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Inspirulina: ¿Seguirías a un corazón ciego?

Entrenar el corazón significa encontrar un balance / Foto: Alejandro Ovalles

Entrenar el corazón significa encontrar un balance / Foto: Alejandro Ovalles

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El corazón es el asiento de las emociones. Como metáfora, alberga todo el complejo universo de nuestro mundo interior, ese magma vital que puede elevarse como una montaña o hacer erupción cual volcán. Como órgano incansable en su biología se reflejan nuestros estados de ánimo con total transparencia mientras altera su palpitar según el tono de las emociones. Como puerta de acceso a nuestra humanidad, el corazón es un maestro y un vehículo de la conciencia. Conocerlo es el camino más seguro para alcanzar nuestra esencia más elevada, eso que también llaman el verdadero ser o la naturaleza búdica.

La imagen del corazón tiene un lugar especial en el crecimiento personal, especialmente cuando se usa en el debate de este contra la mente para ilustrar la relación entre la razón y la pasión. Así, mientras que en la mente se ubican la lógica y el ego, en el corazón están la intuición y el vuelo del alma. Esta tensión maravillosa radica en el centro de nuestra búsqueda vital, muchas veces entregándole el papel de brújula infalible por tener un carácter más puro e iluminado.

Pero el corazón no es solamente una fuente luminosa. En ocasiones su rumbo puede ser confuso y llevarnos a un tortuoso camino. Este párrafo de Joshua Goldstein en su libro Un corazón pleno de paz lo explica muy bien: "Con frecuencia escuchamos el adagio 'sigue tu corazón'. Pero la práctica de observar todas las cosas que surgen de mi corazón me ha mostrado que si bien algunas de ellas son buenas y bellas, muchas otras no son tan nobles. Al corazón no solamente lo mueven el amor, la bondad y la compasión. También es impulsado por el deseo, la codicia y la rabia. Por ello debemos entrenar el corazón, no simplemente seguirlo".

¿Qué es esto de entrenar al corazón?

Sencillo: desarrollar la capacidad de verlo con claridad, con una sabiduría que sea capaz de discernir entre todas las cosas que alberga, desde los impulsos capaces de hacernos daño a nosotros y a los demás hasta sus más nobles atributos que nos llenan de plenitud y acrecientan el amor. Sin esta sabiduría el corazón puede ser poderoso, mas ciego. Esta sabiduría nace cuando la conciencia despierta para ver lo que sucede en nuestra mente y corazón en el momento presente.

Entrenarlo es explorar con curiosidad en su fascinante profundidad para reconocer sus maravillas y contradicciones, sus bendiciones y traumas, su luz y sus sombras. Sin miedos, sin juzgarnos, para descubrir cuáles son sus tendencias y recordar que siempre podemos elegir cuáles deseamos cultivar.

Para ser sabio todo corazón necesita una conciencia que lo ilumine y esta no se encuentra únicamente en la mente y los pensamientos que es capaz de producir, a veces sin control. Tampoco está en el corazón ciego y amarrado a sus impulsos. Si hay que buscarla en algún lado o, mejor dicho, si hay que redescubrirla y experimentarla de alguna forma, es indagando en nuestra humanidad para conocernos mejor, sin dejar nada por fuera.

Entrenar el corazón significa encontrar un balance o, para usar una imagen más completa, un camino medio, donde exista espacio para todo lo que nuestra humanidad pueda albergar y, a la vez, donde podamos caminar sin caer en los extremos.