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Tiendas con nombre y apellido

Tiendas con nombre y apellido /  Efrén Hernández

Tiendas con nombre y apellido / Efrén Hernández

Un número creciente de jóvenes diseñadores se lanzan con arrojo a la aventura de abrir sus propias vitrinas.Aquí, Vanessa Boulton, Daniela Panaro, Nimrod, Melao y Yenny Bastida comparten las bondades y retos de estos emprendimientos

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La asistencia masiva a la primera edición del Mercado de Diseño del Ateneo de Caracas en 2005 y el furor que duró más de diez ediciones marcó el camino del éxito para muchos diseñadores emergentes que intentaban sobresalir por encima de lo importado. Lo que vino luego fue un brote imparable de bazares y mercados que se apostaban en plazas y localidades, abarrotadas de clientes que retornaban, ya fieles a ciertas marcas, y de curiosos que querían entender de qué iba el boom. Ha transcurrido casi una década desde que aquel movimiento incipiente y esforzado evolucionara hacia una oleada de propuestas formales de diseñadores que han apostado por hacerse visibles --y accesibles-- como marca mediante la apertura de una tienda. Algunos hicieron una parada estratégica previa: comenzaron por vender en establecimientos de multimarcas, como la reconocida y exitosa Aprilis, que continúa siendo una vitrina valiosa para el diseño venezolano.

Escondido, pero visible

Vanessa Boulton, diseñadora de carteras y accesorios, y Michelle Dernersissian, de la marca de bañadores Lolita Colita, se han apoyado en eficientes estrategias de mercadeo y promoción en línea para otorgar más visibilidad a sus espacios de venta. Boulton exhibió sus primeras carteras en 2005 en las tiendas Aprilis mientras que su oficina funcionaba en un local en El Bosque. En noviembre del año pasado decidió abrir espacio dentro del mismo local para una minitienda. "La presencia en línea es básica antes de tener un local, pero creo que tenerlo hace que la marca gane credibilidad y confianza ante los clientes", señala. Su propósito, aunque el grueso de sus ventas se realice desde la página web, es que este sea un punto para un mayorista interesado, un cliente especial, "o un esposo confundido sobre qué regalar", ríe.

Dernersissian abrió un pequeño local de diez metros cuadrados en un edificio de oficinas en Chacao en el que la clienta promedio pasa entre media hora y una hora por visita. No llegó a participar en un mercado de diseño porque resultaba incómodo medirse los trajes de baño en probadores improvisados. "Este local está escondido y no es fácil estacionarse, lo que significó un reto al principio. Pero también sabemos que la persona que está aquí, ha venido especialmente. Y nos ocupamos de que la experiencia valga la pena", destaca.

Como la oficina administrativa está en el mismo edificio, la diseñadora baja con regularidad para verificar cada detalle. "En una tienda, hasta el empaque es importante. Después de todo, ¡el que tenga tienda que la atienda!", recalca.

A pie de calle

Daniela Panaro, directora creativa de No Pise la Grama, recuerda haber arrasado con las ventas al participar en dos ediciones del mercado del Ateneo. Desde ese momento se planteó la necesidad de abrir una tienda propia. Comenzó a operar desde una oficina en la primera avenida de Los Palos Grandes, que luego se convirtió en un showroom. Pero no era suficiente. Anhelaba abrir una a pie de calle, sin anticipar que el restaurante que quedaba frente a su oficina, donde celebró el éxito tras los mercados, se convertiría en la primera vitrina de su tienda. "Estuve buscando local durante dos años. Este era el ideal, aunque tuviésemos que pasar cinco meses remodelándolo, lo que implicó una inversión importante", explica quien fuese pionera, junto a la marca Tarbay, en abrir una tienda apenas se aplacaba la moda de los mercados en 2008.

"Abrir una tienda es el deber ser", asegura Yenny Bastida, quien maduró en su negocio durante diez años antes de embarcarse en esta empresa. "Cuando apenas comenzaba le pedía a mi papá que me ayudara a abrir una tienda. Me aconsejó que primero atendiese la producción", recuerda agradecida.

Un profesor en un Máster de Negocios de la Moda que hiciera en Milán le dijo que sin una tienda, todo lo que estuviese haciendo, así fuera bueno, iba a perderse. Encauzó sus ganas y alquiló un local en Altamira que abrió sus puertas en agosto del año pasado. Tomó las previsiones financieras y se mentalizó en que las inversiones no se recuperan de inmediato. La sorpresa, relata, ha sido que el espacio ha tenido más éxito del esperado. Le ha permitido, también, darse cuenta de que hay adolescentes y señoras que tienen interés en su marca.

El universo del mall

"No quiero ser un diseñador para un grupo pequeño.

Si propones, tienes que globalizarlo", asegura con ahínco el diseñador Nimrod, que desde 2012 ha lanzado al mercado colecciones para mujer, hombre y una línea de accesorios y morrales. El admirador del diseñador Marc Jacobs por la amplitud de negocio que ha demostrado en sus diversas marcas, ha escogido al Paseo El Hatillo como el punto ideal para mercadearse. Se encuentra en la etapa de remodelación para abrir a finales de noviembre. Mientras tanto, mantiene un showroom en el sector de oficinas del mismo centro comercial. "El showroom plantea un formato más de visitas complacientes, familiarizado. La tienda, en cambio, está para que tu marca hable por sí sola y cualquier persona que no te conoce comprenda lo que haces", afirma, entusiasmado por lo que vendrá.

En la apuesta de la tienda de centro comercial, María Fernanda Vera, directora creativa de Melao, tiene un ascendente camino recorrido. Contar con una tienda en plena entrada del Centro Sambil, además de las de Chacao, Barinas y Barquisimeto, significa un esfuerzo extra de organización. "Planificamos cada colección con más de un año de anterioridad. Producimos dos al año pero cada dos semanas tenemos modelos nuevos en pisos de venta, lo que representa un gran reto", describe la empresaria que hace hincapié en que abrir una tienda de esta envergadura implica un compromiso de más de doce horas diarias y un infaltable trabajo en equipo.