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Vuelta a las clases: Los retos de cada etapa

Vuelta a las clases / Yonel Hernández

Vuelta a las clases / Yonel Hernández

Cambiar de realidad resulta complejo en cualquier momento de la vida, pero la escolaridad es un proceso que abarca numerosas y marcadoras transiciones. El rol de los padres y maestros es clave para que la ruta hacia la formación del carácter adulto avance sin baches

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Pocos momentos en la vida combinan el temor, la expectativa, la emoción y los nervios, como ocurre antes, durante y después del primer día de clases. La pausa vacacional de semanas que se traduce muchas veces en crecimiento físico y emocional para los niños, concluye y abre paso a novedades de todo tipo: otro grado, útiles diferentes, compañeros que antes no estaban, quizá algunos granos en el rostro; enamoramientos, ortodoncias, hasta el cambio de color en la franela del uniforme, dependiendo de la edad. A eso se suman las exigencias académicas del año escolar entrante, y el resultado es una transición compleja, aunque enriquecedora si se sobrelleva bien.

"Actualmente un niño de cuarto grado manifiesta los mismos intereses y motivaciones que los que cursaban sexto hace años", describe desde la experiencia Gladys García, psicóloga del colegio Santiago de León de Caracas. El manejo de la información y los mecanismos de aprendizaje se han modificado desde la inclusión de las tecnologías e Internet en la vida cotidiana. "Tal situación plantea nuevas perspectivas en el rol de los maestros e invita a pensar sobre el esquema pupitre-pizarrón", señala Gertrudis Anzola, psicóloga y exdirectora del colegio Las Fuentes.

El salón de clases y rituales sociales como el recreo, ahora deben competir con los teléfonos celulares, el chat y las redes sociales. Cada transición escolar se torna en una experiencia de muchas aristas, por lo que la participación de los padres y maestros es elemental. "Las redes de apoyo funcionan. Es importante que los padres se comuniquen entre sí y también lo hagan con los maestros y sus hijos, sin hacer que esos espacios sean forzados", comenta García sobre una acción que resulta más eficiente si se hace de forma presencial y en el mismo plantel.

A la guardería.
Aunque las profesionales consultadas coinciden en que las transiciones más relevantes en la escolaridad suceden con la entrada a primer grado desde el preescolar, y luego la llegada al bachillerato, la etapa de guardería implica una resonancia, sobre todo para la madre o el padre. Anzola acota que en el país la mujer debe reintegrarse al trabajo de forma temprana y que se limita al amamantar por falta de tiempo.

"Es un proceso doloroso, pero lo mejor es concentrarse en pasar tiempo de calidad y escoger con criterio el lugar de cuidados",
dice, al tiempo que recomienda atender a la higiene, las comidas y el personal de la institución.

"Actualmente, varios cuentan con cámaras para que los padres monitoreen la actividad desde su trabajo", señala.

Camisas coloradas.
El llanto ­de niños y padres por igual- suele ser el sello distintivo de la etapa en la que arriban las pequeñas franelas rojas y los mecanismos de socialización comienzan a gestarse. "Hay mucho de la personalidad del niño que no se define, pero sí se encauza en la etapa preescolar", señala Anzola. En estos primeros niveles, la formación se orienta hacia pensamiento lógico matemático y del lenguaje, elementos indispensables para ir aclarando aptitudes sobre cada individuo. "Aunque suene prematuro, desde este momento los padres deben observar el talento de su hijo para su proyecto de vida", señala la experta.

Yanise Tinoco, maestra de preescolar, destaca que en esta etapa se forma un apego fuerte con la educadora. "Hay una dependencia hasta que el niño aprende ciertos hábitos, pero es bueno que desarrolle lazos afectivos", indica. Para que el cambio no se haga tan abrupto para el infante, Anzola recomienda que lleve al colegio algún objeto o juguete que le remita a casa. "A esta edad, los niños son concretos, así que estos objetos les dan seguridad", dice.

Larga primaria. En no más que seis años, ocurren cambios drásticos en el desenvolvimiento cognitivo, social y emocional de los niños, por los que la primaria se divide en dos grandes etapas: la de primer, segundo y tercer grado, y la que corresponde a cuarto, quinto y sexto, desde donde se asoma la adolescencia incipiente. La primera gran transición pasa en el primer grado: "Ya en este punto el niño debe tener cierta autonomía y concentración para atender a clases de 45 minutos", indica García sobre los primerizos de la franela blanca.

La responsabilidad ante las tareas y el comportamiento es un estatus que a algunos les cuesta asumir. Pero en este punto, las especialistas atribuyen la presión a los inexpertos seis años con los que, por normativa, deben comenzar el primer grado.

Anzola indica que estas primeras etapas son buenas para que el niño cuente las cosas que le pasan, sobre todo porque la figura paterna o materna sigue siendo la referencia. "Si no te dicen las cosas antes de la adolescencia, no se puede esperar que lo hagan cuando lleguen ahí", advierte. Desde el primer hasta el sexto grado, es bueno involucrarlos en actividades extracurriculares, más cuando estudian en un colegio de educación diferenciada. "Es bueno que socialicen fuera del aula, y que entiendan que la realidad se compone de hombres y mujeres por igual", apunta García, además de destacar que se organizan mejor al notar que no tienen la tarde libre.

Entre cuarto, quinto y sexto grado el proceso de transición lo viven los padres, según Anzola, pues dejan de ser la referencia de sus hijos, que ahora buscan a sus pares como ejemplo. "A veces los papás se sienten castigados, pero es una actitud errada; lo que hay es que fomentar que los niños quieran salir", dice Anzola acerca de una etapa delicada por el desarrollo hormonal y el deseo de aceptación grupal.

Liceístas.
La franela azul se siente como un paso agigantado hacia la adultez, aunque pronto la carga de doce materias diferentes y la exigencia de los profesores se convierten en un karma. "La reformulación de la evaluación cualitativa a la cuantitativa es lo más duro", dice García. En un año escolar se incluyen presiones de tipo académico, pero también social.

"Hay roces con los amigos. Las relaciones se vuelven más intensas, de amor u odio", agrega Anzola, quien aconseja que los padres respeten el sufrimiento pasajero de sus hijos y traten de acompañarlos y escucharlos cuando estos lo soliciten.

Tercer año es otro punto de giro, pues hay una decisión a tomar que podría significar el rumbo del resto de la vida: qué estudiar en la universidad. García explica que el impacto no es tan pronunciado si el joven escucha testimonios de mayores y desde grados inferiores va encaminando su proyecto de vida. "En algunos colegios comienza desde séptimo grado, y en otros desde el quinto grado", apunta.

Con un pie afuera.
Para la familia es intenso experimentar la graduación del bachillerato, pues esto implica la entrada a un mundo en donde ya no hay amarras. "Los padres deben estar conscientes de que esto es una realidad y ser claros de las expectativas que tienen con ellos", indica Anzola.