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Delirio sobre el cuadrilátero

La esencia de la lucha libre mexicana es el enfrentamiento entre el bien y el mal | Luis Cobelo

La esencia de la lucha libre mexicana es el enfrentamiento entre el bien y el mal | Luis Cobelo

La lucha libre mexicana es de larga data y se mantiene vigente para sus fieles. Sobre las arenas, se enfrentan luchadores con nombres sonoros, máscaras que los transforman en personajes célebres y golpes que estremecen. Hombres y mujeres protagonizan esta lucha que es aupada desde las gradas con el frenesí de quienes se entretienen o descargan furias acumuladas. En este viaje al borde del ring se retrata de cerca este espectáculo, que incluye sangre de verdad

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La esencia de la lucha libre mexicana es el enfrentamiento entre el bien y el mal. Sus orígenes se remontan a épocas poco sospechadas. Se dice que este deporte fue introducido en México durante la Intervención francesa, en el año de 1863. Otros dicen que es una tradición que viene desde los más remotos tiempos de los mayas, cuando estos se disfrazaban de animales para luchar contra sus adversarios. No existe constancia histórica que lo certifique.


La era contemporánea de la lucha libre mexicana tiene a la figura de Salvador Lutteroth como fundador de la primera empresa centrada en esta faena en 1933, cuando la suerte permitió que ganara un premio de lotería nacional. Con 40.000 pesos mexicanos (alrededor de 3.000 dólares) construyó la Arena Coliseo, en pleno centro de Ciudad de México. En esas primeras funciones empezaron a destacarse los míticos luchadores Black Shadow, Médico Asesino, Gladiador, Bobby Bonales, Gorilita Flores, y los archienemigos por excelencia: El Santo y Blue Demon. Actualmente los nombres no dejan de sonar temibles y creativos: Mil Máscaras, Atlantis, Satánico, Shocker 100% Guapo, Superporky, Místico, Puma, Terrible, Titán, Diamante Azul, entre cientos de ellos.

Arena barroca. Son muchas las arenas (como se les llama a los recintos donde se practica este deporte) repartidas por el D. F. mexicano. Unas más, otras menos, ofrecen un escenario barroco donde se juntan los malos, los buenos, el color de las máscaras, el circo de vendedores de cerveza, comida, merchandising y gritos, muchos gritos.

Los luchadores se dividen en Técnicos (los buenos) y Rudos (los malos). No solo hay hombres. Las mujeres luchadoras también toman el ring con fuerza desde hace no pocos años: Lady Apache, Sexy Star, La Comandante, Lluvia, Seductora, Dalys o Lady Afrodita dan mucho miedo y casi es obligatorio tratarlas bien porque tendríamos todas las de perder. Y los que están de moda: Los Exóticos. El luchador exótico es homosexual declarado y salido del “clóset”. Los más conocidos y famosos son Cassandro, Pimpinela Escarlata, Diva Salvaje, Pasión Kristal, entre muchos otros, que ya están animándose a no solamente ser una fachada en el ring. Eso sí: Los Exóticos no dan cachetadas delicadas. Son hombres que es mejor tenerlos de amigos.

No todo es mentira. Cuando se habla de la lucha libre mexicana inmediatamente surge la duda: ¿se dan golpes de verdad? ¿Está todo planificado? Pues bien, con certeza los luchadores mexicanos se entrenan para seguir vivos. Lo importante es contener, conocer las llaves, cómo caer y sobre todo saber lanzarse de alturas de más de tres metros y caer sobre su contrincante sin partirse el cuello, morir o quedar paralítico. De las victorias mejor no averiguar, quizá haya un acuerdo antes de las batallas pero tampoco es importante.

Cuando una lucha comienza, la conexión de energías es tremenda. Se escenifica la tragicomedia que todo el mundo espera. Primero, el guión de insultos donde la madre y la poca hombría de uno o de otro son protagonistas. Luego vienen los golpes y los saltos. A continuación, las coreografías de llaves estudiadas y cachetadas con la mano abierta que resuenan en todo el recinto.  

Mezclarse en el público no tiene precio. A mi lado está un niño de unos 12 años de edad que pide a su luchador preferido –Violencia, el malo, que en ese momento está torciéndole el cuello a Atlantis, el bueno– mate a su contrincante. Los ojos se le van de las órbitas. A su lado, un hombre que espero no sea su padre, con algunas cervezas en su tono de voz, repite lo mismo. Y es que la lucha no admite medias tintas. Allí se come, bebe, grita e insulta. La lucha proporciona al público una sesión catártica que no se consigue en ningún spa.  El espectador reconoce el sitio de la lucha como el suyo propio, allí donde se reproduce el drama de su vida diaria.

De cerca. La cercanía con el ring es una suerte que tenemos algunos fotógrafos, pero antes de pasar allí los trajeados chicos de la seguridad, advierten: “Ten cuidado cuando los luchadores salten al público desde las esquinas. Si te cae uno encima te mueres, güey”.
La pelea entre Violencia y Atlantis terminó sin que nadie muriera, como deseaba el niño de 12 años. Es ahora el turno de las chicas. Salen dos por cada bando: Lady Apache y Sexy Star son las malas y Dalys y Lady Afrodita, las buenas. Los mismos insultos, gritos, pasando por torceduras de cuello, costalazos contra la lona y posturas que duelen de solo verlas.

Pasados 15 minutos de toda esta violencia coreográfica, Sexy Star ataja a Dalys por la cabellera rubia, y mientras la somete le clava los colmillos afilados en la frente. Dalys se retuerce de dolor. Le empieza a brotar sangre profusamente de la herida y me pregunto si será de verdad. Y sí, es sangre humana. Su olor es inconfundible. Todo se impregna de rojo y es inevitable que a todos nos salpique. Asalta la duda de si habrá un control de enfermedades transmisibles, pero eso no parece importarle a nadie alrededor, y menos a Sexy Star, que ríe gloriosa mientras el público la insulta. Lady Afrodita, en venganza, se abalanza sobre Sexy Star y el árbitro da los tres golpes necesarios para definir como ganador a un contendor. La gente delira. El mal no ha vencido esta vez. Pero Dalys sigue sangrando y necesita que alguien pare esa hemorragia.

Los luchadores son elevados a una categoría casi mística. Ser luchador es una forma de vivir y su personaje, con o sin máscara, es su verdadero rostro. Cuando salen de sus camerinos directamente al ring, ya no son personas anónimas. La máscara y su cabello son los elementos de su fuerza, donde pueden protegerse del mundo exterior. Por eso, cuando la ponen en juego con otro luchador (las máscaras se apuestan en las peleas, al igual que las cabelleras) al perderla o quitársela, pierden la jerarquía y todos los beneficios que conlleva el “no saber quién eres”. Esto forma parte de la mitología de la lucha, de unas reglas que son sin duda sacadas del imaginario realismo mágico de Latinoamérica.

Cierto o no, la lucha es un fenómeno que pertenece a un sector de la sociedad mexicana que no es la mayoría. Tiene los aires de una subcultura que no se relaciona con la modernidad o con el avance del país. Puede decirse que es, en cierto modo, considerado por los más remilgados como un deporte marginal. Casi todos los escépticos cambian de opinión cuando ven con sus propios ojos la sangre y escuchan los sonidos de los golpes. Sí, es algo underground y, por tanto, para muchos, muy cool.