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Veteranas de la danza

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Veteranas de la danza

Incansables. Constantes. Perseverantes. Cuatro figuras indispensables de este arte mantienen su vigor y después de décadas de trabajo siguen formando generaciones de futuros bailarines. Nina Novak, Anita Vivas, Xiomara Vasconcellos y Stella Quintana transmiten la belleza que está tras los movimientos certeros 

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Nina Nova: “Con disciplina se logra la belleza”

No importan los años que tenga viviendo en nuestro país. Nina Novak (Varsovia, 1927) sigue teniendo un castellano irregular, probablemente porque cuando algo se ama con tanta entrega, la tierra donde aprendimos el sentimiento se mantiene atada al consciente. Novak habla como si aún bailara en Montecarlo. “A los ocho años inicié mis estudios en Varsovia, en el Ballet de la Ópera. En Estados Unidos llegué a ser primera bailarina, maestra y coreógrafa. Realicé muchas cosas. Llegué a Venezuela haciendo un tour por Latinoamérica. He dedicado a esto toda mi vida, y cuando una tiene experiencia artística y escénica, se posee más visión de lo que quiere el público”.

Hay dos tipos de profesores: los que estudian para dar clases y maestras como Nina Novak. Ella ha bailado un repertorio inabarcable en estas páginas, ha vivido la evolución del ballet clásico como pocas profesoras en el país.

“Lamento mucho que el ballet se ha desviado hacia el modernismo que nunca dio buenos resultados. La educación del ballet clásico funciona cuando el cuerpo es bien entrenado. Con disciplina se logra la belleza. Toma tiempo”. Hay una frase, una lección que late desde el primer día en la enseñanza de quien decidió dar su vida a legar lo aprendido: “Desde mis inicios aprendí a enseñar con respecto al tiempo que vivimos, a lo que requiere el presente. Uno tiene que estar al día. Si uno se mantiene así, comprende que lo necesitado ayer no es lo mismo que necesito hoy”.

Anita Vivas:  “El artista vibra a través de la enseñanza”

El día de la entrevista cumplía años; por tanto, hablaba con el ánimo de quien es festejada. “Yo estudiaba danza y Diony López me vio en un acto donde bailaban dos niñas de la escuela que trabajaban en el canal 8”. López dijo: “Quiero conocer a ese muchachito”. Anita Vivas interpretaba al célebre americano en París, de Gene Kelly: ella era el famoso marinerito. “¡Caramba ¿es una niña?! ¡Con más razón quiero hablar con ella!”.

Vivas apenas tenía 16 años y fue convocada por el ídolo de todos los niños a dirigir el cuerpo de baile de Comiquitas con Popy. Vivas dejó la química industrial por la danza y lo que más le gustaba de cursar esa carrera era el laboratorio. “Me encantaba crear, combinar y es lo que hago en el baile: fusionar elementos”.

La “cajita de luz”, como llama a la TV, le dio la oportunidad de convertirse en una de las profesionales más respetadas de la coreografía en todos los ámbitos de ese medio. “Yo misma maquillaba, peinaba, intervenía en el vestuario, editaba, me sentaba al lado del director a

posproducir, pero lo más interesante es que la vida me llevó a dirigir, orientar, enseñar. Pienso que el artista vibra a través de la enseñanza”.

Cada pieza, cada generación que ha formado, cada evento, lleva el nombre de su compromiso. “He hecho un libro virtual con mis experiencias. Lo vivido me ha demostrado lo importante que es no descansar al defender lo que crees. Mi escuela se ha convertido en centro de proyectos y talento. Todavía recibo correos de ex alumnas que dejaron la danza y me dicen que este arte les ha servido para construir su familia. Ese es el premio más grande”. Todavía le brillan los ojos con la mirada capaz de traspasar una pantalla. “Siempre les digo a mis alumnos que detrás de la cámara hay millones. Si estás en el teatro tienes que proyectar hasta la última butaca”.

