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Inspirulina: Tómate un tiempo para esos regalos

Ilustración: Alejandro Ovalles

Ilustración: Alejandro Ovalles

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Basta con tener los sentidos y el corazón abiertos para alimentar la capacidad de asombro. Si prestamos atención, por todas partes saltan cosas sorprendentes, experiencias interesantes y detalles maravillosos, incluso en los momentos más inesperados. Y no es que tengas que correr a buscarlos, en realidad muchas veces están allí para hacernos recordar que la vida es mucho más vibrante cuando nos tomamos el tiempo de observarla.

Por ejemplo, hace unos días manejaba por Doral cuando de pronto vi un gigante en el aire. Era un Airbus 380 de Lufthansa a punto de aterrizar en el aeropuerto de Miami. Con casi 73 metros de largo y un poco más de ancho en sus alas, el A380 descendía a lo que parecía muy poca velocidad, como si flotara. No podía sino asombrarme ante esa maravilla de la tecnología recortada contra el cielo azul y sin nubes. El avión se perdió tras unos edificios anodinos y mi vista se posó en tres árboles cargados de flores amarillísimas bajo el sol primaveral. Eran unos araguaneyes, que aquí llaman tabebuias, que regalaban color a todos los transeúntes que tuvieran unos segundos para apreciar su hermosura.

De haber estado con la cabeza en otro lugar, muy probablemente me habría perdido el espectáculo del avión y las flores. O quizás, de haber estado conduciendo un tanto distraído, en automático, les habría visto como parte del paisaje sin otorgarles mayor importancia. Total, aviones, flores, autos, atardeceres y gente que sonríe hay en todas partes, ¿cierto?

Sí, cierto. Pero si te detienes un instante a disfrutar la presencia de estos detalles te darás un buen regalo. Suena cursi, pero es verdad: muchos tesoros, por cotidianos o sencillos, se nos pasan de largo, completamente inadvertidos.

Cosas de la vida, precisamente mientras escribo estas líneas alzo la vista y a través de la ventana veo una garza blanca en mi jardín. Blanquísima, camina pausadamente con su cuello erguido. En esta época del año es común ver garzas abasteciéndose en los jardines. Hace unos meses, cuando llegaba el invierno, el espectáculo lo ofrecían bandadas de pequeños cuervos negros que poblaban el cielo con su silueta.

En Florida la diversidad de aves es fascinante. En las tardes se escucha la algarabía de los loros, y al amanecer, cuando corro junto a la bahía, me entretengo viendo a los pelícanos en formación. Hay algo en estos animales que me atrae. Debe ser su talante despreocupado y que saben vivir en el mar.

Paso de aves, curiosos sincronismos, palabras atrapadas al vuelo, abrazos casuales, la sensación del agua fría en una piscina, si te detienes un instante a sentir podrías darles el verdadero valor que tienen estos regalos.

Por ejemplo, anoche, en una sesión grupal de mindfulness que facilito cada semana, una mujer me dijo: “Algo está ocurriendo, he podido encontrar momentos de gozo y alegría en todas partes”. No pude contener la sonrisa. Si para algo nos entrena el mindfulness es para prestar atención a las experiencias del presente, con curiosidad, apertura y una disposición a estar con aquello que es. Esta era apenas la cuarta sesión a la que ella asistía y me alegró ver como había afinado su capacidad de estar presente, con el corazón abierto. “El fin de semana pasado salté a la piscina”, contó con emoción, “y el simple contacto con el agua fría disparó una cantidad de sensaciones en todo el cuerpo. Entonces sentí un gozo profundo por estar allí, viva, nadando”.

¡Ah, si tan solo le prestaras un poco más de atención al constante espectáculo de la vida!