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Padres de canciones

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Le han puesto letra y melodía a temas indelebles en la memoria. Crear historias sonoras en las que otros logran reconocerse es su mayor talento. Chelique Sarabia, Henry Martínez y José “Pollo” Sifontes comparten las historias detrás de sus hijas musicales 

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Henry Martínez no perdonaba ninguno de los discos que su papá llevaba a su casa en Maracay. Daba igual que fuesen de Xavier Cugat, Cole Porter, Elvis Presley, Billo’s Caracas Boys o Edith Piaf. “Todo lo escuchaba. Comencé con el cuatro a los 7 años con uno de mis hermanos, a componer desde los 9 y aprendí guitarra con un amigo que tocaba música brasilera. Cuando escuché por primera vez el disco Dinner in Caracas, de Aldemaro Romero, fue como una revelación”. Fue amañándose en la sutileza de la guitarra acompañante, conoció a Luis Laguna y participó en serenatas con músicos mayores. “Así fui aprendiendo música popular, amenizando boleros, pero con otro tipo de acordes. Eso me diferenció un poco porque en esa época la mayoría se formaba con rock”.

A los 16, Martínez entró a estudiar Medicina en la UCV. Allí, un amigo brasilero terminó de alimentar su afición por esas sonoridades. Se adentró en la música instrumental venezolana y en 1968 compuso “Criollísima”, melodía que más adelante casó con los versos de Luis Laguna y que sería interpretada por Paul Mauriat, Ilan Chester y otros. Poco a poco comenzó a atreverse con letras propias. Tras integrar las filas del grupo Venezuela 4, Jesús Sevillano lo invitó a tocar con él y terminó convirtiéndose en director de sus músicos por casi dos décadas. Luego condujo a los de Lilia Vera. “Fue una gran oportunidad para hacer trabajo de campo como compositor, para entender la rítmica y la lírica de distintas regiones. Era una época en la que a todos nos importaba mucho la realidad política y social. Hacíamos festivales con Alí Primera; nos íbamos de gira con Mercedes Sosa, Joan Manuel Serrat, Violeta Parra”.

De esa sensibilidad acumulada nacerían temas como “Oriente es de otro color”, “A tu regreso”, “Venme a buscar”, “Sentida canción”, “Él me dijo que yo” y “Besos de naturaleza”. “Hay compositores a los que no les gusta decir de dónde provienen sus canciones. Las mías vienen de todo lo que he escuchado y suelen tener un dejo de tristeza o desamor. Una parte suele ser ficción y la otra puede tener algo de realidad”. Cuando la disquera Warner lo contrató como compositor después de trabajar en Sonográfica, creó con Fernando Osorio temas para Marc Anthony, Jerry Rivera y Frankie Negrón. No obstante, Martínez reconoce la particularidad de que 90% de sus piezas han sido interpretadas por mujeres: Nancy Toro, María Teresa Chacín, Esperanza Márquez, Morella Muñoz, Soledad Bravo, Cecilia Todd, Lilia Vera, Ofelia del Rosal, Biella Da Costa y Luz Marina, entre otras.

“Fui afortunado de que ellas se sintieran cómodas interpretándolas. En cambio las que escribo para mí tienen ángulos masculinos. Es un reto plasmar esa diferencia en la que unas y otros expresan sus intensidades, sus rabias, sus esperanzas sobre una relación”. Admite que algunas de esas amistades se han enfriado ante diferencias políticas notorias. “Ya no compartimos como antes porque pensamos de otra manera. Yo creo en un país que necesita salir adelante, y ese es el costo que hay que pagar”.

Por el momento está tranquilo. No compone tanto como antes. Está dedicado a escribir poesía y cuentos, aunque cuando le piden una canción se confiesa más riguroso que nunca. “Soy de los que se sienta con un diccionario a buscar una palabra hasta que suene bien. No me doy cuartel porque pretendo que eso trascienda, enganche y a la vez tenga una estructura fresca, novedosa”. Si con los años encuentra algún modo de mejorar las letras, se permite modificarlas. Sabe que desde la madurez y la experiencia siempre pueden contarse las cosas con más tino. “Hay gente que no las toca más, pero a mí me gusta que mis canciones se sientan vivas, se muevan. Lo rígido es lo que está muerto”.

