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Dietrich Paredes, al mando de la batuta

Dietrich Paredes

Dietrich Paredes

Tiene 31 años y es parte de los jóvenes directores venezolanos que arrancan aplausos en el planeta. Comenzó en la Orquesta Infantil de San Agustín como violinista y fue triatlonista. Aquí se le acompaña en sus recientes conciertos en Viena y Bonn liderando la Orquesta Sinfónica Juvenil de Caracas: un caudal de vigor, talento y juventud que también estremece los teatros del mundo

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La trágica historia de adulterio entre Francesca de Rimini y su cuñado Pablo Malatesta (siglo XIII), ha inspirado tanto a Dante Alighieri como a Tchaikovsky. Este último compuso incluso una fantasía orquestal homónima. La más reciente interpretación dentro del Konzerthaus de Viena ha convertido a la infiel en el avasallante mascarón de una embarcación que lucha por no naufragar.

Y la ejecución estuvo a cargo de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Caracas dirigida por su director, el caraqueño Dietrich Paredes. “Hay orquestas que necesitan la palabra, la frase hablada para entender lo que uno quiere hacer. Yo trato de no hablar mucho, pues soy de los que cree que la mejor manera es viendo la batuta, el rostro, la gestualidad”.

Sus ensayos son rigurosos. Usa un tono de voz enérgico, severo, casi alemán. “Siempre hay un poquito de tensión antes de los conciertos, sobre todo para una gira de 21 días, por la cantidad de países y sus recorridos”. Aterriza sus ideas con la intensidad de alguien que ha hecho cinco estadías: Italia, Rusia, República Checa, Austria y Bélgica. “Siempre es bueno generar un poco de tensión para lograr atención, es recíproco, estamos todos en un estado de alerta”.

Llevar el timón. Regreso a Viena y a la noche de Francesca. Desde la primera fila pueden verse los empeines de los primeros violines en detalle. Cuando un músico toca su instrumento sentado, mantiene sus metatarsos en constante posición de partida. La postura está prevenida para salir corriendo, como si fuesen a saltar de la silla en cualquier momento.

En el caso del director, que está de pie, podría decirse que se mantiene al borde de un mínimo abismo: he allí la explicación a las barandas que vemos en la mayoría de estos pedestales.  Dicen que un director quema cerca de 500 calorías durante un concierto, y Paredes parece confirmarlo: sale de cada presentación empapado. Los austriacos han ovacionado la tarea de los jóvenes músicos venezolanos. Dietrich saca un pañuelo y acaba con los restos del sudor. El barco ha llegado a buen puerto.

“Poco a poco he ido sintiendo el giro del timón. No fue algo brusco. La primera gira marcó una pauta, pero cuando he salido fuera del país con otra orquesta he visto el tamaño del camino que hemos ido trabajando”. Dietrich habla de una carrera que comenzó en 1989 cuando era violinista de la Orquesta Infantil de San Agustín.

“Estudiaba en San Bernardino y me iba caminando hasta el núcleo de formación musical en San Agustín. Mi padre y mi madre siempre amaron la música. Lamentablemente no tuvieron la oportunidad de ejercerla en aquel entonces. No había las facilidades de hoy en día con el Sistema de obtener un instrumento. Ellos hicieron un gran esfuerzo para que yo entrara al núcleo. La música ha forjado el destino de mi vida”. Las noches de su niñez transcurrían en un doble compromiso: las tareas del colegio y la práctica del instrumento.

A medida que se destacaba con la ejecución del violín, las oportunidades para ponerse en frente de una orquesta iban adquiriendo forma.
“Yo hacía talleres de violines en distintas partes del país, trabajaba seccionales de cuerdas, allí también se gana cierto dominio de otros instrumentos, comienzas a descubrir todas las cosas que se pueden hacer con una orquesta. Luego la guía del maestro Abreu te ayuda a dar con una sonoridad individual, y en ese día a día se arraiga el deseo de dirigir. Fue muy natural, también lo busqué, sin atore, y llegó”.

Salir al mundo
La primera experiencia como director fuera de su país ocurrió en Latinoamérica, como invitado en Uruguay, El Salvador, México y Colombia. “Trabajar en cada país ha sido como probar la gastronomía de cada uno, pero basándonos en la música. Creo que lo más importante es que los músicos trabajemos desde lo positivo de cada sitio para hacer buena música y al mismo tiempo buscar solución a lo negativo. Algunos de esos países, a diferencia de Europa y Venezuela, tienen déficit de maestros o instrumentos; uno tiene que luchar contra eso”.

