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Justicia con temple: Entrevista con Mónica Fernández

"No creo que la justicia siempre deba parecer rígida, encopetada, llena de laca y medias pantis. Creo que también tiene un lado que puede ser sensual, de carne y hueso, humano, cercano a la gente" | Foto: Mauricio Villahermosa / mauriciovillahermosa@gmail.com

"No creo que la justicia siempre deba parecer rígida, encopetada, llena de laca y medias pantis. Creo que también tiene un lado que puede ser sensual, de carne y hueso, humano, cercano a la gente" | Foto: Mauricio Villahermosa / mauriciovillahermosa@gmail.com

Su programa de justicia de paz, Se ha dicho, cumple tres años en las pantallas de Televen. Tiene fama de estricta, mas también de sensata. Mónica Fernández —educadora, abogada penalista y experta en seguridad, derechos humanos y temas penitenciarios— comparte de qué está hecha, cuál es su talón de Aquiles y cuál es la receta para un país más justo

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Me da medio kilo de pavo, por favor... Ajá, señora. Disculpe, me decía: ¿esa casa estaba a nombre de quién?". Mónica Fernández se tarda el doble para hacer mercado que un ama de casa promedio. En el trecho entre la charcutería y las verduras siempre es abordada por desconocidos que le preguntan cómo reclamar un inmueble heredado, cómo cobrarle la manutención a un padre irresponsable o qué hacer ante un despido injustificado. Lo mismo en la peluquería, en el banco, en el gimnasio. A todos los atiende con interés. Tiene cara de poseer respuestas precisas, de saber agarrar al toro por los cachos. En un país con un sistema judicial colapsado, cualquiera que atienda y responda enseguida tiene pocas probabilidades de pasar inadvertido.

"La gente está necesitada de justicia y la demanda es enorme. Representar eso es una responsabilidad muy grande", admite la jueza de paz del programa Se ha dicho, que el mes pasado cumplió tres años en la pantalla de Televen con un rating envidiable. En sus redes sociales le llueven inquietudes legales y recientemente fue a Maracay a visitar a un señor de 85 años con un cáncer terminal que pidió conocerla. Recibe dibujos de niños que prefieren ver su programa que El Chavo.

Fernández, nacida en Oviedo (Asturias, España) en 1972, llegó a Venezuela con sus padres cuando tenía un año de edad. Soñaba con ser periodista, pero las pruebas vocacionales le sugirieron estudiar Derecho o Educación. La muchacha, miembro de la selección nacional juvenil de voleibol e instructora de aerobic, terminó cursando a la vez ambas carreras entre la Universidad Católica Andrés Bello y la Universidad Santa María. De su abuelo socialista, activista por los derechos de los presos y de los gitanos, heredó esa inquietud y se especializó en Ciencias Penales y Criminológicas y Derecho Administrativo. Haciendo voluntariado en Yare, el entonces ministro de Justicia, Henrique Meier, la encontró en 1997 jugando softbol entre cien presos. "Le dije que ahí faltaban tales y cuales cosas y se impresionó. Me contrataron como asesora para trabajar en el programa de beneficios para los privados de libertad".

Tal era su esfuerzo en enderezarlo todo que en unos meses la nombraron directora nacional de prisiones. Tenía 24 años. Bajo su cuidado, 33 penales con sus 33.000 reclusos, la responsabilidad de coordinar el desalojo del retén de Catia y habilitar Yare II y Rodeo II.

Barbie penitenciaria. El día de su juramentación se puso un taller con minifalda. "Nunca he sentido que hay que ser masculina para ser capaz de imponer autoridad, ni que se necesita usar una toga para infundir respeto. Creo que ser mujer y joven me ayudó a entenderme mejor con los presos". Por su melena oxigenada le decían la Barbie Penitenciaria. La Irenita de las Cárceles. La Carajita. En su primera reunión entró a un salón lleno de coroneles y generales que no sabían si buceársela, sentir compasión paternal o darle un voto de confianza. "Empecé a hacer mi presentación y a los diez minutos, el asunto de que yo era mujer ya estaba olvidado. Sabía de lo que estaba hablando y había mucho por hacer".

