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Fotografías Mauricio Villahermosa

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Libre de trenzas y ataduras, Trina Medina retoma el micrófono con Claroscuro, un nuevo disco que condensa las experiencias vividas en más de diez años. Aquí relata qué la inspiró a componer y a regresar luego de esta larga ausencia

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Decir que hace unos años pasó por una “racha difícil” es un eufemismo. No podía bailar porque estuvo 18 meses en rehabilitación luego de una aparatosa caída a oscuras por las escaleras de un sótano, que le dejaron una cadera dislocada, un desgarro en el hombro y las vértebras cervicales apiñadas. No podía presentar un disco nuevo por asuntos legales sin resolver. Su pareja, para completar, la dejó. “Cuando te digo que todo se vino abajo, es literal. De terror. Éramos muchos y parió la abuela”.

Trina Medina lo cuenta con una sonrisa mansa pero satisfecha, de agua pasada, de prueba superada. Porque ahora baila. Ahora promociona un disco. Ahora capitaliza aquel guayabo en melodías bailables —escritas desde la ingenuidad y también desde la revancha— que supo macerar pacientemente mientras su vida escampaba. “Todo lo que está en ese disco me pasó. Le ponía música a lo que sentía y se lo cantaba a mi terapeuta”.

Unas semanas atrás tomó un sorbo de agua y respiró profundamente. De pie bajo los reflectores del Trasnocho Cultural, ante el público de Noches de Guataca, la cantante centelleaba en una chaqueta con lentejuelas en su primera presentación como solista luego de muchos años. “Esto de regresar parece fácil, pero una se asusta”, confesaba.

Era el lanzamiento de Claroscuro, ese disco pendiente que ella misma compuso, dirigió y produjo con la ayuda de sus mejores amigos. Esa noche también entonó temas como Summertime de George Gershwin y Puro teatro de La Lupe. “Son géneros que siempre quise cantar, pero las disqueras no me dejaban”, revela. Todo es resultado de los estudios en producción musical que realizó durante su receso, ese en el que también colaboró con la banda sonora de películas como Una abuela virgen y A la medianoche y media. En el escenario abrió fuegos estrenando un tema propio: Yo soy la rumba. Con cada vuelta se sacudía los nervios. Con cada estrofa se recargaba. “Soy ese sol que despliega en las mañanas / alumbrando los cristales de toditas las ventanas”.

Empezar de nuevo. Descubrió la satisfacción de trabajar tras bastidores haciendo arreglos, organizando eventos y componiendo para otros. Está de regreso, en parte, por la insistencia de sus amigos. Recientemente participó en un tributo a Cheo Feliciano y en los conciertos de Yordano y sus amigos, una experiencia que recuerda con emoción. “Esos días tocamos, nos reímos y lloramos un poquito con él, como abrazándolo. Él lo sintió y el público también. Fue algo mágico. Ahorita tiene que irse de viaje para su tratamiento, pero hace poco me mandó un mensaje en el que me dijo: ‘Voy a regresar. Es una promesa de amor’. Y yo sé que nos encontraremos de nuevo. Voy a estar aquí como una novia, esperándolo”.

Asegura que si no fuera por él y por el productor Willie Croes, quienes le dieron aquel lugar en el escenario para cantar Madera fina, la carrera de la joven corista de Robando azules quizás no habría despegado del todo. En aquellas giras fuera del país, leyendas como Tite Curet Alonso también supieron apreciar su talento. “Yo les iba entregando mi disquito a los productores y nadie me paraba mucho, hasta que un día, en el lanzamiento de un disco de Luis Enrique, Tite le dijo: ‘¿Por qué no subes contigo a esta muchacha? Canta con ella’. Subí, canté y así fue como firmé con Sony Music. Me hizo tremenda segunda”.

Aquella estampa ha cambiado. Atrás quedaron sus trencitas. “No tenía sentido sacar un disco nuevo después de tanto tiempo y tener la misma imagen, así que me las quité. Esto tenía que ser caída y mesa limpia. Al principio me sentía rara. Lo bueno es que cuando me las quité ya nadie sabía quién era yo. Además, para llevar esta tumusa así hay que tener una actitud, un estilo, una cosa. No cualquiera puede, pero a la gente le gusta”, dice divertida.

