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Pequeños que brillan

Pequeños que brillan

Pequeños que brillan

Hay talentos que comienzan a manifestarse desde temprano augurando un buen porvenir para quienes los mantienen con tesón. Estos cuatro niños, privilegiados con un don, los viven con pasión y empeño. A su temprana edad Samara Moratinos, Víctor Guerrero, Diego Oquendo y Santiago Rodríguez demuestran la dedicación que les permite sobresalir en ballet, animación, música y fútbol

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Talento ante las cámaras
Diego Oquendo no conoce la palabra timidez. Tenía un año de edad cuando su tío lo animaba a bailar y a escuchar música. Desde Maracaibo llegó a Caracas donde hizo una prueba para el programa Consentidos estrellas de Televen, en el que se destacó entre más de 1.000 niños que en un casting entrevistaron a un muñeco de Winnie the Pooh.
Hoy en día es una de las caras más reconocidas en los pasillos del canal donde saluda con confianza a los animadores como Leonardo Aldana, a quien le gustaría parecerse cuando sea grande. A sus 9 años no titubea sobre su futuro: “Quiero ser licenciado en Comunicación Social”.
Sus padres lo han apoyado en su corta pero fructífera profesión, desde los talleres de actuación con Levy Rossell hasta un próximo curso de dicción.
Oquendo aprovecha las primeras horas del día para estudiar para los exámenes o libretos del programa. “Mi mamá dice que es mejor porque tengo la mente fresca”. Los productores del programa también lo ayudan con las tareas mientras está grabando.  
 “En el colegio es disciplinado y tranquilo pero sobre tarima es otra persona: improvisa, hace chistes, canta. Aunque le den un guion él hace sus ocurrencias, de forma natural”, cuenta su madre Zuleika Oquendo. En sus ratos libres le gusta ver musicales y programas como Los Muppets y High School Musical.
En diciembre acostumbra recolectar juguetes y objetos usados para donarlos a quienes lo necesiten.
Desde ahora anima eventos a beneficencia de los niños con cáncer o con problemas hematológicos, lo que le ha valido reconocimientos de diferentes organizaciones.  Cuando sea grande quiere tener una fundación para ayudar a los niños huérfanos.

Una viola especial

Siguiendo los pasos de su hermana mayor, Víctor Guerrero ingresó a los tres años al núcleo en La Rinconada del Sistema de Orquestas Infantiles. Llegó allí como parte de una terapia para calmar su trastorno de hiperactividad, aunque hoy se destaca por su buen comportamiento. “Atiende a clases, es disciplinado y obediente”, asegura su madre Gladys Rojas.
Tiene siete años tocando viola. Su paso por el Sistema ha sido tan veloz que a pesar de no contar con la edad mínima suena las notas de su instrumento entre los 110 integrantes de la Orquesta Juvenil, dirigida por el profesor Eugenio Briceño. “Él sabe mucho de música. Me aconseja que cada vez tengo que mejorar, estudiar todos los días cinco minutos más y prepararme para las audiciones de otras orquestas”, afirma.  Ha conocido a José Antonio Abreu y a Gustavo Dudamel, quien lo ha aupado a seguir estudiando y mejorando.
Conoce los compositores más grandes de la música como Mozart, Tchaikovsky y Beethoven, pero asegura que le gustan más las obras de Gustav Mahler, que desarrolló su don musical a temprana edad.
 Ahora ensaya La Sinfonía n.° 12 de Shostakovich, sobre todo en el baño de su casa, el lugar en el que prefiere estar con su instrumento. También es común verlo frente a la computadora donde pasa la mayor parte del tiempo escuchando conciertos de música clásica. Cuando no está con su viola, se le puede ver con el DS  o jugando básquet.

