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Venezuela estremeció a Salzburgo

Sistema de Orquesta de Venezuela se destacó en Salzburgo / Nohely Oliveros

Sistema de Orquesta de Venezuela se destacó en Salzburgo / Nohely Oliveros

En la cuna de Mozart y en uno de los festivales más antiguos del planeta, las orquestas y coros del Sistema impresionaron a las audiencias más reputadas. Los niños de la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela, bajo la batuta de sir Simon Rattle, conmovieron hasta las lágrimas incluso a la nieta de Gustav Mahler. Plácido Domingo quedó tan admirado que los invitó a acompañarlo en su presentación del Mundial de Fútbol 2014. Aquí, de cerca, la historia de estos días memorables

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Convencer a otro de cambiar una creencia es una tarea que solo logran los verdaderos genios. Pueden pasar muchos años para modificar el convencimiento por lo establecido porque se necesitan de sobradas pruebas para darle la vuelta al timón. José Antonio Abreu fue tildado por muchos de loco hace casi 40 años, cuando comenzaba a soñar lo que ahora es una realidad.

Sobre cada generación del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela ha recaído una responsabilidad distinta. Los fundadores aprendieron a desprenderse de los proyectos personales, fueron de ciudad en ciudad abriendo núcleos y replicando los talleres de música que se hacían en los espacios del aún no terminado Parque Central de Caracas.

La siguiente generación dio los primeros resultados para que el Estado venezolano creyera que era posible hacer una orquesta sinfónica modificando los principios de la educación musical, pensar en el colectivo, tocar, cantar y luchar sin dilaciones, todas las horas, todos los días, aprendiendo lo mejor del compañero de al lado, la práctica comunitaria, olvidando las individualidades.

Luego vino la generación de la llamada Bolívar B, la de Gustavo Dudamel, que una vez fue infantil y fugazmente juvenil. Ellos se han encargado de conseguir a iguales en el mundo y de inspirar los llamados espejos del Sistema.

Ahora, la nueva generación, que hizo llorar a Marina Mahler, nieta del compositor Gustav Mahler, es la que seguramente hará que la educación regular siga el ejemplo que el Sistema dio. El viaje de la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela (SNIV) al Festival de Salzburgo 2013 no fue una gira más. Estos son los días que han cambiado la historia de la música. El escenario, acaso el más importante del mundo y cuna de Mozart, terminó entendiendo que la música debe ser un derecho universal.

Primera escala: Caracas

A pesar de que su paisaje diario tiene los tepuyes del Amazonas como fondo, Luis Manrique,  de 12 años de edad, está enamorado del Ávila y era la primera vez que lo veía personalmente. Manrique toca viola y su idioma original es el pemón. “También es hermoso aquí, es hermoso para mí”, contaba en un castellano tímido. “Me ha gustado compartir estos seminarios antes de la gira con mis compañeros y me siento orgulloso de representar a mi estado y también a todo mi núcleo. Yo fui el único que quedó de Canaima para ir a Austria”, relataba en Caracas y antes del viaje a Europa.

Antes de salir a Salzburgo, los 208 integrantes de la Orquesta Nacional Infantil de Venezuela se hospedaron en el hotel Tamanaco para ensayar junto a sus profesores y el director Jesús Parra.

Eugenio Carreño toca la trompeta, tiene 11 años de edad y hablaba sin quitar la mirada del micrófono: “Estoy bien, gracias a Dios. ¿Cómo me preparo? Cónchale, muy emocionado de ir a una primera gira, tengo muchas expectativas de estar con Simon Rattle, director de la Filarmónica de Berlín desde hace muchos años. Es un honor que él me dirija. Este concierto me lo he imaginado con miles de personas en el público”.

Carreño viene del núcleo La Rinconada y vive en El Paraíso. “Yo sólo quiero hacer lo mejor posible. Comenzamos a ensayar a las 8:00 a. m., a las 12:00 del mediodía  almorzamos y  volvemos a ensayar a la 1:30 p. m. A las 6:00 p. m. hay un refrigerio y luego seguimos ensayando hasta las 8:00 p. m”.

Juan José Figuera es chelista y tiene 12 años de edad. También tiene muy clara la máxima de José Antonio Abreu que dice: “Para el descanso, el descanso eterno”.

El sonido de la música

El cine tiene una manera muy propia de traducir títulos. The Sound of Music, el archiconocido musical de Richard Rogers, inspirado en la familia Von Trapp de Austria, que luego se convirtió en la película con la imagen de Julie Andrews haciendo piruetas en las montañas, fue llamado La novicia rebelde para Latinoamérica. Solo en España se llamó Sonrisas y lágrimas. Viéndolo de manera pragmática, Salzburgo en Austria debe su actividad turística masiva a Mozart y a Richard Rogers.

