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Caracas de noche

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La nocturnidad caraqueña consigue espacios para mantenerse vital. Tres escritores venezolanos –Salvador Flejan, Héctor Torres y Willy Mckey– se adentran en ella para ofrecer su mirada de una ciudad que se las arregla para no descansar

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La pizzería de Isabel
Salvador Fleján / @salvadorflejan

Nadie sabe quién descubrió el sitio. Algunos atribuyen el hallazgo a las huestes del grupo literario El apéndice de Pablo; cofradía comandada por el joven escritor Mario Morenza y cazadores incansables de esa entelequia líquida que es el tercio a ocho bolos. Otros, con el tiempo, han elaborado teorías un tanto más elaboradas y por lo tanto poco creíbles. Lo cierto del caso es que los jóvenes y no tan jóvenes escritores caraqueños nos habíamos quedado sin sitio de tertulia desde que los restaurantes chinos descubrieran que estaban vendiendo la cerveza muy barata.

Antes de que ocurriera aquella debacle, hasta chistes históricos-literarios fluían con cada ronda: “La República del Este ha muerto: ¡Viva la República Popular China!”, declaraban algunos espontáneos antes de que el capitalismo salvaje tomara forma de lumpia.

En esa estábamos cuando nos llegó el dato. En un principio aquella fachada de piedras carrasposas y el deslucido letrero de “Heladería Altamira” desalentaron hasta a los espíritus más vanguardistas. Sin embargo, la promesa de la cerveza a ocho y los whiskys a veintiocho quebrarían las más tenaces resistencias.

Pero el evento definitivo que nos convencería de que aquél sería “nuestro sitio” ocurrió una noche. Creo que acabábamos de salir de una presentación de un libro de la editorial Lugar Común. Entre los muchos escritores que logro recordar que se aventuraron a acompañarnos a nuestro reciente descubrimiento, estaban la novelista Gisela Kozak, los poetas Willy McKey, Eleonora Requena y Santiago Acosta. También el narrador Rodrigo Blanco Calderón y el ensayista Luis Yslas. Hasta la librera Carla Cordero se animaría aquella noche.

La reunión avanzaba sin mayores sobresaltos. McKey devoraba una improbable combinación de papas fritas con huevos fritos con una espeluznante variedad de toppins. Blanco Calderón daba cuenta, junto a su hoy esposa, de un cordon bleu, platillo al que se ha hecho adicto. Cervezas y escoceses llegaban a la mesa de la mano de José, el único mesonero del local y a quien había que enamorar previamente contándole anécdotas de los años 80, so pena de que jamás pasara cerca de la mesa.

Antes de cerrar el local se nos acercó Isabel. Isabel celebraba su cumpleaños número 40 y lo hacía en solitario desde la barra. Creo que sonaba algo de Billo’s cuando se acercó a nuestra mesa. Sin mucho protocolo sacó a Willy McKey a bailar el clásico del maestro Frómeta: “La casa de Fernando”.

Más vale que no.

En menos de 10 minutos toda la mesa se encontraba en un trencito interminable. Esposas y novias también estaban “enganchadas” a la locomotora Isabel. Momentos memorables que alguien fotografió para Facebook y que trajo una disputa estéril en la red. “El talibán del trencito”, tuvo a bien imaginar Rodrigo Blanco Calderón para describir a aquel intolerante.

Desde aquel día, cada vez que queremos la del estribo pensamos en Isabel. Una asociación que nos resulta grata, pero sobre todo económica.

Salvador Fleján (Caracas, 1966). Es autor de los libros de cuentos Intriga en el Car Wash (Mondadori, 2006) y Miniaturas salvajes (Puntocero, 2012).


La noche en el ghetto
Héctor Torres / @hectorres

Caracas es una ciudad de ghettos. La gente no sólo se encierra en ellos para dormir, sino para ejercer todas las actividades que conforman su “normalidad”. La paradoja de nuestra ciudad es que, como el hampa está suelta, el ciudadano común se encierra voluntariamente. Y, como criminales de alta peligrosidad, más seguro se siente en tanto más se encierra. Ya las rejas del apartamento y del piso en el que viven son insuficientes; ya van por el edificio y la calle.

Hay salones de videojuegos ubicados en centros comerciales que funcionan toda la noche, pero a puerta cerrada. Como las funerarias: a las nueve cierran la puerta y nadie sale ni entra hasta el día siguiente. Igualmente, hay tascas a las que se accede luego de tocar un timbre y esperar si deciden abrir la puerta, mientras que centros comerciales y culturales nos dan la bienvenida con garitas, muros, vigilantes y un letrero que reza: “Por su seguridad usted está siendo filmado”.