Su arrojo también le reportó admiradores poco comunes. Los reclusos le soplaban planes de fuga. Le regalaban paisajes pintados en baldosas y retratos en papel higiénico. "Algunos me ponían a prueba sirviéndome platos hechos por ellos a ver si me los comía y siempre los acepté. Más nunca sufrí del estómago", relata. "Yo hacía deportes con ellos, organizaba fiestas para sus hijos. Aprendí a bailar salsa en Yare". Ganarse esta confianza, asegura, no fue tan complejo. "Hasta el peor delincuente sabe cuándo una persona está actuando de buena fe y con respeto a sus derechos humanos. Como yo procuraba que recibieran un trato digno, ellos me respetaban a mí. Si se presentaba un motín o había algo que resolver, negociábamos".

En una ocasión, la orquesta penitenciaria de salsa que Fernández ayudó a fundar iba rumbo a presentarse en otra ciudad. El autobús, colmado de reclusos, se accidentó en plena autopista. Entonces, hizo que se comprometieran con no escapar.

"Cuando visitaba un retén, entraba sin escoltas. Nunca tuve miedo". También, admite, la realidad carcelaria era otra. "Había menos armas, menos drogas, menos mafias". En 1998 escribió un libro llamado Cárceles venezolanas: una gestión por la justicia. "El ambiente penitenciario es simplemente un reflejo de la sociedad del que proviene. Cuando la sociedad empeora, las cárceles también empeoran". En 2000 se desempeñó como jueza de Primera Instancia Penal del área metropolitana de Caracas. "Caso que llegaba, caso que procesaba. Me propuse llevar a la administración pública la eficiencia de la gerencia privada. Dicté sentencias de 20 y 30 años de prisión, pero era de las que menos apelaciones tenía. Nunca temí represalias porque siempre procuré ser justa".

Fue durante sus funciones como jueza como terminó implicada en la detención del ministro Ramón Rodríguez Chacín en abril de 2002. "Firmé una orden para allanar un lugar donde me dijeron que se estaban almacenando unas armas y resultó que él estaba allí. Todo el procedimiento se complicó". Fue enjuiciada en un proceso que duró cinco años y que terminó con un decreto de amnistía firmado por Hugo Chávez. Dejó atrás su trabajo en los tribunales y formó con otros colegas el Foro Penal Venezolano, en pro de los derechos humanos y la libertad de otros presos políticos, del que luego se separó. Hasta hace poco colaboró con la ONU en estas materias y hoy lidera Abogados Solidarios, una fundación donde se presta asesoría legal a personas de bajos recursos. "El abogado venezolano lleva encima la etiqueta de que es un tramposo. Queremos reivindicar a los que quieren ayudar genuinamente a los demás a defender sus derechos".

  

Al suelo. A inicios de 2008, Fernández conoció lo que era el miedo. En medio de un tiroteo repentino, fue secuestrada y herida. "No me mataron porque no tenían más balas. Tenía un tiro en la espalda, pero no lloré, no grité. Creo que la experiencia en las cárceles me ayudó a no dejarme intimidar en ese momento, pero pensé mucho en mi hija y en que tenía que sobrevivir para estar con ella. No tenía deudas ni problemas con nadie y eso me dio paz. Si me hubiera tocado morirme ese día, me habría ido tranquila". Del episodio le quedó esa sensación de vulnerabilidad que desconocía. "Me dejó más madurez y aprecio por la vida, pero también una paranoia que ya tengo más controlada, en el sentido de que no permito que eso me inhiba de hacer mis cosas. Si salgo en la noche, salgo. Eso sí, rezo desde que me monto en el carro hasta que me bajo".