Actualmente, Medina cursa un diplomado en audio y se desempeña como promotora cultural; primero lo hizo desde la Subdirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela y desde hace cinco años como asesora de la Alcaldía de Sucre. ¿Qué puede contar de esa cruzada en estos tiempos? “En Venezuela se han desarrollado semilleros muy valiosos como El Sistema o La Siembra del Cuatro, aunque todavía queda mucho por hacer. Aún nos falta mucha cultura. No lo digo porque necesitemos cantar más, o bailar más, o pintar más, sino porque nos cuesta entenderla como algo que debe ser parte integral de la vida de los ciudadanos. La cultura es lo que más sensibiliza al individuo y tanto el público como los artistas merecen ser tratados con respeto. Hacer cultura no es solo ofrecer pan y circo”.

Tengo que hablar contigo. Cuando era niña y preguntaba en las noches dónde estaba su mamá, sus tíos y su abuela le respondían que estaba trabajando. “Me decían: ‘Es que tu mamá canta’... En esa época ella no había grabado discos todavía, así que yo agarraba un LP de la Sonora Matancera, veía a Celia Cruz en la carátula y decía: ‘Ahhh, mi mamá canta, claro. Mi mamá es como ella”. Fue con los años, después de seguir los pasos musicales de Canelita Medina, cuando una Trina adulta le escribió una carta a Celia Cruz. “Ya yo tenía un disco hecho y todo. Le decía que la admiraba y que crecí con su música”.

Para su sorpresa, la Guarachera de Cuba le respondió. “Me mandó una foto firmada y una carta muy simpática diciendo que ella sabía quién era yo, que era la de las trencitas. Que me había escuchado cantar y que me estaba siguiendo, que había leído una entrevista en la que dije que no quería ser como ella —porque Celia Cruz hay una sola, por eso— y que quería hablar seriamente conmigo”. Años después, tuvo la oportunidad de cruzarse con ella en un concierto. “Estaba muy enferma y ya casi no veía, pero bailaba con tanta seguridad que no te dabas cuenta. Se bajó de la tarima y la saludé. No me reconoció. Le dije quién era, me puso las manos en la cara y me dijo: “¡Claro que ya sé quién eres tú, muchachita! ¡Tengo que hablar contigo!”. En ese momento no pudimos, pero la abracé y le dije en el oído: ‘No te mueras sin hablar conmigo’. Se despidió de mí y ya no la vi más. Cuando falleció lloré como por cuatro días, como si se hubiese muerto mi mamá. Con el tiempo entendí que era por eso, porque yo veía sus discos y sentía que ella era como mi mamá”.

En justo homenaje, Medina cierra su espectáculo con Quimbara y La vida es un carnaval. La voz se eleva firme, dorada, potente, desafiante. Se agita, baila. Es más bello vivir cantando. “Todo lo que hago, lo hago con pasión y lo que canto tengo que sentirlo. Si compongo una salsa y no me dan ganas de bailar, no sirve. Si canto un tema duro y me meto demasiado, quedo triste. Pero no me incomoda ser así porque lo único que uno se lleva es lo que ha vivido. Yo quiero ser dueña de mis propios errores”.

Sin partitura

—¿El halago más extraño que ha recibido?
—“Oye, tu hija sí canta lindo”. Hay mucha gente que me confunde con mi mamá.

—¿Una canción de otro artista que le gustaría haber escrito?
—Corazón partío, de Alejandro Sanz. Pasan los años y todavía me fascina escucharla.

—¿Una manía para componer?
—Una taza de café y sentirme cómoda. No puedo tener puesto nada apretado.

—¿Con quién se tomaría un selfie y por qué?
—Con Luis Enrique, porque es un gran tipo y no tiene poses de divo. Es muy generoso y además es guapo (risas).

—¿Cómo se siente al cantar con su madre?
—Orgullosísima, emocionada. Es un lujo.

—¿Un disco para disfrutar?
—Cualquiera de Carmen McRae. Es una jazzista con una voz profunda, intensa.

—¿Por qué no hay más cantantes venezolanas que se dedican a la música afrocaribeña?
—Porque para hacerlo bien necesitas proyectar fuerza y saber improvisar. No basta con que tengas la voz o el ritmo: si no tienes eso y no eres un poco ruda —porque “salsa dulcita” no es salsa—, no puedes catalogarte como una sonera, sino como una intérprete.

—¿Cómo le gustaría que la recordaran?
—Como una mujer apasionada, no brava sino fuerte.

De luces y sombras
Claroscuro es el título de su nuevo disco, un repertorio de diez canciones de las cuales solo una —Sabor a canela, escrita por Jesús Rosas Marcano y cantada a dúo con Canelita Medina— no lleva su firma. Fue grabado entre Miami y Los Ángeles y trabajado con las consolas certeras de Germán Landaeta y Bernie Grundman, quien ha colaborado con The Doors, Quincy Jones y Santana. Se consigue en discotiendas, iTunes, y www.arepamusic.com