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Diana, sin fronteras

Diana Volpe / Mauricio Villahermosa

Diana Volpe / Mauricio Villahermosa

La veterana actriz de teatro, también directora, ha llevado una vida trashumante en varios países, pero es venezolana de nacimiento y convicción

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Diana Volpe tiene una belleza ajena al tiempo. La veterana actriz de teatro, también directora, ha llevado una vida trashumante en varios países, pero es venezolana de nacimiento y convicción. Ahora es parte de La Caja de Fósforos, una nueva sala de teatro no convencional en Bello Monte, mientras sigue su pasión en las tablas. Luego de encarnar, recientemente, Lady Macbeth, interpretará a la primera mujer sordomuda en recibir un título universitario  
 
El retraso no tiene la menor importancia. Diana Volpe aprovecha el tiempo en que todavía no existe esta conversación para repasar las líneas de una nueva obra de teatro. Un marrón grande oscuro que apenas ha probado se enfría al lado de las cuartillas resaltadas con su personaje. “A mí lo que me aburría de las clases de yoga que hice en Japón era que todas eran iguales y a mí me gusta que cada una sea distinta”.

Es inútil convencerla de que le dé una nueva oportunidad a la práctica ancestral: ella hace pilates, no deja de hacer barras de ballet y tiene un abdomen envidiable. “Estás loco, yo no te voy a decir mi edad, eso es un no-no”, pero uno saca sus cuentas y admira tanto la jovialidad espiritual como la belleza física. “No estoy obsesionada con la condición física. Nunca he fumado en mi vida, no bebo, quizás un vinito pero no soy bebedora, y me encanta bailar pegado”.

“Yo nací aquí”. Pero cuando va a Italia se reconoce europea. “Yo me crié en Italia desde los 7 hasta los 15 años, y desde los 15 hasta los 25 años estuve en Estados Unidos. Entonces tengo una cosa muy fuerte entre lo anglosajón, que está en mi cerebro, y lo mediterráneo, que está en mi corazón”.

Los padres de Diana Volpe huyeron de la Guerra Civil italiana y pensaron que se instalaría un régimen comunista al caer Marcos Pérez Jiménez.
“Volví porque quise, porque mis padres cultivaron la venezolanidad, mantuvieron nuestro castellano en todos mis hermanos –somos cinco y yo soy la del medio–.

Tres estamos aquí, una en Inglaterra y otra en España.También volví porque queríamos que nuestro hijo estudiara aquí su bachillerato, para que tuviera un sentido de raíz”.

En Venezuela, para algunos, ella sigue siendo musiú. “Lo entiendo porque aún tengo el dejo italiano en el hablar, a veces me hiere, pero ni en Roma ni en Nueva York me siento como si fuera del todo de ahí”. La última asignación de su esposo, diplomático jubilado, los llevó a Japón hasta hace 10 años.

Nueva York. Tokio. Caracas. Como actriz se formó en Nueva York y asegura que a donde va hace audiciones y consigue trabajo. Recientemente un titular la calificaba de la mujer de los clásicos. “Que se rescate eso me parece importante, pero lo mismo me da la dramaturgia contemporánea. Las obras venezolanas las he montado hasta en Washington, donde hice Acto cultural de José Ignacio Cabrujas”.

Este destino errante le parece oportuno para el oficio. “Me ha alimentado mucho ver todo tipo de teatro; inclusive, cuando viajo intento montar cosas, por ejemplo, la última vez que viajé a Italia monté con Orlando Arocha, La fiesta”.

Más son los dramas, y las comedias todavía las cuenta con los dedos de una mano. “El drama me atrae más. De hecho, cuando voy al cine me cuesta encontrar una comedia que me divierta”. Una expresión que bien define esa contradicción, de su carácter alegre y el gusto por el género opuesto, está en su risa, algo tenebrosa. “No soy ama de casa conforme, no me disgusta serlo, cocino poco porque no comemos mucho en la casa, pero hago mercado, cocino los fines de semana, jamás hice tarea con Diego, mi hijo; inclusive, cuando viene de visita, el dolor de cabeza es todo lo que tengo que cocinar, pero lo hago con amor y lo hago bien, la mamma italiana se apodera de mí”.

La Caja de Fósforos. Hasta hace una semana, y gracias al Grupo Contrajuego, hubo dos morgues en Bello Monte, pero solo en una de ellas latió un corazón tan blanco, ese que William Shakespeare pone en boca de Lady Macbeth. La segunda “morgue”, escenográfica, fue elegida por Orlando Arocha para adaptar el clásico inglés.

El espacio se llama La Caja de Fósforos, iniciativa en la que está activamente involucrada Volpe y es una de sus mayores apuestas en estos diez años que tiene residenciada en el país. El pequeño teatro queda en la Concha Acústica de Bello Monte, donde hoy se monta otro clásico, Saverio el Cruel.

“Tenemos años buscando un local, tocamos decenas de puertas y finalmente tenemos este regalo enorme. Creo que es de las mejores salas no convencionales, tenemos altura, parrilla para 45 luces, en  la sala puede haber un poco más de 100 personas. Desde luego, el apoyo de la Alcaldía de Baruta fue fundamental y nos damos el lujo de cobrar 50 bolívares.

¡Un regalo!” Ahora, dice, le quedan puertas por abrir para montarla a 100%. Hace dos años Caracas fue de las pocas ciudades del mundo que durante el centenario de Tenessee Williams celebró ampliamente la maravilla del intenso autor de Un tranvía llamado deseo. Durante aquella empresa, tozudamente arreada por Volpe, ella se reestrenó en la acera de la dirección. “Había hecho algo anterior, una obra corta de Harold Pinter. Después trabajé con Háblame como la lluvia, y luego probé montando algo largo: La enfermedad de la juventud”. Del papel como directora le motiva la saciedad creativa.

“Es un reto muy grande, te obliga a conceptualizar”. Celebración es el próximo texto que aspira a dirigir.
“Me gusta mucho el mundo de los jóvenes y me inquieta que en mi época como joven tenía muchas más oportunidades de las que tienen los chamos ahora, es una crisis global”. Su cruzada es cortar las raíces de la resignación.