“El festival fue fundado pensando que el arte no es solo ornamento, sino alimento. Estos niños son el mejor ejemplo de ello. Como ciudad natal de Mozart, quizás hemos descansado en los laureles. Venezuela nos ha traído energía para demostrarnos que hay que luchar con y a través del arte”, reconocía Helga Rabl-Stadler, presidenta del Festival de Salzburgo desde hace 20 años.

Allí también conmovieron los niños del Coro de Manos Blancas y voces del programa de educación especial del Sistema que debutó internacionalmente. La agrupación llenó dos veces el teatro de la Fundación Mozarteum e hizo vibrar a Plácido Domingo, quien declaró su admiración: “Son músicos con una sensibilidad y una armonía preciosas, una belleza y una plasticidad increíbles. Me voy siempre más sorprendido de lo que empezó del gran amor de un músico que ha dedicado su vida a ustedes”.

Una historia que contar

Apenas aterrizaron, los niños de la SNIV quedaron bajo las directrices del maestro sir Simon Rattle en una escuela de Kuchl, a las afueras de Salzburgo. “La edad tope de esta orquesta es de 15 años, el menor tiene 7 años y Mahler escribió esta música cuando tenía 25 años. Cuando observo a los niños venezolanos sé que han tenido una experiencia de vida mayor a alguien que les doble la edad. Ellos entienden sobre el amor, la muerte, saben de profundas preocupaciones, de alegría y júbilo: de eso se trata la música”, decía el célebre director. 

Luis Manrique, quien se había admirado con el Ávila, ahora miraba maravillado los Alpes, apenas cubiertos por la poca nieve que el verano perdonó. “Estoy siguiendo el consejo de mi mamá. Ella dice que lo más importante es el respeto. Estamos tocando muy bien. ¿Viste la nieve?”.

Berena Preatfuss, de Salzburgo, y Adalus Low Manzini, de Falcón, se hicieron amigas de inmediato. A la segunda se le ha hecho más sencillo porque habla inglés de forma fluida. Ambas comparten atril en la fila de los chelos de una orquesta binacional, compuesta por los niños de la Orquesta Mozart de la Fundación Mozarteum y nuestra SNIV. “Descubrimos que tenemos los mismos pasatiempos, ninguna toca mejor que la otra, pero he visto que los venezolanos se divierten mucho haciendo música”, decía Berena. Solo la venezolana piensa que en el futuro será una música profesional.

Al día siguiente Simon Rattle, ensayando con la SNIV, le habla al pequeño clarinetista que hace un solo durante la Obertura cubana, de Gershwin: “Cuando hagas tu parte, mira hacia al público y con esa mirada junto a tu interpretación cuéntales tu historia”.

El maestro Abreu permanece sentado en una silla junto a otros profesores y el niño ha hecho que los asistentes al ensayo extendamos nuestros cuellos como si quisiéramos asomarnos con cuidado a un abismo.

Tembló en Salzburgo

“Yo estoy seguro de que va a temblar en Salzburgo”, dijo Gustavo Dudamel días antes en el hotel Sacher después de dirigir a la Bolívar interpretando la Gran misa en do menor, de Mozart: Por primera vez una orquesta no europea realizaba el tradicional concierto en la catedral de San Pedro.

La mayoría de los asistentes al Grobes Festspielhaus iban de traje largo a pesar de ser un caluroso sábado a las 11:00 a. m. Tradición es tradición. Muchos austríacos y extraños también vestían los clásicos trajes rurales de la zona bávara: las mujeres el dirndl, con su falda acampanada y delantal, los hombres el tracht con tirantes que sujetan pantalones de piel cortos y medias hasta la rodilla.

Los primeros aplausos, discretos y entusiastas, ocurrieron a medida que la SNIV hacía su entrada. El repertorio empezó con Gershwin, y el clarinete contó su historia, él ha dicho con la mirada y su talento algo que ha hecho suspirar al público. La siguiente pieza es el Ballet Estancia, de Alberto Ginastera, dirigidas esta vez por Jesús Parra, quien a sus 18 años de edad recibió el aplauso lejos del podio, como muchos de los directores del Sistema, integrado a su familia musical. Rattle volvió a dirigir la Sinfonía n. º 1, de Gustav Mahler: el resultado de ese día luego estuvo en muchos diarios del mundo. 

La escala del movimiento sísmico se vuelve a repetir el domingo: Plácido Domingo es nuevamente público de los niños venezolanos, pero en esta segunda función algo espontáneo ha ocurrido al terminar el jubileo. Lo que empezó un contrabajista fue replicado por una generosa parte de la orquesta. Han guindado del cuello de Rattle la medalla con cinta tricolor que los identifica como miembros del Sistema. Uno tras otro va desprendiéndose de su insignia, cediéndola al connotado director, tal vez siguiendo el ejemplo del maestro. De alguna manera le dicen: “Es tuyo”, para que sea de todos.