 

Crisol de influencias

 Cuando el año pasado recibió la noticia de que iban a entregarle un Grammy honorífico, Chelique Sarabia no entendía nada. “Uno trabaja todos los días y no se da mucha cuenta de lo que logra. ¿Tan importante es lo que yo he hecho? Cuando puse todo junto, me di cuenta de que sí, que había hecho alguito”, dice risueño. “Fui a la gala con un liquiliqui, que nunca deja mal a nadie. Veía ese salón lleno de celebridades que me saludaban con aquella deferencia, y pensaba: ¿Cómo llegué aquí?”.

Nacido en Margarita, criado entre la isla y el campo petrolero de San Tomé, en Anzoátegui, Sarabia comenzó a componer desde los 9 años. “Tuve grandes maestros que eran dirigentes políticos, ocultos del régimen de Pérez Jiménez. Eso nos dio una visión muy amplia no solo de la educación, sino de la vida”. Con un padre que sabía tocar cuatro y una madre con dotes para la poesía, el pequeño José Enrique garabateaba sus versos en un cuaderno secreto. “Sabía que si mi papá me lo encontraba, como en efecto pasó, me iba a regañar por andar en eso en vez de estudiar (risas). Crecí con un crisol de muchas influencias: el jazz y el blues de los amigos gringos, las rancheras de moda, la música llanera y la guayanesa, que las teníamos al lado”.

Tras la muerte de su madre, aunque soñaba con ser director de una gran orquesta como la de Ray Conniff, Sarabia debió estudiar en la Escuela Técnica Industrial de Caracas. Tenía 15 años. Solo y enguayabado por una chica que quedó atrás, compuso una canción que tituló como una cinta de Libertad Lamarque y Pedro Infante. “Ansiedad” es el tema que más satisfacciones le ha brindado, con más de 800 versiones en todo el mundo. ¿Qué hace que una canción sea un hit? “Ni idea. Si supiera el truco escribiría un éxito al mes. Quizás lo que pasó con ‘Ansiedad’ es que es un tema reconocible. ¿Quién no ha tenido ganas de abrazar a alguien y caerle a besos? Lo que hice fue decirlo de manera melódica y poética pero sencilla”.

El Himno a Caracas lleva su letra. A su lista se suman “Chinita de Maracaibo”, “En este país”, “Cuando no sé de ti”, “No te muerdas los labios”, “Marinero” y “Perdido en la distancia”. “En este país’ me la encargó Renny Ottolina: él decía que aquí la gente solo usa esa frase con un sentido peyorativo y quería que se aprovechara para decir algo positivo de Venezuela”. En sus programas, Sarabia supo dar a conocer a un amplio espectro de talentos, desde José Luis Rodríguez –a quien sugirió como reemplazo de Felipe Pirela en la Billo’s–, Cherry Navarro, Rosa Virginia y María Teresa Chacín y Henry Stephen hasta Guaco. Suscribe que crear es 95% trabajo y 5% inspiración. ¿Sintió más presión después de “Ansiedad”? “No. Uno no crea anclado en el pasado, pero en cierto modo es una responsabilidad: uno no se puede dar el lujo de defraudar haciendo cosas mediocres ni escribiendo pendejadas”.

¿Qué opinión le merecen las letras de ahora? “Cuando empecé, la música se hacía para sentir de la cintura para arriba, para estimular el corazón, el intelecto. Ahora está pensada de la cintura para abajo. Igual pienso que es cíclica pero evolutiva. Lo que hace 30 años estuvo de moda, siempre puede volver con un añadido. Es cuestión de gustos. Yo opté por no criticar; cada quien la hace como la siente, como la hice en mi momento”. Apunta que en la música venezolana lo que hoy predomina es el virtuosismo en la ejecución de los instrumentos. “Cuando sepamos ver más allá de eso, llegará el día en que nuestra propuesta se convierta en un fenómeno transcultural importante, como viene pasando en Colombia con Carlos Vives, Fonseca, Juanes, Shakira. De aquí a 20 años, me gustaría ver nuestro auge por un huequito”.

Hoy lidera la gerencia de Identidad, Cultura y Educación Ciudadana en Lechería y es uno de los nominados 2016 para entrar al Latin Songwriters Hall of Fame. Artífice de una larga carrera publicitaria en la que ideó jingles, slogans y campañas políticas, aún no se considera compositor. “Beethoven sí. Yo soy un hacedor de canciones y lo que se me da es crear. Espero seguir soñando y disfrutando la vida hasta que Dios decida que debo soñarla en otra parte”. En 2015 cantó con Paloma San Basilio en Miami y hace un mes la Orquesta Filarmónica Latinoamericana de Houston le rindió un tributo en el que participó. “Por lo menos me siguen saliendo tigritos buenos”.