De resto, alberga pocos temores. Asegura que es mucho más lo que recibe. "Me emociona ese amor infinito de la gente, esa reacción de respeto que valoro mucho. Una vez la tarjeta no me pasó en un sitio y me dijeron que no me preocupara, que regresara a pagar otro día. Esa vigencia del valor de la palabra, de que te debo una plata y te la pago, es algo que me encantaría rescatar". ¿Dónde siente que radica su popularidad? "La gente aprecia que uno le hable claro, que no le caigan a cuentos y que con la ley en mano le expliquen. Tengo un equipo muy comprometido que ha ayudado a que Se ha dicho sirva para educar, entretener y para que la gente aprenda a no dejarse atropellar. Hay mujeres que se han percatado de que lo que viven es violencia doméstica; niños que han denunciado abusos porque aprenden a reconocer qué es impropio. Yo no conozco los casos de antemano, me entero de todo en ese momento y ambas partes firman un acuerdo en el que se comprometen a acatar lo que se decida. No permitimos golpes ni insultos. Cuando hay que llevar algo a instancias superiores, lo llevamos. Hay conflictos entre particulares que serían tan irrelevantes para un tribunal que no irían a juicio, pero uno procura resolverlos tomando en cuenta lo más justo".

¿Siente que la vida ha sido justa con ella? "No del todo. Siempre me ha costado mucho lograr las cosas. También me frustra un poco que a veces, inventando rumores, hayan intentado devaluar lo que he conseguido. Cuando me hacen daño no soy de las que dice: 'Ojalá Dios los haga pagar'. Más bien le pido a Dios que lo que sea que esa persona se merezca, no se lo cobre a ella, sino que me lo indemnice directamente a mí". No tiene planteado irse. Tampoco claudicar. "Según la Constitución, yo soy venezolana por nacimiento. Aquí me crié, aquí estudié y trabajé y he hecho todo lo que he podido por transformar la realidad que me rodea porque amo a este país. Mi esfuerzo es una gotica para todo lo que necesita y quiero permear tanto como se pueda. No creo que un país cambie de arriba hacia abajo sino al revés, con aportes pequeños de cada quien todos los días. Creo en empoderar a los ciudadanos para que entiendan sus deberes y sus derechos y los hagan valer", sostiene. "Venezuela necesita gente buena y honesta que no solo reclame, sino que también se esfuerce por ella".

Epígrafe

"No creo que la justicia siempre deba parecer rígida, encopetada, llena de laca y medias pantis. Creo que también tiene un lado que puede ser sensual, de carne y hueso, humano, cercano a la gente"


En el banquillo

¿De qué se arrepiente?

De haber amado a personas que no lo han merecido. A veces me entrego demasiado.

¿De qué se siente orgullosa?

De mi hija, que es mi alegría, mi amor. También me siento orgullosa de mí. Nada me ha salido gratis.

¿Cuántos mazos tiene?

Uno solo, pero cada vez me lo cambian por uno más grande. Ya me siento como Thor (risas).

¿El piropo más insólito que le han dicho?

"Castígame con el mazo". "Si así es la jueza, métanme preso" (risas)... El poder seduce a los hombres. También después hace que afloren sus complejos.

¿De quién es fan?

De David Villa. Lo que pudo haber sido una niña de 10 años con Menudo, bueno, así. ¡Lo amo! Me encanta el fútbol. Si hay partido, no salgo de mi casa.

¿Un valor para heredarle a su hija?

El respeto, que es incluso más importante que el amor. Con respeto no hay atropellos, agresiones, corrupción ni deslealtad.

¿Algo que nadie imagine de usted?

Cuando estudiaba, fui payasita Nifu Nifa. Gozaba un mundo en las piñatas cantando y bailando con los niñitos.

¿Cuál es la creencia más errada que la gente tiene de Mónica Fernández?

Que soy de hierro y no es verdad. Lloro mucho. Creo que soy dura, pero también muy humana.