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La chica tras los musicales

Claudia Salazar ha estado al frente de los equipos de La novicia rebelde y Godspell, quiere hacer musicales el resto de su vida y sueña con una versión nacional de Los miserables, la obra que decidió su vocación. Sus proyectos incluyen una escuela para formar talento en el género en el que la gente habla cantando

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Gente de teatro. ¿Gente impuntual? Gente que parece haberse retratado en una adolescencia perpetua, con la emoción siempre en la epidermis, que reparte abrazos como el que reparte chupichupis en un maratón. Hay un chico con una chaqueta que lleva un ichtus (símbolo cristiano del pez) que toca una trompeta, otro que chupa una chupeta, otro en shorts y zapatos de vestir sin medias y otro con pantalones naranja: gente de teatro, aliados de la noche.

Un chorro de agua se precipita del techo: efectos especiales a lo Spielberg. El director zapatea. Exige desalojar el escenario: lo abandona furioso y da zancadas entre las butacas. Un carpintero taladra: la productora a su lado, cruzada de brazos.

La productora admite que debería tomarse un Atamel. Exige unos tirantes más gruesos para el chico de los shorts, teclea en el teléfono, cuadra una entrevista en Globovisión y saca marroncitos de 100 bolívares de una cajita para gastos de última hora. Afortunadamente, tiene al lado la típica chica buena para todo, la asistente pararrayos a la que en este caso apodan Titi. La productora está destruida y ojerosa, pero su magnetismo se conserva intacto.

Días antes del primer ensayo general de Godspell  ante la prensa, casi tan importante como el estreno con público, todo parece al borde del desastre y nada indica que se empezará a la hora pautada. Pero los 13 actores y el director se agrupan en un círculo para murmurar una oración laica, como un equipo deportivo, con la diferencia de que rompen filas no con un grito sino con una magnífica nota en alto.

Y se echa a andar la magia. Jesús y sus apóstoles unisex cantan “¡Oh, Dios, salva a tu pueblo!” y es como si un manotazo celestial les enderezara las notas. Que venga el que tenga que venir: la obra fluye como engrasada con el óleo de los catecúmenos. La productora sonríe, radiante. El resultado no le extraña porque ha trabajado a lo largo de un año para la multiplicación de los panes y los peces. Cristo hizo lo que tenía que hacer a los 33, pero Claudia Salazar Gómez, con 27, ha producido dos musicales, el último completamente sola.

Miedo escénico. Se recuerda interpretando a un pescadito en Alicia en el país de las maravillas en la escuela Campo Alegre de Las Mercedes: así descubrió algo llamado teatro. “Fui expuesta desde muy joven y me apasionó desde el día uno. Pero como actriz, me moría de vergüenza. Le tengo miedo a la escena. Hoy, hasta cuando me toca saludar al final de la obra, voy temblando. Estudié en un colegio donde se valoraba la formación creativa y allí tuve la primera noción de que, aunque hay unos actores a los que todo el mundo ve, alguien los puso ahí y alguien escogió la obra”, rememora quien se podría presentar con un “yo soy baruteña” como el de la campaña institucional de la alcaldía mirandina.

Otro viaje de colegio, esta vez a Nueva York, la colocó ante un montaje de Los miserables en Broadway: “Fue una cosa física. Lloré, reí, me ericé. No fui la misma persona. Mi vida cambió. Hacer Los miserables en este país es una de las grandes metas de mi vida. Y quiero hacer musicales el resto de mi vida”, sentencia quien prefirió hacer voto de castidad y aguardar el estreno en cines de la reciente versión cinematográfica protagonizada por su actor internacional más admirado, el australiano Hugh Jackman, pues no quiso empequeñecer la experiencia en un DVD pirata.

Trabaja desde los 15 años, vive sola desde los 19, produjo La novicia rebelde a los 25 y hace apenas unas semanas constituyó su propia empresa (Clas), en la que sólo la acompaña como socia su mamá, una profesional de la docencia: “Soy demasiado independiente y autosuficiente, lo que a veces no es tan bueno. En mis musicales, no me gusta que nada se me escape de las manos. Me meto en todo, y absolutamente toda la información artística y económica del musical está en mi cabeza.  Los riesgos los tengo que tomar ahora, cuando ni estoy casada ni soy mamá.

