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El año dorado de Sócrates Serrano

El año dorado de Sócrates Serrano

El año dorado de Sócrates Serrano

En febrero se ganó una fracción del primer premio Goya para Venezuela. Reconoce que tuvo “un año fantástico” que le permitió desarrollar trabajos complejos y contrastantes en cine y teatro. Sócrates Serrano, psicólogo y actor, revela de qué están hechos sus personajes

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"Según el protocolo, solo pueden subirse al escenario tres personas, pero Miguel (Ferrari) dijo que si ganamos nos montemos todos. Cuando falten dos categorías para la nuestra, vamos a bajar hasta ese primer pasillo donde están los de seguridad y nos quedamos por ahí. Si ganamos, vemos cómo nos montamos. Si perdemos, nos devolvemos dignos y decimos que fuimos al baño”. El plan insurgente de Sócrates Serrano y Daniela Alvarado, urdido desde la penúltima fila del Centro de Congresos Príncipe Felipe de Madrid, responde una pregunta sencilla: ¿puede un equipo de vigilantes españoles contener a un tropel exultante de venezolanos que acaban de ganarse su primer Goya como mejor película iberoamericana? No. Ni clonándose. “Cuando nos prohibieron bajar, grité que corriéramos por el otro lado”, cuenta Serrano. “El público de la Academia aplaudía con cara de sorpresa viendo a ese gentío que se subió en un dos por tres (risas). Fue muy loco estar ahí arriba y ver que actores como Antonio Banderas y Javier Bardem nos sonreían. Fue un momento bien surrealista y de mucha felicidad, de mucho orgullo”.

Así empezaba 2014 para el actor de Azul y no tan rosa. Aún recibe elogios en la calle por su interpretación de Fabrizio, la pareja del protagonista. Nunca pensó que la gente fuera a sentirse tan conmovida por él, pues su intervención es bastante breve. “Es un personaje noble, encantador, un médico homosexual que en esencia representa a un príncipe azul. Con el tiempo entendí que para muchos es una especie de mártir, una persona con un sueño que se truncó como producto de la intolerancia”. Quienes buscaban ver en vivo a ese rostro entrañable en las funciones de Los hombres no mienten —obra teatral en la que Serrano interpretaba a un tipo infiel— no lo encontraron. Lo mismo ocurrió meses después al encarnar sobre las tablas al tormentoso Roman Raskolnikov de Crimen y castigo, papel para el que adelgazó seis kilos. “A mucha gente le costaba entender que el mismo actor podía hacer esos personajes, y sentir que se marcó esa diferencia fue muy valioso para mí, incluso dentro del propio medio. Creo que les ayudó a ver también a otros compañeros y directores que puedo ser más que el tipo bueno o con cara bonita que solo debería hacer de médico o empresario”.

Este año participó como actor y productor en De mutuo desacuerdo, una comedia dirigida por Miguel Ferrari en la que hizo pareja con Ana María Simón y que volverá a presentarse en Trasnocho Cultural entre enero y mayo de 2015. También hizo su primera protagonización en cine en El show de Willi, un largometraje en el que recrea a un animador de televisión que imita varios personajes latinoamericanos. “Es uno de esos papeles que son el sueño de cualquier actor, un reto increíble porque implica varias caracterizaciones dentro de otra caracterización”, comparte emocionado. Acaba de participar en el cortometraje TV doméstica. Allí da vida al Sr. Sonderbar, el padre de una familia del futuro que vive alienada por la televisión. “Me gustan los personajes que tienen contenido, que viven una curva dramática en la que tienen que transformarse”.

