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Parejas unidas por los buenos sabores

Rosermy Viloria y Brian Van den Broucke | Foto: Cortesía Efrén Hernández

Rosermy Viloria y Brian Van den Broucke | Foto: Cortesía Efrén Hernández

En ellos se conjuga la alquimia de quienes no solo se quieren: además están conectados por el rico y férreo vínculo del gusto por la buena mesa. Cada una de estas parejas ha levantado familias y propuestas gastronómicas que se celebran. En todas se transmite la calidez de lo elaborado desde la pasión mutua. Aquí comparten la receta de cómo lo han logrado  

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Los buenos sabores de Mariana y Edgar

Cuando Mariana Montero y Edgar Leal rehacen las historias de sus primeros encuentros, terminan por reírse de los vacíos que cada uno completa con matices de su propia versión. Si algo queda claro es que, aunque en detalles no coinciden, a esta pareja de talentosos cocineros los vincula no solo el amor compartido, una familia, una historia de buenos sabores y un periplo junto al calor de las exigencias de la cocina: también el sentido del humor que conjura cualquier inquietud.

Según la memoria de Leal, ella vestía una falda cuando a los 16 años buscó trabajo en el restaurante Ara que él comandaba en Caracas. Ella se desternilla de la risa y asegura que de ninguna manera hubiese ido con ese atuendo a la entrevista. Lo cierto es que en aquel reconocido restaurante caraqueño, en 1998, comenzaron a trabajar juntos, ella haciendo sus pasantías y él dirigiendo las cocinas. En ese momento tenían la afinidad de los buenos amigos.

Ella se fue a estudiar a Francia y volvió. Él, a abrir en Estados Unidos el restaurante Zur. Cuando estaba por inaugurar Cacao en Miami, vino de visita a Venezuela. Coincidieron en una cena de Bodegas Pomar.  Seis meses después empezaban una historia de sabores compartidos. En enero ella llegó allí y, sin escalas, comenzaron el exigente periplo de levantar ese restaurante, que luego recibió los mejores elogios de la prensa especializada. En febrero se casaron. Al año tuvieron su primer hijo. Todavía se ríen al recordar que al poco tiempo de vivir juntos, el sommelier de Cacao y amigo de Leal se quedó sin apartamento y lo recibieron como parte de la familia.  

En Caracas y al regreso emprendieron el reto de apostar por el restaurante Leal en Las Mercedes y luego Leal Bar. “Siempre hemos trabajado juntos”, afirma él. “No me dejan independizarme”, bromea ella.  Se regalan la mirada de la gente que se quiere, se ríen de nuevo y Leal resume. “Nos va bien en el amor y siempre nos reímos mucho”. A Montero le encantan los caramelos de queso emmental que Leal prepara.  A él la pierna de cordero que hace su esposa.  Aunque en el día a día les toque comer apurados, en casa coinciden  alrededor de las parrillas en las que él se esmera ante el fuego mientras ella y su familia de mujeres con buena sazón, surten con la destreza de quienes saben que el corazón de los hogares suele estar en las mesas.    

El secreto tras 40 años con gusto

 “Vayan ustedes, qué fastidio. ¡Ya no voy más de lamparita!”. Felicia Santana, de 17 años de edad, estaba harta de salir con la misma pareja de amigos tórtolos a todas partes. Los enamorados decidieron invitar a otro amigo y salieron los cuatro a una discoteca. “La verdad es que él me cayó medio pesado. Como estaba oscuro, empezó a inventar que yo lo estaba agarrando”. Él —Alejandro Sanoja, entonces de 20 años, a la postre su esposo desde 1976— responde con picardía: “Era verdad”. Ella replica: “¿Ves lo que te digo? ¡Claro que no!”. Tres años después se casaron. Y otros tres años más tarde, llegaron los hijos. Primero, una niña; luego, un varón. Sanoja era gerente de ventas de una empresa de alimentos. Santana era psicopedagoga y trabajaba como maestra de niños especiales, pero siempre le gustó la cocina.

Por eso, cuando los hijos crecieron y se fueron de la casa y la jubilación de ambos se acercaba, decidieron remodelar sus vidas. “Pensamos en poner un restaurante pequeñito para que Felicia cocinara, más para pasar el rato y recibir a los amigos”, señala él. Así, en 2006 abrieron Hajillo’s, un restaurante de comida venezolana en El Hatillo que en 2012 se ganó el premio Armando Scannone de la Academia Venezolana de Gastronomía. “Nunca nos imaginamos que la acogida iba a ser tan positiva”, confiesa la chef. Ella se encarga de los fogones y él de la administración. “No nos saturamos trabajando juntos porque en el negocio nos vemos muy poco. Cuando más nos disfrutamos es cuando salimos de viaje”. Dos o tres veces al año deciden un destino diferente, siempre con una lista conjunta de restaurantes para agasajar el paladar.

