan muy bien, como me tratan a mí aquí, se enamora de lo que hace".

Antes de laborar allí, trabajó doce años en otro colegio en La Trinidad. Vive en Petare; su jornada empieza a las 7:30 a. m. y termina a las 4:00 p. m. junto con dos señoras que lo asisten. Su popularidad se mide no solo por el saludo cariñoso de alumnos y docentes, sino por el respeto que le guardan. Asegura que, como conocen su labor, los pequeños lo ayudan a mantener la limpieza y el orden.

"Cuando entro al salón, se paran y me dicen good morning. En la calle, donde me ven, me gritan, así ya sean grandes y estudien en otro sitio. El otro día estaba haciendo mercado y escuché: '¡¡Señor Raúuuuuuul!!'. Si son chiquitos, si es la mamá la que los lleva al colegio y esa vez andan con el papá, me presentan. 'Mira, papi, este es el señor Raúl'... En la casa tengo cantidad de dibujos que me regalan y fotos que me toman con ellos todos los años. Creo que les caigo bien porque cuando son nuevos y se quedan llorando, uno es el primero que les dice que mami ya viene".

Su experiencia también le da licencia para ofrecerles un consejo ocasional a las nuevas docentes. "Como yo me llevo bien con todo el mundo, en lo que pueda procuro que ellas también: a veces uno se da cuenta de cuáles son los favoritos de la maestra y los demás no son bobos, ellos lo sienten. El truco para trabajar con niños es respetarlos: si tú los tratas con cariño, les hablas, los saludas y los respetas, te responden igual, pero si los ignoras, ellos tampoco te hacen caso. A las maestras nuevas les digo que no se enamoren de uno solo. Que los traten a todos por igual porque siempre es más bonito que, en vez de uno, te abracen todos".