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El complejo arte de criar

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El complejo arte de criar

Dicen que hay tantas formas de crianza como madres, ya que es una mezcla de lo recibido en el propio desarrollo y lo adquirido en el camino. Los estudiosos del comportamiento humano definen algunas tendencias y consideran ideal aquella que abarca un sano equilibrio entre amor y límites. Sin ánimos de ofrecer fórmulas mágicas, tres especialistas comparten aquí algunas premisas

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Acompañar es el verbo que más emplean quienes hablan de una forma de crianza alternativa a la autoritaria, que es la más tradicional. También usan educar, contener y escuchar, y dejan de lado castigar, imponer o ignorar. "La crianza tradicional, hegemónica, es la que se ha impartido en todo el mundo, al margen de la cultura y la religión, en la que el adulto, como superior, impone al niño, tratado como ser inferior, una manera de entender y relacionarse con el mundo que ya está establecida", explica Berna Iskandar, especialista en divulgación de temas de crianza y conductora del programa radial Conoce mi mundo en 97.3 FM, dedicado a temas de maternidad y paternidad.

"En este estilo autoritario, a los niños se les dan órdenes en vez de explicaciones, se descalifican sus necesidades tildándolos de caprichosos si lloran o no desean hacer algo. Es un modo que se ha heredado y transmitido prácticamente sin cuestionarlo".

Pero las cosas han cambiado. Son cada vez más las madres y padres, maestros, pediatras y pedagogos que se suman a una aproximación más empática con los más pequeños. "Se trata de una maternidad y paternidad consciente, en que las cosas se hacen desde la reflexión.

Como padres venimos con nuestra propia historia y con unos patrones. Si asumimos nuestro rol desde `el piloto automático’ es posible que repitamos conductas con las que no estamos de acuerdo. Es tomar conciencia de cómo estamos respondiendo ante las situaciones y cómo podemos hacerlo mejor", recalca Maike Lara, que junto a Vanesa Anderson dirige Café para mamás, una iniciativa web, de talleres y encuentros para compartir experiencias y adquirir habilidades en el papel de padres. Ambas invitan a recordar que mucho de lo que los pequeños manifiestan es reflejo o respuesta a las reacciones de los padres.

Sin embargo, esto no quiere decir pasar de un extremo a otro. "No significa malcriar.

Al contrario, atender a las necesidades de nuestros hijos --como abrazarlos o cargarlos cuando lloran en la cuna o no se pueden dormir--es bien criarlos", recalca Iskandar, para diferenciar la crianza que se ha descrito como respetuosa o con apego, de un estilo tan poco recomendado como el autoritario: el negligente. "Si bien en el estilo de crianza restrictivo, punitivo, directivo o autoritario, hay un control excesivo que puede llevar a los niños a convertirse en seres rebeldes, vengativos o sumisos y temerosos, en el otro extremo se encuentra el estilo excesivamente permisivo, `el dejar hacer’, que puede ser una crianza cómoda, pero que a la larga tiene un alto costo, pues la falta de estructura trae la anarquía, el irrespeto y, en muchos casos, conductas delictivas, ya que se busca la atención por parte de los padres de cualquier manera", explica Ana Matilde Catalá, educadora, investigadora y docente de la Universidad Metropolitana.


Equilibrio y paciencia
Si los tiempos han cambiado y está comprobado que el "sin derecho a pataleo" o "haz lo que tú quieras" no conduce a mejores ni más felices seres humanos, la pregunta siguiente es cómo hacer para no caer --o vivir-- en los extremos. Los expertos en la materia hablan de algo tan sencillo que a veces da miedo: escuchar al instinto. Ante las presiones familiares y sociales --abuelas, tías, maestras, otras madres-- que en ocasiones agobian a la mayoría de las mamás, tanto en asuntos de disciplina como de desarrollo (¿y todavía no habla?, ¿y no ha dejado el pañal?), quienes se han especializado en la crianza hablan de aplicar una premisa básica: "No le hagas a tu hijo lo que no te gustaría que te hicieran a ti", explica Lara.