Ella intuye que él tiene una estrategia. “Es muy detallista. En todo el tiempo que llevamos casados, nunca ha pasado un día en que yo cocine y él no tenga algo bueno que decir de mi comida. Hace poco fuimos a visitar a mi hijo e hice un arroz con mango que preparo desde hace años. Alejo me dijo: ‘Este es el mejor arroz con mango que has hecho’. ¡Cómo va a ser, si es el mismo que llevas comiendo desde que nos casamos!”. Para Sanoja, el truco de cumplir casi 40 años de matrimonio es ser paciente y tolerante. “El matrimonio es como una cuerda: si halas demasiado para tu lado, se rompe. A veces, aunque uno crea que tiene la razón, tiene que ceder, relajarse y apoyarse mutuamente”. Quizás el verdadero truco de esta dicha marital se revela después. “Yo siempre friego. Todos los días. Ella no tiene ni que pedírmelo. Si hay un plato sucio, yo lo lavo”.

El amor de Xinia y Peter

A los 16 años, Xinia Camacho conoció a Peter —un joven alemán once años mayor que ella—, se enamoró perdidamente de él y apostó por una temeraria determinación. “Decidí aprender a cocinar para lograr que a él le gustaran más mis platos que los de su mamá y me amara más a mí que a ella”.  El reto no solo era complicado por la contendora que eligió. Además, porque en ese entonces Camacho no sabía cocinar, pero quien la conoce sabe que esta mujer determinada y tenaz haría realidad su propósito. No solo aprendió a cocinar deliciosamente. Además, junto con Peter, levantaría una posada en La Mucuy, Mérida, donde esos sabores compartidos son parte esencial de la seducción. A estas alturas de la vida celebran con el embeleso de enamorados, que acaban de cumplir 48 años de feliz matrimonio. Quienes los conocen no dejan de admirarse de ese amor sin fisuras que siempre se prodigan.

Se casaron a los nueve meses de conocerse. Al año tuvieron su primer hijo, y desde el inicio Camacho se empeñó en la determinación que asumió como compromiso. “Decidí que iba a aprender a cocinar de todo. Quería complacerlo a él que es un gran gourmet. Comencé a preguntar, a desarrollar mi sentido del olfato y el gusto”. En algún momento escuchó una advertencia de su suegra que sumó a su desafío. “Me dijo que no le preparara conejo, que a él no le gustaba.  Años después logré que el conejo en salsa de uvas fuera su plato predilecto”.

Como quien escala una montaña y recuerda cuando llegó a la cima, rememora que luego de 10 años de casados él le comentó que un plato de repollo morado con receta alemana le quedaba mejor que a su mamá. “No sé si es que había olvidado el que ella preparaba o si de verdad le gustó más. Lo cierto es que logré que se enamorara más de mí gracias a mi cocina”.  “Ella es fenomenal”, dice Peter. “Con él yo aprendí todo de del buen comer”, dice ella. Esa feliz conjunción se celebra en la calidez de la posada que regentan en Mérida, el lugar de Venezuela que eligieron para vivir hace 30 años. Allí, de una cocina amplia y generosa, salen los platos que han elaborado juntos para quienes tienen la dicha de degustar sus buenas mesas.    

El chocolate que los une

El chocolate lo trajo hasta aquí. Brian Van den Broucke llegó por primera vez a Venezuela para colaborar con su madre en La Praline Chocolatier, la suculenta chocolatería familiar apostada en Los Palos Grandes. Aquí conoció a Rosermy Viloria, estudiante de Medicina. “Ambos teníamos mucha pasión por la cocina”, explica ella. Ya llevan 15 años juntos. Se casaron hace 12 y tienen 10 como dupla de labores. “Durante varios años estuvimos viajando por el mundo mientras Brian estudiaba y trabajaba como chocolatero. Fueron tiempos muy divertidos. Cuando llegábamos a un nuevo país, empezábamos una nueva vida. Trabajar juntos fue algo tan espontáneo que nunca pensamos en hacerlo de otra manera y creo que hemos hecho un buen equipo”.

Él, de origen belga, es el creativo y se encarga del taller y la producción. Ella aporta organización al frente de las ventas y la administración. “Trabajar con tu pareja tiene muchas ventajas, pero también sus desventajas: cada uno tiene tanto trabajo como el otro, y cuando queremos salir de vacaciones, tenemos que planearlo muy bien”, dice él. Aun así, aseguran que ser pareja puede ser una base sólida para un negocio exitoso. “Da estabilidad, confianza y metas comunes, pero es muy importante saber separar el trabajo de la casa. Para lograrlo estipulamos reuniones y cuando estamos en familia no hablamos de eso”.

En casa también conducen otra empresa en común: la crianza de dos hijos. “A ellos les encanta venir a la chocolatería y ayudarnos en la tienda o el atelier preparando bombones. En este momento de sus vidas, si les preguntamos qué quieren hacer cuando sean grandes, responden sin dudar: ¡chocolateros! Nos limitamos a darles la mejor educación posible para que luego puedan escoger qué van a hacer, pero igual nos sentiríamos muy orgullosos si quisieran ser la tercera generación de bomboneros”.

Si los bombones son un regalo clásico en fechas importantes para casi todas las parejas, ¿qué se obsequia entonces un matrimonio que gerencia una chocolatería? “Lastimosamente no podemos regalarnos bombones entre nosotros... Sería una gran solución”, asegura Van den Broucke. “En muchas oportunidades les he tenido envidia a nuestros clientes. En cambio, yo nunca sé qué tengo que regalarle a Rosermy”. De cualquier modo, el vínculo dulce sigue incólume. “El chocolate es nuestra pasión. Es gran parte de lo que somos. Para nuestros hijos, el aroma a chocolate es el de su hogar”.