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¿Le tiene miedo a las inyecciones?

Inyección

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El temor que se asocia a las agujas puede derivar en problemas de salud desatendidos y otros riesgos de cuidado a largo plazo. Dos expertos revelan de dónde nace esta aprensión y cómo canalizarla

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Simpáticas no son. Sutiles tampoco. Pero las agujas son un mal necesario que hay que enfrentar cada cierto tiempo, ya sea para analizar la salud general o para recibir una vacuna o tratamiento. “Hay mucha gente que por miedo a las inyecciones se inhibe de tomar medidas precisas para su salud, pero son muchos los problemas que pueden prevenirse o aliviarse a partir de esos pocos segundos de incomodidad”, explica Gilberto Aldana, presidente de la Sociedad y Fundación Venezolana de Psicología de la Salud. “Es humano sentirse vulnerable porque se trata de una técnica invasiva con un objeto punzopenetrante. La cuestión está en saber cómo manejar esa ansiedad”.

Ana Rosario Contreras, presidenta del Colegio de Enfermeras de Caracas, coincide. “Decir que una inyección no duele nada es mentira: cuando la aguja atraviesa la piel y la fibra muscular, genera dolor, pero la forma en la que una persona afronta esa inyección también influye. Cuando el paciente está lo más relajado posible, la molestia tiende a ser menor porque la aguja encuentra menos resistencia. En cambio, si el músculo está contraído, el dolor se magnifica”.

Miedos inoculados. Una mala experiencia con una punción puede ser la base de un trauma prolongado. “Por eso es esencial que los padres y maestros procuren no alimentar asociaciones negativas innecesarias desde temprana edad. Hay papás que les dicen a sus niños que si se portan mal los van a puyar o que si se mueven durante la inyección se les va a partir la aguja adentro. Eso, lejos de facilitar la experiencia, acentúa el miedo”, indica el psicólogo Aldana. Recurrir al machismo para prohibirle a un niño que llore o se exprese tampoco es buena idea. “O decir que un hombre es menos hombre si se deja inyectar en un glúteo es transmitir otro mensaje potencialmente perjudicial. Lo más sano que pueden ofrecer los padres es apoyo y contención”. ¿Hay que advertirle al niño que puede doler? “Si se trata de la primera vez, tal vez no hay que ser tan explicativo. Si el niño no lleva esas expectativas y sus padres transmiten ecuanimidad, probablemente esté más relajado y eso facilite el procedimiento. Más que mentir y decir que no duele, conviene que sea él quien determine si duele y cuánto”.

Ante experiencias posteriores, cabe explicar que unas inyecciones molestan y otras no tanto, pero que siempre el beneficio excederá por mucho esa incomodidad pasajera. Contreras señala que hay niños crecen entendiendo al personal de salud como unos “monstruos que puyan”. “Por eso les explicamos que, aunque duela un poquito, con esa vacuna no se van a enfermar de tal cosa o que con ese medicamento se van a sentir mejor”. Los refuerzos positivos también ayudan. “Halagar a un niño o a un adulto por lo bien que se portó siempre es útil. Incluso, premiar con un detalle simbólico o una comida favorita puede contribuir a minimizar la molestia de esa experiencia”, indica Aldana.

Si se trata de personas que por sus condiciones deben inyectarse con frecuencia, la información es clave. El psicólogo ilustra que hay diabéticos insulinodependientes que se niegan a tratarse por esta aprensión, pero en la medida en que sopesan los beneficios, aprenden el procedimiento y lo practican cada vez más, incluso con una naranja, a largo plazo logran manejarlo con más fluidez.

Mano pesada, mano de seda. Suponer que un profesional de la salud tiene “buena o mala mano” no solo es atribuible a su pulso. Más allá de la experiencia, es decisiva la confianza que pueda generar. Contreras acostumbra tomarse unos minutos para familiarizarse con sus pacientes y diluir su atención hacia otros temas. “Al margen de la cantidad de veces que uno haga esto al día, hay que conectarse humanamente con esa persona que está atendiendo y darle apoyo. Si un paciente está muy nervioso, le pregunto a qué se dedica, si tiene hijos, qué estudian. Lo que sea que permita que se sienta más tranquilo y esté menos pendiente de la aguja”, señala.

La zona de punción y la composición del medicamento también influyen. Un fármaco intramuscular tiende a doler menos cuando se inyecta en un glúteo que en un brazo, por ejemplo. “Si estamos hablando de una sustancia de base aceitosa, o que por su composición produce de entrada un efecto irritante, por más relajado que esté el paciente o por más hábil que sea la enfermera, va a doler. Así como hay situaciones en las que la rapidez del procedimiento es lo más idóneo, en otras vamos un poco más lento para incomodar menos”.

En cualquier caso, Contreras sugiere que al recibir una inyección lo más útil es tratar de relajarse, pensar en algo positivo y recordar que el dolor será fugaz. Si se trata de una prueba o una donación de sangre, el morbo puede ser contraproducente. “Puede ser que uno quiera ver de reojo cómo es su sangre, pero honestamente es preferible no instalarse a ver”, opina Aldana con gracia. “No hay necesidad. Uno tampoco es familia de Drácula”.

Al borde del desmayo

No son pocos quienes refieren mareos al sacarse la sangre. La enfermera Ana Rosario Contreras explica que este malestar suele tener más relación con la ansiedad que con el volumen de sangre extraída en una prueba común. “Aun si se necesitan varios tubos, no llega a ser tanto como para descompensarse”, indica la experta. “Lo que suele pasar es que, entre el susto y el afán de respirar profundo y muy rápido, una persona puede hiperventilar casi sin darse cuenta. Esa alteración del intercambio gaseoso puede provocar mareos y desmayos”. Su consejo es tratar de respirar a un ritmo uniforme, no mirar para no impresionarse y tomarse unos minutos para recomponerse antes de levantarse.