"En nuestros talleres ponemos un ejemplo sencillo a las mamás: ¿cómo te sentirías si cuando estás alterada reclamando o discutiendo algo con tu pareja, te enviaran a tu cuarto o te ignoraran? Si no pensamos en cómo se sienten nuestros hijos y a la vez en cómo nos sentimos, corremos el riesgo de enviar el mensaje equivocado, por ejemplo: `cuando te portas mal, mamá no te quiere".

"Con el castigo puedes tener un resultado a corto plazo, pero probablemente esa conducta que quieres cambiar se repita.

El castigo tanto físico como psicológico siempre humilla", subraya Iskandar, quien asegura que además de generar sentimientos de venganza y rebeldía, el mensaje que se le está dando al niño es que la persona a quien más ama y que más le ama, le puede hacer daño. "Y eso duele mucho. ¿Qué herramienta le estamos ofreciendo? Que las diferencias se resuelven con violencia y que cualquiera que sea superior puede abusar de su integridad. De esta forma estamos multiplicando la violencia".

La coherencia es esencial: no se puede dar un manotazo para enseñar que no hay que dar manotazos, ni gritar para exigir que moderen su tono de voz. "Esto no quiere decir que las acciones no tienen consecuencias, pero deben tratarse de consecuencias lógicas", aclara Catalá. "Si el niño no quiere comer, pues la consecuencia lógica será que en algún momento tendrá hambre: y allí le ofreceremos comida nuevamente, no chucherías", dice a modo de ejemplo.

"Con el castigo no hay respuesta ni aprendizaje.

Como padres queremos que logren una autorregulación, no que obedezcan por miedo, porque eso no los hace independientes", dice quien insiste en la importancia de la estructura y las rutinas en todas las etapas de la vida. "Todos necesitamos horarios, normas y hábitos. La incertidumbre crea anarquía y ansiedad", explica, aclarando la importancia de tomar en cuenta la edad del niño y su desarrollo y, por tanto, su capacidad de responder a lo que se le pretende exigir. Tanto en términos de disciplina como en sus ritmos para hablar, caminar, controlar sus esfínteres o dormir solos.


Un modelo propio
"La crianza no es dos más dos, cada familia es única y cada niño también", recalca Catalá. "Por eso es importante que las mamás se escuchen a sí mismas, a su corazón, y también que se apoyen en grupos.

Sin presión y sin castigos se puede lograr, pero cada familia a su ritmo, y cuando hay más de un hijo, debe responderse a cada uno de acuerdo con sus necesidades", indica Lara, que considera que las situaciones que se dan entre padres e hijos deben verse como oportunidades para aprender y crecer.

"En mis talleres siempre les digo a las mamás que no vienen a aprender, sino a desaprender, que ya es bastante", dice Iskandar acerca de la disposición que debe tenerse a romper ciertos paradigmas si se desea una crianza respetuosa, sin por ello dejar de conservar los valores y principios que cada familia posea. "Se trata de comprender la naturaleza evolutiva del niño, saber cuáles son sus necesidades y desde esa visión particular ir acompañándolo sin violar sus derechos. La crianza respetuosa es una disciplina humanizada, no punitiva. No necesitamos pegar, gritar o castigar. Hay alternativas para establecer límites, pues hay algunos que son flexibles y otros que sencillamente no se pueden negociar", afirma para hacer referencia a aquellas acciones que puedan poner en riesgo la integridad física del niño o de otros. "No es negociable cruzar la calle sin ir tomado de la mano de mamá, y en el momento, como mamá debo impedírselo, pero no necesito insultarlo o castigarlo, sino explicarle el porqué del peligro. Podemos ser firmes y, al mismo tiempo, amables". Por eso, quienes apuestan por esta alternativa, invitan a las madres a escucharse y a escuchar a sus hijos, a reflexionar, mas también a buscar información, pues la mayoría han sido criados bajo modelos autoritarios, y romper esquemas no es tarea fácil. "También es importante reconocer nuestros errores como madres. Somos de carne y hueso, y lo hacemos por amor, lo mejor que podemos", reconoce Catalá. "Dicen que los padres debemos dejar en nuestros hijos dos legados: raíces y alas. Raíces para que tengan sentido de pertenencia, que sepan que son amados incondicionalmente y que siempre vamos a estar allí para ellos. Y alas, para que tengan seguridad en sí mismos, que sean autónomos y puedan emprender su propio vuelo".