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Al mirar el firmamento en una noche estrellada es difícil no sentir asombro ante la enormidad del cosmos y lo ínfimo de nuestra existencia. Tanto espacio y cuerpos de luz titilando, y ahora sabemos que apenas observamos una mínima fracción del universo. Un cambio de mentalidad, sin duda, comparado con nuestros ancestros que pensaban habitar el centro de todo cuanto existía, y para rematar, ese todo giraba a nuestro alrededor.

No es de extrañar que pensaran de esa manera. Sus sentidos parecían corroborar sus creencias, y a la vez, sus creencias eran validadas por las limitaciones de sus sentidos. ¿Cómo imaginar la danza de las galaxias o los agujeros negros si no tenían forma de observarlos? En aquel entonces, al igual que ahora, los humanos nos movíamos en el umwelt (entorno) de lo que nuestra mente es capaz de conocer.

¿Qué significa esto? Que hay ciertos aspectos de la realidad que nuestro cerebro puede experimentar y otros que sencillamente se le escapan. El neurocientífico David Eagleman explica esto usando como referencia los estudios de Jakob von Uexküll a comienzos del siglo XX. Este biólogo alemán observó que cada animal se mueve en el espectro de la realidad que sus sentidos captan. Una pulga, por ejemplo, vive en un mundo ciego, pero rico en olores y sensaciones térmicas. Un murciélago se relaciona con el entorno en función del sonido y ciertos peces consiguen su alimento captando los campos electromagnéticos de sus presas. Ese mundo que perciben es su umwelt (entorno) y todo lo que queda por fuera, una realidad mayor, es el umgebung (contorno).

Lo mismo nos sucede a nosotros los humanos. Lo que percibimos y comprendemos del mundo que nos rodea está limitado por nuestros sentidos. Eagleman usa el ejemplo de la luz: lo que nuestros ojos pueden registrar es una mínima fracción del espectro electromagnético existente. Claro que podemos ver el rojo y el violeta, pero no podemos ver el infrarrojo o el ultravioleta, cosa que sí pueden hacer la serpiente de cascabel y las abejas, y que les resulta tremendamente útil. Ni hablar de todas las radiaciones que en este momento atraviesan tu cuerpo mientras lees. Desde señales de televisión hasta microondas provenientes de lo más profundo del cosmos, vivimos rodeados de una telaraña de ondas electromagnéticas que no percibimos porque sencillamente no tenemos forma de hacerlo.

Bueno, más o menos. Porque acá es donde entra la tecnología como una extensión de los sentidos. En la medida que el ser humano depura los instrumentos de observación ha podido expandir el horizonte de su realidad. Hoy conocemos la existencia de partículas subatómicas como los bosones y podemos teorizar sobre asuntos tan complejos como el multiverso, o la coexistencia de múltiples universos paralelos, incluyendo el nuestro. Esto ha expandido nuestro umwelt, o entorno circundante, a la vez que nos muestra la vastedad del umgebung que aún no conocemos.

¿Y a dónde nos lleva todo esto? Hay quienes piensan que llegará el momento cuando lograremos desentrañar los misterios últimos de la realidad que nos circunda. Yo no tengo ni idea si llegaremos. Lo que sí sé es que todo esto que veo (o que percibo, debería decir) es apenas una fracción de cuanto existe. Una representación de los sentidos, como le sucede a la pulga y el murciélago, con la diferencia de tener conciencia de ello.

 Y saberlo agranda mi asombro ante la cotidianidad y el universo.