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Nacidos para restaurar

Locos por los autos / Cortesía History Channel

Locos por los autos / Cortesía History Channel

Cuando se trata de antiguas máquinas rotas, oxidadas o inservibles, devolverlas a la vida en brillo y función sin deshonrarlas es un talento poco común. Rick Dale y Danny Koker, de los shows Los restauradores y Locos por los autos transmitidos por History Channel, resucitan no sólo estas piezas maltrechas, sino también los buenos recuerdos que estos objetos evocan en sus dueños. Todo en Domingo visitó sus talleres en Las Vegas para indagar qué los convirtió en expertos fuera de serie

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En el taller de Rick Dale en Las Vegas hay decenas de mesas con ruedas, objetos desbaratados para restaurar y una regla fundamental: lo que haya sobre una mesa no puede nunca, ni en sueños, jamás, mudarse a otra. “Rodamos completa cada mesa porque contiene todo un proyecto. Si mudas las piezas, se pierden o las confundes, una sola pieza faltante de un objeto tan viejo te puede arruinar la vida. Ya eso lo aprendimos”, dice jocoso.

Entre cajas registradoras antiguas y bicicletas de los años cincuenta, no hay duda de que Dale está en su elemento. Muestra orgulloso el cuarto de desarme, el de soldadura, el de pintura, el de ensamblaje. Saluda a turistas deslumbrados que vinieron a conocerlo. Enseña la pick-up Ford de los años cincuenta que le regaló a su hijo y el patio de cachivaches donde recibe y entrega los proyectos de su programa de televisión, Los restauradores, transmitido por History Channel.

Dale aprendió las destrezas que le han dado fama con su padre, un mecánico que pasó por el Ejército y que trabajaba en una compañía de electricidad. “Siempre pensé que yo había sido autodidacta, pero cuando salió el show y la gente empezó a preguntarme cosas, descubrí que él me lo había enseñado todo”, explica. “Todo lo que tuve siempre fue viejo y lo arreglaba para poder usarlo. Empecé con una bicicleta que él me regaló y después seguí con karts, motos, carros, barcos, edificios. Mi padre era capaz de hacer todo eso. Nunca le pagó a nadie para que le arreglara nada. Así aprendí”. Cuando Dale abandonó en 1983 el negocio de la excavación y empezó formalmente en el de la restauración, recorría el país para comprar artículos desvencijados, los remozaba y luego los revendía en mercados de pulgas y ferias de antigüedades. Su especialidad eran viejas máquinas de refrescos y bombas de gasolina. Empezó a cansarse, pero cuando comenzó a figurar como experto invitado en el programa El precio de la historia, lo convencieron de tener su propio show.

Pronto se dio cuenta de que se estaba metiendo en camisa de once varas, pero también empezaron a llegarle objetos que tenían significado. “Me traían piezas que un bisabuelo les había regalado o que era lo único que les había quedado de un pariente y que estaban rotas, decrépitas, sin vida. Yo las restauraba y no me estaba percatando de que eso que estaba haciendo significaba algo: cuando esos clientes recibían ese objeto arreglado y lindo, en realidad les estaba devolviendo algo a sus vidas, un recuerdo”.

Al principio se asombraba con las emotivas reacciones que obtenía. “Pero me sentía tan bien...…Ahí me di cuenta de que este negocio no se había terminado para mí. Antes me apasionaba lo que hacía pero ahora realmente lo amo, y que a la gente también le apasione lo completa. Es un honor enorme”, asegura.

Hoy en día enfoca su negocio al revés. “Ser capaz de devolver algo y ayudar a la gente es más importante que el dinero. Ahora mi objetivo es hacerlos llorar de la emoción”, dice cándido. Su show levanta tantas pasiones que tras la primera temporada, grabada en su casa, los curiosos saltaban a su patio a medianoche para ver en qué estaba trabajando.

Desde entonces abrió el local donde trabaja y recibe a las visitas. “No cobramos nada por venir a conocer el taller y a mí me gusta saludar, tomarme fotos, mostrar lo que hacemos. Me gusta retribuir ese aprecio”. En una temporada de su programa se trabajan 52 proyectos: mientras se graba un episodio, ya están trabajando en otros 10. Los proyectos que llegan por el negocio como tal son 20 más. Por eso tuvieron que aprender a organizarse. 

Es su esposa quien calcula el costo de restauración de un objeto de su show: él prefiere sorprenderse ante la cámara y determinar en el momento qué hacerle. “Creo que eso ayuda a hacer mejor televisión y me ayuda a mí también a ser normal”. Una de sus metas es enseñar. “Hay niños que ven el programa y dejan de lado los videojuegos para tratar de arreglar cosas porque les parece cool. Me gustaría abrir unas clases para enseñarles cómo hacerlo. Hacer DVD para que la gente pueda restaurar en sus casas. Darle clases gratuitas a gente de bajos recursos para que puedan aprender algo y sacarle provecho”, asegura. “Es increíble poder darle algo a alguien”.

El conde de las ruedas

Visitar el taller de Danny “el Conde” Koker y verlo hablar de sus carros y sus motos es lo más parecido a ver a un niño de 7 años de edad que enseña sus juguetes nuevos la mañana de un 25 de diciembre. La pinta dura de rockero comegato o de pandillero grandulón pasa a un segundo plano cuando Koker serpentea con entusiasmo entre Ferraris, Mercedes Benz, Cobras y hasta una carroza fúnebre que convirtió en una divertida limosina gótica, con todo y asientos de terciopelo rojo. “Este Cadillac es de mi mamá”, revela frente a un convertible turquesa.