Como suele suceder en estos casos, conforme crecen sus responsabilidades, el asiento de un avión y las habitaciones de hotel se convierten en el nuevo significado de permanencia. “La vida personal se convierte en la artística. Uno trata de poner un balance, pero en mi día a día yo estoy metido de lleno con las partituras. Comparto con mi familia cuando puedo, pero entiendo al mismo tiempo que la música está hecha para enriquecer a la humanidad. No hay chance de conocer una ciudad. Si no estás en el ensayo, estás en una reunión o en tu cuarto estudiando, enfocado para lo que viene”.

Echa de menos a los que se quedan y dejan de saber de él en forma presencial. “La amistad es todo, es la hermandad. Tengo muchos amigos y cada vez comparto menos, pero ellos lo entienden y procuro mantenerme en comunicación. El mundo necesita amistades sanas y sinceras”.

Aplausos en Bonn. La última presentación de esta gira fue en Bonn, una postal más de lo que entendemos sobre la serenidad de la provincia alemana, con la diferencia sustancial de que allí nació Ludwig van Beethoven, y es el sitio donde se realiza de manera anual el festival musical que lleva su nombre. José Antonio Abreu ha calificado el concierto como “inusitado”. Los alemanes aplaudieron de pie a la Juvenil de Caracas y a Paredes cerca de 10 minutos, y sólo han interpretado la primera parte de la velada. “Esta orquesta está llamada a ser la heredera de la Bolívar”, dice Abreu.

“Mi orquesta, que no es mía sino de Venezuela, es muy versátil”, complementa Paredes. “Su masa es única, tiene el mayor repertorio de orquesta juvenil alguna en el país. Es eufórica, con sus pequeñas indisciplinas, pero es lo natural por lo briosa. Apenas estamos comenzando. Hay que asumir la cercanía de la perfección con humanidad”. Paredes, con apenas 28 años, también ha dirigido y motivado el desarrollo de las orquestas de Puerto Ordaz, Mérida, Barquisimeto, Valencia y San Cristóbal. “Son capitales musicales del país, las orquestas de esas ciudades son del primer mundo”.

Sobre sus piernas pesa un libro de mil y tantas páginas sobre Beethoven, obsequio del director de la casa Beethoven. El cansancio es visible, su misión se ha cumplido. En los últimos minutos antes de regresar a Caracas, contar qué lo inspira reaviva su semblante. “Amo los cinco minutos antes de un concierto. Me sujeto a mi pulsación, siento la sangre, pienso en Dios y mis padres. Es un instante sagrado”.

El director triatlonista
Su relación con el deporte se inicia gracias a su padre, quien le enseña a nadar. “El deporte es muy importante para mí por muchas razones: es una manera de liberar la mente y complementa mi disciplina para la música. El deportista tiene que practicar todos los días, igual que el músico. Mi cuerpo me lo pide a diario, el día que no lo haces es horrible. Practico triatlón desde los 17 y hace dos años lo tuve que dejar”.

Pero no deja de correr al menos 10 kilómetros en el Parque del Este y nada siempre que consigue una piscina. “Sobre todo monto bicicleta. Se ha vuelto mi deporte favorito porque me reencuentro con otras grandes amistades: los que llamo mis amigos no músicos”.

Piense rápido
¿Comida predilecta?
Sushi y comida de mar.
¿Un domingo ideal?
Si no hay trabajo, levantarme temprano, desayunar bien, montar bicicleta, leer un buen libro e ir al cine.
¿Una manía recurrente?
Cepillarme los dientes coma lo que coma.
¿Qué escucha cuando no es música académica?
Ricardo Montaner, Franco De Vita, Rolling Stones.
¿La canción que más suena en su Ipod?
Casi siempre lo pongo en aleatorio.
¿El lugar predilecto de Venezuela?
Canaima.
Si cocina, ¿cuál es su mejor plato?
Variedad de ensaladas.
¿Cuántas batutas tiene?
Ocho.
¿Cuántas horas ensaya al día?
Entre seis y ocho.