 

Anhelos cumplidos

“Estaba enamorado solo. Ella no me paraba”, confiesa José “Pollo” Sifontes. De aquella indiferencia con la que lo trataba su hoy esposa, la cantautora Raquel Castaños, nacieron los versos de “Anhelante”. Resultó que conformarse con verla, aunque fuese un instante, terminaría prodigándole muchísimas más alegrías que frustraciones.

Su primer juguete fue un picó. “Mi mamá era melómana y en mi casa se escuchaba a Lucho Gatica, Alfredo Sadel, Aldemaro Romero. Cuando tenía 7 u 8 años empecé a escribir sobre los temas que le interesan a un niño a esa edad: el amor a tu mamá, a la naturaleza, a las cosas que te rodean”. Su primer éxito germinó a los 12, cuando escribió un vals llamado “Ciudad Bolívar” que adoptó Serenata Guayanesa y que se convirtió en emblema de esa ciudad, pues una emisora de radio local lo reproducía al abrir y cerrar las emisiones diarias. “Poco tiempo después, Luis Alfonzo Larrain, el fundador de Sacven, me invitó a formar parte de la junta directiva como secretario y me pareció un honor. Admiraba a mucha gente que fui conociendo poco a poco, que me enseñó muchas cosas y que luego se convirtieron en grandes amigos, como Aldemaro Romero y Chelique Sarabia, que terminó casado con mi hermana. En ese tiempo, la gente creía que el compositor de ‘Ciudad Bolívar’ era un señor mayor y se quedaban locos porque era un pavo de pelo largo”.

Con los años llegaría aquella muchacha que no le hacía caso, suspirada en una canción que le ofreció a Gualberto Ibarreto. “Necesitaba temas y le llevé merengues y guasas, pero también le mostré ‘Quisiera’ y ‘Anhelante’. Se enamoró de la primera y me devolvió la segunda. Le pareció muy bella pero también muy complicada para tocarla en el cuatro porque tiene modulaciones que son poco comunes”. Los músicos de Ibarreto insistieron tanto en incluirla que Sifontes tocó el instrumento en la grabación. Aunque se grabó en el lado B del disco promocional, un famoso locutor de Radio Tropical la puso en rotación. “A la gente le llamó la atención porque fue esa transición de Gualberto como cantante de música folklórica a un estilo más romántico”. Los premios de composición le llovieron. “Todo lo que terminaba en ‘de Oro’ me lo gané”, relata divertido. Hasta hoy la han interpretado no solo los cantantes del patio, sino estrellas como Marco Antonio Muñiz, Vicki Carr y Gilberto Santa Rosa. “Es una canción que me marcó la vida y me abrió muchas puertas”.

“Tu ternura” y “Cuando era niño”

–tema que envió a la OTI con la voz de Delia Dorta– son otros de sus clásicos. ¿Qué hace que una composición sea realmente buena? “Debe ser original en su línea melódica, en la forma de usar el verbo, de combinar las palabras. Yo he usado términos que no existen como cantío, por ejemplo, que me sonaba bien para lo que quería decir”. Esa habilidad lo sumó al grupo Los Cuñaos, conocido por su participación en comerciales y con en el que aprendió a defenderse en el canto polifónico. “Aldemaro siempre me dijo que yo debía cantar mis propias temas y nunca le hice caso porque no me sentía cómodo, pero hace tres años decidí grabar un disco propio que espero lanzar muy pronto, con temas casi todos inéditos. Ya me acepté como cantante. Siento que él será como mi productor en el cielo”. Una extensa carrera como compositor de jingles y música para televisión también figuran en su hoja de vida. Componer bandas sonoras para películas es un deseo pendiente.

Suele crear después de la medianoche. “A estas alturas es un oficio. Todos los días me siento solo o con Raquel frente al piano y creamos algo. A veces hay periodos en los que no te sale nada, pero lo básico es desarrollar una historia”. Considera que Venezuela es una impresionante cantera de talentos en este aspecto. Como parte del jurado que otorga los premios Pepsi Music, da fe del potencial de los nuevos artistas. “Cuando uno acude a las Noches de Guataca o escucha lo que están haciendo estos muchachos, todos los años se siente que hay una evolución musical. Laura Guevara es una cantautora formidable, proyecta muchas emociones. Admiro mucho a Nacho, me parece un creativo maravilloso dentro y fuera de la música urbana. Víctor Drija  también tiene un talentazo que se pierde de vista”, ilustra. Mientras tanto, se pone a la orden desde la directiva de Sacven. “Hay muchos proyectos para ayudar y beneficiar a los creadores. Si me necesitan, allí estoy”.