Tiene una colección de 58 carros y 78 motos, casi todos guardados en este inmenso galpón de Las Vegas. Le cuesta dejar de comprar los carros que lo cautivan. Es una adicción intensa y confesa. “A todos los manejo dependiendo de qué clima haga o de para qué lo necesite. ¿Para qué te sirve tener tantos vehículos increíbles si no los ruedas? Para eso se hicieron. Hay que disfrutarlos”.

Su taller de restauración y personalización de carros y motos, Count's Kustoms, es su forma de capitalizar esta pasión desmedida. Ésa que le fabricó al cantante Ozzy Osbourne una moto cubierta de cruces y con incrustaciones de rubíes. Ésa que mezcla las líneas de un automóvil con las entrañas de otro en una mutación creativa. “Mi papá me inició en este mundo y muchos familiares han trabajado en casas automotrices en Detroit; es algo que me hechizó desde muy niño”. ¿Qué peso tienen sus clientes en las intervenciones que les hace a los vehículos que le entregan? “Hay quienes vienen con requerimientos específicos, y si eso encaja con lo que me gusta hacer, bien. Si no, hablo con ellos para ponernos de acuerdo. Para aceptar un proyecto, tengo que amarlo. Mis clientes favoritos son los que te dan la llave y te dicen: ‘Haz lo que tú quieras. Que sea rápido, suene duro y se vea bonito”, dice risueño.

¿Cómo lidia con los puristas que ven su trabajo como un sacrilegio? “Hay dueños que quieren que su auto se vea tal y como cuando salió de la fábrica y eso lo respeto. Hay carros que considero que sí deberían restaurarse así, pero mi pasión es personalizarlos a mi estilo”. Hace poco remozó una camioneta Ford de 1953 con el motor de un Corvette. “Siempre hay quien dice ‘no puedo creer que hayas hecho eso', pero los dueños iban a usar esa camioneta para viajar; necesitaban algo confiable y con suficientes caballos de fuerza para halar un tráiler. Ponerle un motor Ford hubiera costado el doble y quise ofrecerles lo mejor que pudiera por su dinero”. Cuando se trata de un carro personalizado, no hay reglas para él.

Koker supone que su show es popular porque la gente puede identificarse con él. “Casi todas las familias han tenido un carro y son objetos que evocan recuerdos especiales”, explica. “No es sobre cómo reconstruir tu carburador. Hay televidentes que preguntan  por qué no ponemos más procesos, pero lo importante es que sea un programa entretenido”. Aunque entiende el furor que desató la saga cinematográfica de Fast and the Furious, no se identifica con ella. Su show, explica, no es de tuning. “El término tuning viene de conectar una laptop en carros más recientes y reprogramar su dinámica, y también cambiarle cosas como los rines, la suspensión, etc. Yo soy de la vieja escuela y trabajo con carros más antiguos; si no puedo arreglar algo con un destornillador, no quiero tocarlo. No soy un tuner. Restauro y personalizo, pero me pierdo en todo el asunto computarizado”.

¿Considera que los carros tienen alma propia? “Absolutamente. Creo tanto en eso que van a pensar que soy raro, pero lo creo sobre todo con los antiguos. Cuando llega un proyecto y estoy pensando en qué hacer con él, cierro la puerta, pongo música y paso tiempo a solas con ese vehículo. Me siento a verlo y trato de escucharlo. ¿Qué quiere ser? Veo las líneas, cómo se asienta, cómo puedo mejorarlo y realzarlo”.

Además de reparar recientemente un Mercedes Benz que perteneció a Bob Marley, uno de sus proyectos más sentidos fue recuperar un vehículo desaparecido del fallecido cantante Barry White.“Su viuda es mi amiga y me dijo que iba a hacer cualquier cosa para conseguirlo, porque fue el último auto que él tuvo. Yo lo ubiqué, lo compré, lo restauré y se lo devolví. Fue muy emotivo”, confiesa. “Otro fue una moto para un hombre que estaba en silla de ruedas; verlo volver a manejar fue muy especial. También tuvimos una pareja en la que la esposa tenía cáncer de mama y querían restaurar un carro que ella le había regalado a su marido. El plan es que cuando ella estuviera sana iban a viajar en él. Por suerte ya se recuperó, pero arreglar ese carro mientras ella estaba en esa lucha...…Son cosas que van más allá de restaurar una máquina”, reflexiona. “De algún modo se trata también de las vidas de sus dueños, de sus corazones”.

Locos por los autos

Danny “el Conde” Koker es la estrella de Locos por los autos (Counting Cars). Este mecánico y coleccionista compra, restaura y personaliza carros clásicos y motocicletas en su taller Count’s Kustoms. Thunderbirds, Corvettes, Mustangs, Lamborghinis y otros vehículos de culto recuperan su rugido con una nueva imagen tras ser intervenidos por Koker y su talentoso equipo, quienes los repotencian con un estilo propio –tanto mecánico como estético– mientras comparten con el público sus conocimientos sobre estas joyas del asfalto. Los nuevos episodios de su show se transmiten en History Channel todos los jueves a las 10:30 p. m.

Los restauradores

Desde que reparó su primera bicicleta a los 9 años, Rick Dale ha hecho de la restauración su forma de vida. Antiguas ruletas de casino, caballitos de madera, rocolas, estufas, dispensadores de chicle, lámparas, neveras y tractores son algunas de las piezas vintage que recuperan entre sus diestras manos el lustre perdido. Junto con su hermano Ron, su hijo Tyler, su esposa Kelly y su hijastro Brettly, Dale enseña a los televidentes la historia y el valor de estos objetos al remozarlos desde su tienda-taller, Rick’s Restorations. Su serie –cuyo nombre original es American Restoration– estrena episodios los miércoles a las 10:30 p. m. en History Channel.