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Perdí peso, pero no se fije en los kilos

Perdí peso

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Estar en forma es una decisión que amerita perseverancia y entusiasmo. Aquí el autor comparte cómo cambió de hábitos para dejar atrás 50 kilos, estrenar nueva apariencia y una forma de vida más sana

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En febrero de 2009 escribí una reseña del videojuego de ejercicios Wii Fit para esta revista. En esa época pesaba alrededor de 115 kilos y sentí pudor de poner la cifra exacta en el texto. Rompía camas y sillas de oficina, incomodaba notoriamente a mis compañeros de asiento en los transportes públicos y en algún instante sentí que algo no estaba bien con mis palpitaciones cardíacas.

En el último chequeo con mi doctora internista el pasado diciembre, registré 65 kilos, bastante más acordes con mi estatura (1,71 metros). No me sometí a intervención quirúrgica alguna ni fui a un nutricionista. Siempre he detestado el tono de los libros de autoayuda y de la gente que pontifica, pero quiero compartir algunas de las cosas que aprendí durante estos casi cuatro años. Sólo una pequeñísima fracción de las que me quedan por aprender.

Cambio de hábitos. Siempre me ha gustado practicar deportes. Quizás es sólo un placer egoísta como cualquier otro: la sensación que experimento después de terminar una sesión satisfactoria de entrenamiento o de mejorar un cronómetro personal me cae como una droga poderosísima. Lo que no me convierte en modelo para nadie, pues estoy claro en que probablemente compenso otras muchas soledades y carencias emocionales.

Debido a lesiones repetidas (planta del pie, tobillos, rodillas, etcétera), así como a escasa pericia para armonizarlo con el resto de mis actividades diarias, nunca pude ejecutar un plan de ejercicio metódico y constante en el tiempo. En algún momento de estos casi cuatro años, descubrí que había encontrado mis “deportes” ideales: caminatas rápidas y rutas de montaña. Si quería practicarlas bien, necesariamente debía perder peso. Porque si algo he aprendido a la fuerza es que cada kilo que sobra en el cuerpo es un pequeño depósito que se acumula en la cuenta bancaria de una lesión, así como una trasgresión del equilibrio del universo (por lo menos mientras vivamos bajo gravedad). Perder peso era imposible sin modificar mis hábitos alimenticios.

He sido prácticamente vegetariano desde niño, no por razones éticas o religiosas, sino porque la carne me ocasiona repugnancia. Como ocurre con frecuencia en vegetarianos, compensaba mi ansiedad con un consumo irracional de carbohidratos (en parte porque no conocía otras alternativas ante el ataque de hambre de mitad de mañana o final de tarde). Para mí la clave estuvo en aprender que, más que una meta específica de “puntos”, kilos o calorías, lo esencial era modificar mis hábitos con una meta a largo plazo más poderosa que el deseo de atragantarme de pan, galletas o papitas fritas: sentirme bien, lo que abarca digerir y dormir bien. Poco a poco introduje alimentos antes ausentes en mi vida, como frutas, vegetales y sustitutos (naturales o sintéticos) de las proteínas animales.

Caminar es vivir. Es una bendición del cielo haber descubierto el placer de frutas enteras como cambures, piñas, naranjas, manzanas o patillas. Los carbohidratos no han desaparecido de mi vida, ni deberían desaparecer de la de nadie, pero aprendí que existen unos mejores (en nutrición, siempre hay un “mejor que”) y otros que, sobre todo cuando se comen en exceso, se digieren mal y ocasionan pesadez e incomodidades como reflujos gástricos. Un recordatorio que supera la gratificación instantánea y artificial de la tortica o el dulcito.

A toda persona que desee perder peso, le diría que primero se proponga hábitos más sanos. Lo demás llega solo. La alimentación y un plan de actividad física son ambos fundamentales, aunque, al menos en mi caso, la primera tuvo un peso de entre 60 y 70%.

Las claves del cambio. Así como hay alternativas (quizás no tan a la mano ni tan baratas) para las chucherías, al escoger un plan de actividad física las únicas opciones no son trotar o ir a un gimnasio. Lo que diría: 1. Busque algo que le proporcione un mínimo de placer (puede ser caminar, nadar, bailar, hacer yoga, etcétera), pues si lo ve como una tortura, lo va a dejar. 2. No deje la actividad física sólo para el fin de semana: es aconsejable un mínimo de ritmo y continuidad. 3. Consiga una actividad física que pueda armonizar de una manera mínimamente cómoda con su trabajo o estudios, o tarde o temprano la va a dejar.

Documéntese sobre su deporte (Internet es muy buena fuente, si sabe ubicar las páginas serias y confiables) y poco a poco intente “profesionalizarse”. Invierta en atuendos similares a los profesionales de su disciplina: eso le hará sentir más motivado (no le recomendaría, por ejemplo, ir al gimnasio con sus camisetas viejas de fútbol o sostenes de encaje).

En un país tropical, como Venezuela, evite el exceso de ropa: es un mito que eso le hará “rebajar”. Dele prioridad a la comodidad. En casi todo deporte, es recomendable trabajar aparte grupos específicos de músculos: una rutina metódica de abdominales, por ejemplo, es imprescindible para disciplinas de resistencia.

Las sesiones de entrenamiento son la única oportunidad en la semana para escuchar la música que me gusta y escoger esa “banda sonora” se convierte en un ritual sagrado (tengo un disco duro externo de 250 megabytes lleno de mis canciones favoritas). Es bueno ponerle un poco de imaginación y fantasía: con frecuencia me identifico con James Franco en la película 172 horas. Pero espero no perder nunca un brazo.