 

El análisis tras la máscara. Serrano goza de un juego privilegiado de herramientas para convertirse en otros. Es psicólogo. “Comencé a estudiar la carrera al mismo tiempo que estudiaba actuación”. Tras formarse en el Grupo Actoral 80, en el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral y en el grupo Arca71, tuvo que tomar una pausa forzosa tras la muerte de su padre para apuntalar el sustento familiar. “Yo quería dedicarme a la psicología clínica, pero la industrial fue la que me permitió resolver en ese momento”. Fue así como se dedicó por 15 años a la gestión de recursos humanos y creó una empresa propia en el ramo. En el camino hizo una especialización en psicodrama que le permitió mantener el vínculo con la actuación. Fue hace cinco años cuando se animó a regresar al medio artístico.  “Una profesora del Actors Studio me dijo que ese periodo que estuve dedicado a otras cosas no fue tiempo perdido. La vida y la edad lo ayudan a uno a abordar los personajes con otra mirada. Ahora que estoy en el piso 4 tengo más experiencias y recursos que puedo aprovechar, pero quiero seguir estudiando. Me siento orgulloso de haber retomado esto porque es mi pasión. Ya no hay retorno”.

Sueña con interpretar en una telenovela a un villano complejo, que rompa el molde. Trabajar con las emociones tanto desde el análisis como desde la dramatización implica el reto perenne de aprender a entrar  y salir de sus personajes, sin racionalizarlos tanto como para extinguir su emoción. Para prevenirlo, se concentra. Recientemente, tuvo que transmitir lo que pasa cuando un hogar se desequilibra.  “Para conectarme con eso me acordé de la muerte de mi papá y de lo mucho que me gustaría volver a darle un abrazo enorme, infinito. Con esa nostalgia repetí la escena varias veces, pero luego la tristeza se me quedó ahí un rato. Ahí es cuando te toca tomar conciencia de que, aun cuando esa añoranza siempre te va a acompañar, no hay que darle espacio para que te arrope”.

El año que viene se le verá en la pantalla grande en Todo por la taquilla, una comedia de Héctor Puche sobre cuatro amigos que se proponen recaudar fondos para rodar el primer western venezolano en el páramo. “La gente necesita espacios para hacer catarsis; por eso, es importante que tengamos películas de todo tipo. Necesitamos también cintas que no sean autocomplacientes, que nos permitan criticarnos, vernos las costuras”, reflexiona. ¿Cuál es su opinión profesional sobre nuestro estado mental como país? “Es una impresión muy personal, pero nuestro gran problema es que estamos peleados con nosotros mismos. No nos reconocemos. No sé cuánto tiempo nos tome recuperarnos de ese conflicto de identidad, pero va a ocurrir. Nos toca empezar por nosotros. Hacer pequeños ejercicios de empatía, esforzarnos en entender al otro, ver cuál es nuestro propio tornillo flojo. A mí me han dicho que soy idealista porque creo que tenemos remedio. Es verdad que en este país hay que trabajar el triple de lo normal para conseguir lo que uno quiere, pero yo no le temo al trabajo.”

Sin libreto

¿Qué hacen sus padres? Mi papá era periodista. Mi mamá fue comerciante y ahora hace voluntariado social. Es cinta negra en karate, 2° dan.

¿Número de hermanos? Tengo tres hermanas mayores. Somos cuatro. Yo soy el menor.

¿Un talento oculto? Tal vez podría cantar. Siento que no lo hago bien, pero antes de actuar me gusta calentar la voz y hay gente que dice que tengo potencial.

¿Un consejo para una persona que está buscando trabajo? Explorar el contexto de ese cargo, ver si combina con sus habilidades e intereses y ser auténtico. El riesgo de no hacerlo es conseguir un empleo en el que uno no va a sentirse cómodo.

¿Nombre completo según su cédula? Sócrates Aristóteles Serrano Díaz (risas). Mi papá estaba medio loco y quería que tuviéramos nombres que no se pudieran alterar, aunque no funcionó. Tuve todos los diminutivos posibles, pero logré esconder el Aristóteles hasta mi graduación.

¿El halago más extraño que ha recibido? Hace poco tumbé sin querer unas cosas durante un rodaje y cuando me puse a recogerlas me dijeron: “¿Cómo puedes ser tan amable?”. Me puse rojo porque no entendí. Eso me pasa seguido. Es como si la amabilidad hubiera pasado de moda.