Xiomara Vasconcellos:  “La danza es una necesidad, un sentimiento”

Desde hace 30 años la parroquia San José de Caracas mantiene un patrimonio cultural intangible y reconocido como tal desde 1998. “El talento venezolano se desborda y ver la necesidad que hay de formar a muchachos bailando nuestro género es lo que me motiva”, asegura Xiomara Vasconcellos. Su escuela está rodeada de retratos con íconos del folklore venezolano. Yolanda Moreno es su mentora fundamental. “La danza nacionalista tiene la maravillosa propiedad de nutrirse de todo, es deber resguardar nuestros códigos, este género enriquece nuestro folklore. No se ha arado en el mar. Hay cosas que no se conocen porque quizás no son tan comerciales, pero en todo el país hay el legado de su fundadora, Yolanda Moreno. Y lo seguimos viendo en nuestras fiestas populares. Yo siempre le digo a ella: ‘Usted no sabe la magnitud de lo que creó”. Un animal apasionado con múltiples pies y manos.

“Esta disciplina requiere de mucha investigación”, reafirma. La danza no exime de la tarea de indagar en textos y otros documentos el espíritu de los movimientos. “Me encantaría plasmar la vida de Simón Díaz. Trabajé con él en Festichamo, Contesta por Tío Simón, Al mediodía con Simón Díaz. Fue una experiencia hermosa porque es un genio auténtico que valora la espontaneidad infantil”.

En Venezuela muchas disciplinas artísticas viven una nueva primavera y el reencuentro con la identificación del público. “Hace mucha falta generar la unión de maestros en la danza tradicional. Para que las instituciones crean en nosotros es necesario que los maestros digamos: ‘Aquí estamos, hay que hacer esto, planificar, hacer’. Eso evitará la fuga de talentos. La danza es una necesidad, un sentimiento. Esto es un refugio para la mente, el cuerpo y el espíritu”. Vasconcellos tiene mucha fe en la actual generación, la voluntad se refleja en los copados cuadernos de inscripción. Una madre con su carpeta debajo del brazo aguarda con todos los requisitos luego de esta entrevista y Vasconcellos la recibe con “a su orden, la espero el lunes”.

Stella Quintana:  “Cuando salimos afuera hablan mucho de nuestra calidad artística”

La fachada engaña y un corredor descubre la profundidad del espacio. Niñas en perfectas puntas en pie ensayan y la pintura fresca advierte el inicio de un nuevo año escolar en el Ballet de las Américas. “Cuando un niño estudia danza, la decisión debe venir de él y no de los padres. Este es un compromiso que se debe sentir y gustar. El apoyo del padre es imprescindible siempre y cuando no alimente falsas expectativas ni divismos. Mientras más puros y menos sepan de ballet, yo más contenta estoy”. Stella Quintana ya no baila, enseña desde los 15 años y tiene 52. “Nuestra misión es formar a un alumno que pueda bailar en una compañía capaz de representar un repertorio universal. Desde aquí nos hemos dedicado a montar obras pequeñas con ambición profesional. “Yo me formé desde el punto de vista infantil juvenil con Keyla Ermecheo, y profesionalmente con Sandra Rodríguez en el Ballet Nuevo Mundo”. Quintana tiene una idea fija: que sus alumnas y alumnos descubran sus defectos, pero que al mismo tiempo consigan lo mejor del otro frente a ese espejo al que están expuestos tantas horas. “Así se abre una cadena entre ellas mismas”, afirma.

Todavía en las niñas hay el anhelo de montar su propia compañía. “Todas ellas tienen sueños. La docencia es algo que también se les fomenta”. 20 años después, 9 cursos para llegar a graduar a 20 alumnos por salón han servido también de semillero para representar al país en competencias internacionales. “Cuando salimos afuera hablan mucho de nuestra calidad artística. A mí me sorprendió cuando llevamos a una niña a Moscú. Se me acercó un maestro ruso y me preguntó: ‘¿Quién montó esto? ¿Cómo una niña tan chiquita puede interpretar de esa forma?’. Eso se da porque hemos tenido maestros que vienen de afuera con un conocimiento global de la danza, y muchos maestros venezolanos que se han formado en escuelas foráneas y han regresado”.