Lo de “se reserva el derecho de admisión” dejó de ser un cartelito tan inocuo, como los de prohibición de uso de armas de fuego que proliferan en los espacios públicos, los cuales no sólo patentan una ingenuidad insólita de las autoridades encargadas de nuestra seguridad, sino que acentúan la percepción de que nuestro sentido de la “normalidad” no es muy normal que se diga.

Abraham Harold Maslow propuso una teoría de la jerarquía de las necesidades humanas conocida como la pirámide de Maslow. En ella, afirma, las personas tienen seis niveles jerárquicos de necesidades, y en la medida en que cubren las necesidades de un nivel pasan a resolver las del siguiente. En dicha pirámide, las necesidades de seguridad están por debajo de las de afiliación y apenas por encima de las fisiológicas. El caraqueño, para resolver ese nivel de necesidades, sacrifica el sentido de pertenencia a su ciudad, encerrándose en ghettos. De allí que sea “normal” poner alcabalas en calles públicas y desconfiar de todo desconocido que deambule por la zona. Y como considera que la ciudad no es su casa, no la siente suya, ni la cuida ni le interesa conocerla.

En una infeliz ocasión, a algún funcionario público se le ocurrió la genial idea de acuñar un eslogan inolvidable: “Venezuela, donde lo extraordinario se hace cotidiano”. Nada más honesto: Es extraordinario vivir sujeto a códigos propios de una ciudad en guerra como si fuese algo cotidiano. El caraqueño sale a divertirse pendiente de aquel tipo, aquel carro, aquella esquina solitaria, aquella calle oscura… tan cotidianamente. Ojalá algún día podamos disfrutar de una cotidianidad ordinaria.

Héctor Torres (Caracas, 1968). Ha publicado la novela La huella del bisonte (Norma, 2008), los libros de cuentos El amor en tres platos (Equinoccio, 2007) y El regalo de Pandora (FB Libros, 2011), y el volumen de crónicas Caracas muerde (Puntocero, 2012).

 

La ilusión cultural
Willy McKey / @willymckey

En Caracas la experiencia cultural tuvo que volverse una buena noticia para salvarse. Es una noticia bulliciosa, excedida pero buena. Ése es su salvoconducto: una carnada de bondad que hemos venido a picar agradecidos.

Hagamos ficción. Usted me acepta una invitación y nos vamos un mes atrás en metro hasta Bellas Artes. Hemos hecho un hueco en la rutina y eso ya es un síntoma.

1. ¿Vamos a la Ruta nocturna de los Museos? Los museos abren hasta la noche, en un bar cercano se puede escuchar un concierto acústico y un pequeño bulevar muestra teatro de calle. Quienes asisten sonríen: la cultura compone, humaniza, llena todo. Estamos en la Ruta nocturna. Es un espejismo: esta fecha es un oasis en la agenda. Lo malo es que los oasis sólo son buenas noticias porque estamos cruzando un desierto.

En un viraje de la frase del Che Guevara, nos han vuelto extraordinario lo que en otras ciudades es un asunto cotidiano. Y parece que debemos agradecer que el hecho cultural se nos haya vuelto un extrañamiento. No hay ningún mago, pero toda esta noche es un truco hermoso, una oportunidad para mudarnos juntos a una ilusión. Dura sólo una noche. Los museos siguen teniendo a Caracas allá afuera.

2. Curaduría de la noche. Nos quejamos del bululú desde adentro, cuando ya somos parte de él. Pero es inevitable. Cada experiencia se vuelve imprescindible, pues no hay manera de dejarla para después. No estar siempre impide re-agendar fechas. O es ese día o no es.

El miedo legítimo por la noche ha condenado a los caraqueños a dos tipos de experiencia cultural. El primero es la privadísima región de los bautizos de libros, la obra de teatro, el concierto, una exposición, ir a bailar. Y el segundo es el festival como única vía para poder consumir cultura: hay que detener la ciudad para poder cruzarla. Aunque quizás lo difícil de la noche en Caracas no sea ir a la cultura, sino volver de ella. La frase: “Mándame un mensajito cuando llegues” se nos ha vuelto folklore. Aún nadie le hace la curaduría al miedo nocturno.

3. Y en el teatro más cercano. Nuestro tercer viernes de agosto se acaba antes de que lo manden. Hay que caminar hasta el metro de vuelta y las luces y los vapores de la alegría convertida en cilindros dentro de bolsitas de papel marrón han empezado a complicar el intercambio cultural. Además, hay un contraste notorio: mientras una mitad de Bellas Artes celebra una escultura de Zitman, la otra está blindada y verde oliva. Mientras usted y yo recorríamos este viernes de nocturnidad museografiada, en la sala más grande del Complejo Cultural Teresa Carreño, los aplausos los recibe otro artista que entrega viviendas.

¿Ha ido a verlo? Lleva rato en cartelera.

Willy McKey (Caracas, 1980). Es autor de los poemarios Vocado de orfandad (Fundarte, 2008) y Paisajeno (2012).