Mi juventud es la que me permite no dormir u olvidarme de comer antes de un estreno”, destila su filosofía de totalitarismo creativo la comunicadora social egresada de la UCAB en 2008, ante la que el destino se empezó a doblegar cuando una compañera de la universidad la recomendó para asistente en la productora Palo de Agua.
En las hoy desbandadas filas pluviosas se inició en el teatro profesional con Los productores, El violinista sobre el tejado y Jesucristo Superestrella, antes de atreverse como cabeza de equipo con La novicia rebelde: “Esa fue mi verdadera universidad, mi postgrado, mi master y mi PHD, porque manejé un equipo de más de 100 personas, incluida una orquesta.

El respeto me lo he ganado no con carácter, sino con resultados: soy blandita, pero me hacen caso porque me agarran cariño. Antes de hablar, sonrío. Ser mujer y ser tan joven, en realidad, está a mi favor: la mayoría de los técnicos son hombres y una puede salirse más con la suya, pero primero tienen que verme trabajar antes de confiar. Quizás por eso no tengo novio: una mujer empresaria asusta, y para mí es bueno, porque alejaré a los hombres que no me convienen. Si un actor se llega a enamorar de mí, seré su jefa.

Pero para el que se quiera arriesgar, claro que quiero casarme y tener hijos”, publica su clasificado del corazón.

Mercaderes del templo
En un ensayo previo de Godspell, manda al camerino a los jóvenes actores en rebeldía (“la edad va de 18 años a Coquito”, dice en alusión al nombre más conocido del reparto), como quien despacha párvulos al recreo, porque los técnicos están montando los efectos de luces y es peligroso que ellos anden por ahí deslizándose en la rampa: “¡Que no anden por aquí, odio las clínicas! ¡Y por favor, pasen las facturas!”, pega un grito al séquito de asistentes.

Cuando viajó a Nueva York para negociar los derechos de Godspell, la obra de Stephen Schwartz de 1971 que es la favorita de toda la vida de su mamá, le preguntaron: “¿Pero qué edad tienes tú?” Claudia dice que alguien formado como productor en Broadway sería incapaz de trabajar en la realidad venezolana, pero si montó La novicia en el Teresa Carreño cree que podría hacer cualquier cosa en cualquier parte del mundo: “En Broadway tú dices: ‘Necesito vestuario’ y hay un fashon district.

En Caracas tienes que recorrer el centro para buscar una tela, y si te faltaron 50 centímetros, quizás mañana ya no la tendrán”, fataliza la hija única que despacha desde una oficina de un sótano en Prados del Este que le cedió su abuela: “Aquí metíamos 30 personas para los ensayos de La novicia y gracias a Dios los vecinos no nos botaron”, sonríe.

“Después de La novicia, una obra relativamente sencilla como Godspell era un tiro al piso, un gustico que me estoy dando, como homenaje a los valores que aprendí de mi mamá. Siento que mi responsabilidad es ayudar a la educación de mi país y ofrecer entretenimiento inteligente, y Godspell tiene un mensaje de unión que me parece pertinente. Luego de un casting con 300 actores de los que escogimos a los 13 de Godspell, tuve que esperar casi un año y dar receso al equipo porque no había espacio para montar la obra, hasta que surgió la posibilidad de una temporada en el nuevo Teatro de Chacao.

Si pudiera, expulsaría a los mercaderes del templo. “El dinero es el enemigo número uno del ser humano, enferma a la gente”, filosofa Salazar. “Es una de las razones por las que prefiero trabajar sola. Es lo más difícil. Es horrible hablar de dinero con un actor, y lo más feo es tener que decirle: no te puedo pagar tanto, pero esta obra le puede dar proyección a tu carrera. No hago esto por dinero, pero todos queremos comer y vivir de esto. Quisiera decirles a los espectadores venezolanos que, así como pagamos 2.000 bolívares para un concierto de una figura internacional, también deberíamos pagar lo justo por un musical. Godspell lo sacamos con las uñas”. Si Cristo viene, ya sabemos a quién se buscará para producir milagros.  

