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La actitud positiva: clave para lucir bien

 Desde una perspectiva realista es válido querer cambiar aquello que se considera necesario para que la imagen refleje cómo nos sentimos por dentro | Foto: Archivo

Desde una perspectiva realista es válido querer cambiar aquello que se considera necesario para que la imagen refleje cómo nos sentimos por dentro | Foto: Archivo

Más allá de tener un cuerpo o unos rasgos atractivos según los cánones actuales, verse bien comienza desde adentro y se pone en acción

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Mirarse al espejo: Observarnos nos permite conocernos mejor. Colóquese frente al espejo y detalle cuáles son sus principales características, qué le gusta, qué no y qué puede cambiar. Sobre lo que no le gusta, pregúntese cuál es la razón y si obedece a razones externas o a comparaciones, que en el fondo son inútiles, porque cada persona es única.

Cambiar lo que se pueda: Desde una perspectiva realista es válido querer cambiar aquello que se considera necesario para que la imagen refleje cómo nos sentimos por dentro. Para unas será el color del cabello, para otras, una cirugía estética, reafirmar el abdomen con ejercicios o mejorar la postura. Lo importante no es pretender parecerse a otra persona, sino hacerlo para sentirse bien consigo misma, y nunca para complacer a los demás.

Aceptarse: Querernos como somos es esencial para enfrentar la vida con una actitud positiva. No es resignación. Es valorarnos y asumir —si es con humor, mucho mejor— lo que no podemos cambiar. Contra la genética o el tiempo no siempre se gana la batalla, pero quien tiene una actitud positiva puede ver esos “defectos” como lo que son: rasgos distintivos que nos hacen únicos.

Saber elegir: Conocernos y aceptarnos es lo principal para tener una mejor actitud, y es lo que nos permite tomar mejores decisiones: hábitos saludables que mantengan a nuestro cuerpo en las mejores condiciones posibles;  vestuario y estilismo según nuestras características físicas —edad, talla, estatura—   y también de personalidad, pues la autenticidad es básica.

Trabajar para crecer: Quienes cultivan su mundo interno tienen las emociones más equilibradas. Esto se refleja en la forma en que se relacionan con los demás, cómo asumen las adversidades y en las decisiones que toman. También es visible físicamente, puesto que estas personas, por lo general, tienen mejores hábitos de vida; además, así como adivinamos el cansancio, el estrés, la angustia o la ira en los rostros, también se nota la luminosidad que brinda en la cara la alegría o la serenidad.

Ser amables: Una sonrisa, no forzada, es suficiente e imprescindible para relacionarnos mejor. Mirar a los ojos a quien nos habla y responder a saludos y favores o servicios, marca la diferencia. Tratar a los otros como nos gusta que nos traten, con respeto y cortesía, no solo es lo correcto, sino que muestra seguridad en nosotros mismos y nos convierte en personas más atractivas.

Tener claros propósitos y metas: “El porqué” que nos mueve y nos motiva a levantarnos cada mañana y seguir adelante hace que nuestra actitud hacia la vida sea distinta. Saber hacia dónde vamos nos permite prepararnos (planificar, organizarnos, administrar nuestros recursos) y llenarnos de impulso para afrontar los posibles obstáculos.

Vivir con optimismo realista: Ver la realidad con objetividad, es decir, reconocer en ella tanto lo malo como lo bueno, pero abrirse a posibilidades positivas futuras nos anima a tener esperanza y a trabajar para estar mejor.

Experimentar emociones positivas a diario: Hacer algo que nos guste, que nos llene, que sintamos que de alguna forma eleva nuestro espíritu; procurar alegría y diversión en nuestras vidas; cultivar los afectos; conectarnos con quienes nos inspiran; ser agradecidos; tener esperanza; practicar la compasión y la generosidad; cultivar la espiritualidad; aprender cosas nuevas; celebrar nuestros logros y dejarnos asombrar por la belleza influye en nuestro bienestar y en nuestra actitud.