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Inspirulina: Abriéndole espacio al dolor en nuestras relaciones

Debemos permitir que el dolor nos transforme, no que se nos aprisione | Foto: Ilustración: Alejandro Ovalles / jaoc28@yahoo.com

Debemos permitir que el dolor nos transforme, no que se nos aprisione | Foto: Ilustración: Alejandro Ovalles / jaoc28@yahoo.com

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¿Cuál es el espacio del dolor en nuestras relaciones? Si nos guiamos por tantas frases cuchis que corren en las redes sociales pareciera que ninguno. Allí todo es bello, nada duele y lo único que cuenta es la armonía; en otras palabras: vivir montados en una nube en la que no existe la fragilidad o el llanto. Relaciones de peluche, suaves e ideales, que no existen en realidad.

Las verdaderas relaciones se construyen con buenas dosis de amor, risas, lágrimas y dolor; a fin de cuentas, de ellas está hecha la vida. Pretender que podemos vivir sin ser heridos ni sentir pena es como pensar que podemos nadar en el océano sin probar la sal. Esto no significa que debamos retozar en un mar Muerto, tampoco hay que hacer una apología del drama y resignarnos a vivir salados por siempre, sino aceptar (incluso apreciar) el espacio de las dificultades en nuestras relaciones con las demás personas

Hace unos días me crucé con una frase de Haruki Murakami que da justo en el clavo. Está en su libro Los años de peregrinación del chico sin color. "En los recovecos más hondos de su alma, Tsukuru Tazaki entendió. Un corazón no solo se conecta con otro a través de la armonía. Ellos están, mejor, enlazados profundamente a través de sus heridas. Dolor enlazado con dolor, fragilidad con fragilidad. No hay silencio sin un llanto de aflicción; no hay perdón sin sangre derramada; no hay aceptación sin pasaje que atraviese una grave pérdida. Eso es lo que hay en la raíz de la verdadera armonía".

Además de ser un escritor excepcional, Murakami es también un amante de la música. En este caso juega con los significados de la palabra armonía: como toda poderosa composición, una relación adquiere mayor profundidad cuando abraza los sentimientos con intensidad. Una gran canción o una sinfonía inmortal sacuden las fibras si llevan en el fondo las huellas que dejan tanto las experiencias radiantes como las oscuras. No existirían un Beethoven, un Agustín Lara o un Paul McCartney si ellos hubiesen vivido únicamente al estilo Hallmark. Sus composiciones nos tocan el alma porque apuntan a esa vulnerabilidad y sufrimiento que todos hemos sentido en algún momento.

De nuevo, no se trata de vivir con el tormento de Beethoven o en el despecho de Lara. Puesto a escoger, me quedo con la cara de niño bueno de Paul.

Si escuchas a las personas que más energías han invertido en su crecimiento personal y espiritual, descubrirás muchas historias de dolor, conflictos o traumas. Quienes se han liberado del sufrimiento lo han logrado al dejarse transformar por estas experiencias, mediante la profundización de la conexión consigo mismos y la gente a su alrededor. Si estamos dispuestos a sentirlo y procesarlo, el dolor ayuda a abrir los ojos. Es una suerte de alquimia que a ratos ensucia las manos y a largo plazo limpia el alma.

De la misma forma que en nuestras relaciones abrimos espacios para la comunicación, la intimidad y la vulnerabilidad, abrámosle sin miedo su espacio al dolor. Eso sí, de forma consciente, para no engancharnos, puesto que si nos apegamos al dolor que alguien nos produce, tarde o temprano terminaremos en una relación tóxica. Una cosa es el dolor que viene empaquetado con la vida y otra es el dolor que una persona le inflige a otra, a veces por ignorancia, a veces con mala intención. Esas relaciones tóxicas son un paquete muy pesado que no estamos obligados a cargar.

La idea es permitir que el dolor nos transforme, no que nos aprisione.