En puntillas hacia el éxito
Erguida, siempre está erguida. A sus diez años Samara Moratinos tiene el porte de una bailarina. Comenzó a los 4 años bailando tap, pero al poco tiempo pidió estar en clases de ballet: “El de los tutús”, le dijo a su madre Raquel Dieguez. Su profesora, Nina Novak, bailarina con más de 45 años de experiencia, no tardó en ver sus aptitudes para el baile: oído musical y memoria. “También tiene capacidad de concentración y es muy disciplinada. Hace lo que el maestro dice”, afirma la coreógrafa polaca.
Su talento la ha llevado a bailar en la obra más significativa del Teatro Teresa Carreño, El Cascanueces. También ha interpretado los solos del Hada de la Alegría de La bella durmiente, Corsaria y Coppelia, que se presentó recientemente en la Casa del Artista. “Al bailar frente a un público no te debes distraer para nada porque te olvidas del baile y te pueden salir mal las cosas. Hay gente que se pone nerviosa, pero yo no porque me gusta. Hay niñas que me hacen morisquetas, pero no les hago caso”, recuerda los consejos Moratinos.
Nada del ballet le parece difícil, ni siquiera estar de puntas durante todo el baile o las piruetas, que incluso practica cuando va al supermercado con su mamá.
Un día cualquiera comienza a las 5:00 a. m., cuando empieza a alistarse para su vida escolar. Se destaca en todas las materias pero siente mayor gusto por las matemáticas. “Me gusta sumar y hacer operaciones”. Las tareas las realiza antes de irse a la academia donde pasa hasta tres horas diarias. No hay mucho tiempo para dormir. “No puedo, a veces le pido un poquito de café a la señora Jackeline”, refiriéndose  a la secretaria. Su madre asumió el reto de acompañarla y apoyarla en todas las actividades del ballet, incluso aprendió a hacer lazos y a forrar los tutús a través de tutoriales en Youtube. También la ayuda todos los fines de semana a ponerse al día con las tareas.
Moratinos pasa el año bailando. En vacaciones irá al Ballet de la Mar en Margarita, donde también aprovecha para surfear, otra de las actividades que le atrae. Se prepara, además, para tomar clases de cuatro aunque se inclina más por el hip hop.
Su modelo es la maestra Novak. “Cuando sea grande quiero ser como ella, dar clases y compartir los consejos que me ha dado”. También quiere ser odontóloga.

Un futuro Arango
La sala de su casa es una cancha de fútbol improvisada, con incluso dos arquerías. A los 5 años Santiago Rodríguez le dijo a su mamá: “Arango, Casillas y yo nacimos para jugar fútbol”. Tenía poco más de un año cuando llamó la atención por su forma de llevar el balón con los dos pies. Su abuela y su madre se informaron sobre la academia del Caracas Fútbol Club aun cuando debieron esperar hasta los 4 años, la edad exigida por el club de balompié más importante del país. Actualmente Rodríguez juega en la categoría Compoticas, en la que ha llamado la atención del futbolista profesional y entrenador Antonio “Niño” Mora. En su primer Campeonato Intercolegial marcó siete goles y en la escuela sus compañeros se disputan por tenerlo en su equipo a la hora de un partido. Prefiere ser mediocampista porque juega casi todas las posiciones.
Sus ojos brillan cuando habla de la Vinotinto y de la forma de jugar de Juan Arango, a quien le gustaría parecerse al crecer. Habla de los resultados de la Copa Mundial con la experticia de un comentarista profesional y aprendió los colores de la bandera y la ubicación de los países a través del evento deportivo en Brasil.
Su familia, en especial su abuela, han aprendido todo sobre esta disciplina desde que está en el equipo. Lo acompañan a los entrenamientos y a los partidos, la mayoría los fines de semana. “Antes lloraba mucho si perdían o no lograba un gol. Hoy en día lo acepta y, si alguien le recuerda que perdieron, él contesta: ‘Pero jugamos muy bien”, afirma su abuela  Ana de Ramos.
Sus jugadores favoritos son su hermano menor y su primo. A su edad, asegura que quiere tener nueve hijos para formar su propio equipo de fútbol.