YO, CLAUDIA
Este mismo año planea arrancar con los cursos cortos de una idea que acaricia: una escuela para formar talento integral para musicales en Venezuela. También está involucrada en la reforma del pensum en Comunicación Social de la UCAB para incluir una cátedra de Producción de Espectáculos y en un proyecto de recuperación del teatro La Campiña: “No sueño con montar un espectáculo en Broadway. Mi visión de vida es crear espacios en Venezuela que se vayan convirtiendo en centros culturales y de regeneración urbana. Estoy segura de que estoy poniendo un granito de arena para algo que será grandioso”.

EL LADO FEMENINO
“Como productora, ante mi equipo tengo que tener cara de que todo está bien. El físico es lo primero que se ve. El día de estreno tengo que estar de peluquería y maquillada. Mi mamá me compró el vestido para la primera función de Godspell, es un regalo que una se da”.   

Canciones que se le pegan
“Mis amigos se burlan porque tengo el carro lleno de CD de musicales, ni siquiera los paso al iPod. Trato de ahorrar para ir a ver un musical afuera una vez al año y siempre se me pega lo que yo llamo el tema del verano. Por ejemplo, ‘Defying Gravity’ del musical Wicked (2003), que para mí es un himno porque habla del desafío de obstáculos como modo de vida”.  

Supersticiones
“He ido a mis propias funciones vestida de amarillo, que aterra a la gente de teatro, y nunca pasó nada”.

Mercurio retrógrado
“No tengo tiempo para pensar en eso. Si todo el equipo quiere que triunfe un musical, lo haremos desafiando a los planetas”.

La última función
“No te quieres perder un minuto. Pasas toda la obra fijando tus momentos favoritos. Y siempre lloras, siempre. Es como si te quitaran un hijo. Es raro porque nunca sabes realmente si será la última vez, quizás venga otro ciclo de funciones. Pero es chévere vivirlo con esa sensación de precariedad”.  

Un musical de Disney
“En el West End de Londres vi La Bella y la Bestia con platos y cucharas gigantes, una cosa bellísima. De Disney todo merece ser puesto en escena y por ahí viene un proyectico relacionado con eso”.


Habla Coquito
“Claudia es un mujerón. No tiene 30 años y ya monta espectáculos de la envergadura de La novicia rebelde y Godspell. Tenemos encontronazos porque los dos somos medio atravesados de carácter, pero no pasa de un sacudón. Ella es una muchacha grande y yo también soy muchacho grande: cuando nos reímos, nos reímos. Si le ves la cara cada vez que estamos ensayando, esa sonrisa es un poema”.

El cuestionario
¿Qué es un productor?
“Un agente de soluciones y no de problemas. Cuando se necesita una respuesta, todo el mundo voltea hacia ti”.

¿Un director y un productor siempre pelean?
“Hay un roce natural. El director es una mente creativa que no se pone límites, y a veces me toca bajarle a esa creatividad para que las cosas sean posibles”.

¿Le fastidia que todo el mundo le pregunte por la serie Glee?
“No veo Glee todos los días, pero es un esfuerzo que se aplaude porque generó un fenómeno y sirve para que los chamos se interesen. Muchos actores vendrán al musical vía Glee”.

¿Qué actor venezolano le sorprendió más en un musical?
“Mariaca Semprún. Siempre supe que era buena, pero igual me sorprendió en cada función de La novicia rebelde”.

¿Hay que hacerse “pana” del técnico más humilde?
“Es así en el teatro y en la vida. Para que una obra camine, tienen que estar felices los vigilantes y la señora que limpia el camerino”.

¿Qué es más difícil: un actor que cante o un cantante que actúe?
“A un cantante se le suele dar más fácil lo de actuar que al revés. Pero todo el que tenga un talento puede estar en un musical. Un musical necesita buenos actores que no sean los mejores cantantes del mundo, pero que hayan educado su instrumento”.
Si viviéramos la vida como un musical…
“Sería maravillosa”.

¿Qué aprende un productor en la obra Los productores?
“¡Nada! Es un musical sobre lo que un productor no debe ser: un fraude”.

¿Baja el estrés luego del estreno?
“¡No! Como productora me queda la responsabilidad de que se llene la sala hasta la última función. Aunque el lunes después de Godspell me permití el regalo de comer sushi”.

¿Cuánto de caos debe permitir?
“El actor trabaja mucho con su ego: son caóticos, eufóricos, bulliciosos, les gusta llamar la atención. A veces hay que decirles: ya va. Pero si no fuesen como son, dejaría de ser divertido”.