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Centro Comercial El Recreo

Centro Comercial El Recreo

Dentro de la vorágine que supone el día a día en un centro comercial, varios personajes –muchas veces desde lo anónimo– consagran sus rutinas a humanizar este lugar. Este especial reúne el testimonio de cuatro rostros que trabajan duro para el disfrute de terceros

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“La gente viene aquí a sentirse segura”
Si hay algo de lo que Reinaldo Alzualde sabe es de centros comerciales. El actual supervisor de seguridad del Millennium Mall ejerció los conocimientos reunidos durante 12 años sobre resguardo y seguridad en las instalaciones del Tolón Fashion Mall, El Recreo y Centro San Ignacio, entre otros. Aunque porte una camisa con la identificación de empleado del centro comercial, pasa inadvertido entre la masa que se concentra en ver vitrinas y comer en la feria.

Y esa es justamente su intención. “Acá hacemos labores preventivas. Por eso trabajo con un equipo de alrededor de 70 personas que velan por la seguridad de la gente, sin que esta llegue a sentir paranoia”, explica.
En su tiempo libre, prefiere prescindir de pasear en centros comerciales. “Trato de variar, ya que todos los días estoy aquí, pero a veces la familia lo pide y uno se tiene que adaptar”, dice quien que vio al Millennium erigirse, pues se encargó de resguardar la imponente construcción.

Después de seis años de labores, sus inquietudes se han amplificado. “Estudio Higiene y Seguridad Industrial porque, además del bienestar del público que visita, me importa el de los trabajadores internos”, sentencia y se despide alejándose para luego desaparecer entre la multitud, su especialidad.

“No abandono el baño ni para almorzar”
Unas escaleras estrechas y en forma de caracol conducen al que probablemente sea el baño público más limpio de Caracas. La responsable de este milagro es Zoraida Figuera, o “La Negra”, como la llaman todos los agradecidos visitantes del centro comercial Paseo Las Mercedes. Esta cumanesa que, como buena oriental, sustituye las erres por eles en su pronunciación, no descansa.

“Llevo 31 años trabajando aquí. Lo único que ha cambiado son los baños, pero el empeño es el mismo”, comenta mientras responde al saludo entusiasta de los trabajadores de las treinta tiendas y dos restaurantes que componen el sector La Cuadra del centro comercial.

Es portadora de una hiperactividad que le permite responder a la entrevista de pie, al tiempo que reparte toallas de papel desde un dispensador que improvisó con un porta cervezas de plástico, y saca un yesquero de su bolsillo para encender una rama de eucalipto, que en seguida aromatiza el lugar. “Compro mis propios productos, jabones de buena calidad, las flores que me gusten, así sean caras”, enuncia orgullosa mientras ríe con ganas y contonea unas trenzas largas con mechones rojizos.

“Las propinas me permitieron ayudar a mi hija a costear sus estudios”, resalta la madre de dos mujeres. “Me decían que ningún hombre me iba a mirar con este trabajo, pero lo que me importa es ganarme el pan”, reflexiona sin perder detalle de que el mesón del baño de damas esté seco y reluciente.

“Pensé que iba a durar máximo un mes aquí. Ya llevo 14 años”
El Centro San Ignacio no tuvo comienzos fáciles. Era un coloso desértico cuando Luis Ibarra, alias “Nañito”, comenzó su primer día de faena en el sótano 4. “Atendía a los carros de los empleados de las torres empresariales, pero pensé que no iba a durar ni un mes porque el centro comercial estaba vacío”, comenta sobre unos días que quedaron muy atrás. El supervisor de seguridad de 60 años, con tres hijos y tres nietas, fue uno de los primeros en presenciar el cambio.

“Hicieron un festival de gaitas en el colegio que queda al frente, y de repente el estacionamiento colapsó y la gente comenzó a fijarse”, cuenta el tímido, alto y sabio Ibarra, quien trabaja con 20 personas más y llega a las seis de la mañana diariamente para atender el buen funcionamiento de los ocho sótanos.

“Siempre hay una persona que se atraviesa, que tranca, pero hay que darles una lección de educación”, dice con serenidad y transmite esta consigna a los empleados más jóvenes. “Les digo a los muchachos que trabajen con integridad, sin alzarse nunca”, dice con verbo enérgico quien aplica labores técnicas con la mística de un maestro.

"Cuando llego aquí me siento relajado”
La voz de un animador proyectada por unos parlantes retumba en todos los niveles del centro comercial El Recreo. Es un mediodía de calor y en la plaza central hay una exposición de motos, objeto del deseo de muchos venezolanos. Fredy Graterón, de sonrisa amable y presencia constante en todos los puestos de información de las instalaciones, está sereno en un entorno de excesivos estímulos sensoriales.

“Al principio me daba dolor de cabeza, pero ahora lo que me amarga es el tráfico. Llego aquí y me relajo”, dice el coordinador de servicios y equipos, quien atiende a la semana alrededor de 150  a 180 fallas originadas en torno a ascensores, escaleras mecánicas, bombas, plomería y mantenimiento general.     

Graterón tiene 37 años y 10 de ellos ha trabajado en El Recreo. Lo ha visto todo, pero lejos de distanciarse del trato con un público que a veces puede ser difícil, disfruta de resolver. “Yo les indico dónde quedan todas las tiendas, sobre todo la del Magallanes”, enuncia en un gesto serio que se deshace en carcajadas. En su transitar le ha tocado encontrar a las madres de niños perdidos, rescatar a personas cuyos pies quedan atrapados en las escaleras mecánicas y atender desmayos. En definitiva, es un electricista fuera de lo común.