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El cielo es líquido

Para obtener el pigmento, la planta pasa por varios procesos de fermentación, batido y cocción/ Cortesía Nelsón Garrido

Para obtener el pigmento, la planta pasa por varios procesos de fermentación, batido y cocción/ Cortesía Nelsón Garrido

María Eugenia Dávila y Eduardo Portillo, artesanos textiles del célebre Taller Morera, presentan en Trasnocho Cultural el producto de diez años de investigación sobre el añil. Aquí cuentan cómo se empaparon en los caprichos de esta planta para plasmar en tapices la inmensidad del firmamento andino

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Bastó un vistazo a un libro sobre el añil para que la idea les impregnara la mente con un azul indeleble hace diez años. María Eugenia Dávila y Eduardo Portillo –los artífices de Taller Morera, ese reducto de la artesanía merideña donde la seda natural se entreteje con la lana y el moriche– se entusiasmaron enseguida con entender los misterios de este arbusto que todo lo pinta de celeste.

“Con las pieles de la cebolla puedes obtener amarillo y con la cochinilla puedes teñir de rojo, pero obtener el azul que ofrece el añil –al que también se le llama índigo- es un proceso muy complejo. Hay muchos factores que influyen en el resultado final”, explica Dávila.

“Está el tipo de planta, las características del agua, el clima del lugar, la receta que se escoja para preparar el tinte, el tipo elegido de fibras para teñir y así sucesivamente. De allí que la tinción con añil natural haya quedado poco a poco como un proceso artesanal”, señala. Sin embargo, ambos destacan que el añil no es una novedad en Venezuela.

“Antes del boom del cacao y el café, ya lo exportábamos a Europa en el siglo XVIII, donde se usaba para teñir telas de trajes y uniformes militares”, indica Portillo. El pigmento que se extrae de esta planta produce un azul vivo y duradero: “y de tu añil la tinta generosa / émula es de la lumbre del zafiro”, la ensalzaba Andrés Bello en su Silva a la agricultura de la zona tórrida en 1826.

Un rescate azul

La pasta de añil natural fue cayendo en desuso cuando a finales del siglo XIX el químico alemán Adolf von Baeyer desarrolló el añil sintético. “Hasta el sol de hoy, ése es el que se usa industrialmente en la tinción de telas como las de los bluyines”, explica Portillo. “Aquí hubo tradición de usar añil natural para las cobijas de lana, pero con el tiempo se fue perdiendo.

Fuimos descubriendo que era un proceso complicado y comenzamos a estudiarlo. Hablamos con mucha gente y visitamos países asiáticos con mucha tradición en estas técnicas para aprender”. Ambos señalan que hay zonas de Venezuela en las que aún se consigue añil en estado silvestre. “Pero mucha gente no sabe que está ahí. Si uno no sabe identificarlo, parece un monte cualquiera”, acota Dávila.

Para obtener el pigmento, la planta pasa por varios procesos de fermentación, batido y cocción. “Del añil se obtiene un líquido que no es azul, es más bien ambarino. Lo mágico es que cuando bañas algo con él, ese color ámbar primero se vuelve verde y después se convierte en azul porque se oxida”, explica Dávila.

De allí que en la antigüedad el índigo y también el púrpura –que se extrae de caracoles marinos– fueran asociados con un halo místico de transformación, pues cambian de color al contacto con el aire. Una vez que se empapan las manos en añil, el color permanece sobre la piel por varios días.

Firmamento entretejido

Dispuestos a probar por su cuenta, Portillo y Dávila consiguieron sus propias semillas de añil y las sembraron en distintas zonas. Luego de incontables experimentos e inmersiones comenzaron a conseguir los resultados que esperaban. “Para lograr la intensidad de índigo que uno busque, debe sumergir la tela varias veces, porque es un pigmento que va tiñendo por capas. Por eso un bluyín siempre es bello aunque se esté decolorando por el uso, porque a pesar de que con el tiempo va perdiendo las capas superficiales del color, siguen quedando las de abajo”, explica Dávila. “Ésa es una de las grandes bondades del índigo. No suele pasar lo mismo con un pantalón negro o de cualquier otro color, que se va destiñendo con menos gracia al lavarlo”.

Fue así como Dávila y Portillo consagraron buena parte de sus esfuerzos a perfeccionar su dominio del añil. En 2006 presentaron una de sus piezas textiles en la Exposición Internacional Monográfica sobre el Índigo en Manchester (Inglaterra), un tapiz que mezclaba hebras de seda y moriche teñidas con un añil propio.

En 2008, su propuesta azulada también fue bien acogida en el Museo Textil de Washington, rodeada por obras de estrellas de la artesanía textil de todo el mundo. Animados por sus progresos, este año emprendieron un proyecto que conjuga ingenuidad y sofisticación. Produjeron una serie de tapices teñidos con añil, titulada Azul índigo, que combina su interés artístico y su entusiasmo científico.

“El azul es algo que en la naturaleza uno aprecia en el cielo, en el mar, incluso en el color que pareciera que adoptan las montañas cuando las ves a cierta distancia”, explica Dávila. “A efectos de quienes vivimos en Mérida, el cielo es nuestra referencia de azul natural más familiar porque no tenemos cerca el mar. Por eso estas obras son nuestra manera de representar el cielo andino a distintas horas; cómo va cambiando y combinándose con otros colores como ocres o dorados”. Junto con su manejo del color, también debieron seleccionar las mejores urdimbres.

“Con lo aprendido en estos diez años de estudios sobre el índigo y de la experiencia con diferentes fibras y tejidos, buscamos reflejar de una manera no figurativa lo que percibimos en el firmamento al amanecer, a mediodía, al atardecer o en las noches estrelladas”, indica Portillo. “Son obras abstractas. Más que representar figuras tangibles, nuestra propuesta es tratar de transmitir esas emociones y sensaciones que se experimentan en la observación del cielo de Mérida con construcciones pictóricas del espacio”.

Este conjunto de obras textiles se exhibe actualmente en Trasnocho Cultural. Todas las piezas están a la venta, así como una selección adicional de chales, bufandas y otras prendas teñidas con este pigmento que ahora dominan con maestría. Sus creadores también están considerando llevar algunas de estas obras celestes a Perú y Japón. “Parte de nuestra intención es retomar todas estas técnicas y referencias históricas y desarrollarlas al máximo para interpretar nuestro entorno”, aseguran. “Creemos en ofrecer un discurso propio con buena onda”.  

Sin medias tintas

Nada de lo que sale del  taller textil de María Eugenia Dávila y Eduardo Portillo es producto del azar. Su incansable curiosidad por aprender e innovar ha hecho que cada urdimbre derive de un proceso meticuloso –mitad romántico, mitad científico– para concebir un resultado totalmente propio. Es esa su impronta: una vez que los seduce el filón interesante de algún proceso textil, el enamoramiento es tan intenso que difícilmente se descarrilarán hasta dominarlo y adaptarlo a su estilo.

Es así como sus famosos chales de seda no salen de una madeja importada, sino de una producción propia de gusanos cuidadosamente escogidos y de hebras que se tejerán luego en telares hechos a medida. Hilos teñidos con pigmentos naturales preparados en casa; fibras locales mezcladas con otras que han ido a estudiar del otro lado del planeta. Una creación abnegada de principio a fin.