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Bolívar, ajeno al mito

Bolívar, ajeno  al mito

Bolívar, ajeno al mito

El 25 de julio se estrena la esperada película Libertador de Alberto Arvelo, donde Edgar Ramírez le da vida al prócer desde su talento y oficio. En esta entrevista exclusiva, el reconocido actor venezolano cuenta cómo se alejó de las idealizaciones para encarnar al héroe y cómo logra mantenerse centrado en su trabajo, que ahora complementa con el papel de productor ejecutivo

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Edgar Ramírez está realmente delgado. Su físico aún conserva el peso ligero que adoptó para encarnar a Roberto Durán, el boxeador panameño, también conocido como Manos de Piedra. Por aquella dieta que lo puso a régimen, su rostro adoptó las facciones de Angelo Colarossi, el modelo italiano inmortalizado en una fotografía de Julia Margaret, que el escultor Alfred Gilbert esculpió en bronce, convirtiéndolo en el ángel de la caridad cristiana de Piccadilly de Londres, en el mismo siglo en el que murió Simón Bolívar.

“¿Somos nosotros quienes buscamos a los personajes o son ellos quienes nos encuentran? No he logrado dilucidarlo”, se pregunta Ramírez en vivo y cara a cara por Internet. “Me atraen los personajes contradictorios. En el caso de Simón Bolívar, ‘Carlos’ Ilich Ramírez,  Cyrano, me han fascinado las circunstancias que han llevado su vida al límite; las paradojas que han puesto a prueba su  naturaleza. Me interesa explorar cómo y hasta qué punto el amor, el poder, los ideales y las obsesiones subyugan la experiencia humana”.

 

Bolívar cercano. Libertador está lejos y cerca de Edgar Ramírez. Terminó este rodaje en junio de 2012. La película, que se estrena el próximo 25 de julio, evoca al héroe más allá del imaginario y los libros. “Cuando se hacen personajes históricos se debe ser muy cuidadoso en el manejo de su significado colectivo porque puede ser una carga. Intenté no ceder ante la presión del Bolívar de mis amigos, de los historiadores, del personaje  impoluto que me fue enseñado en Cátedra Bolivariana. Y traté de protegerme de mi opinión, de mis recuerdos y sensaciones de infancia para evitar la peligrosa unidimensionalidad generalmente asociada a la imagen de un prócer”.

Anthony Hopkins dijo una vez que todo personaje deber ser abordado desde el amor, sin juicios. La dirección de Alberto Arvelo muestra al niño que escapa de ver al cadáver de su madre y se arroja a los brazos de Hipólita, al criollo desbarrancado de amor por su esposa y, luego, presa del despecho en la viudez, entregado a una vida disipada en París. También al hombre inspirado por su maestro y contagiado por la causa de libertar a todo un continente desatando batallas sangrientas, desafiando la propia naturaleza de una montaña nevada y hasta la traición.

A medida que transcurre el filme se diluye el prejuicio de la estatua en la plaza. “Sabíamos que el Bolívar de los cuadros no lo íbamos a hacer. Yo no me parezco a ese Bolívar. Quién sabe si el mismo Bolívar se haya parecido. Hemos tratado de no idealizarlo, sino de intentar contar la historia del hombre que pudo haber existido detrás del mito”.

 

Centrarse en el oficio. Una carrera como la que construye Ramírez posee un engranaje invisible a los ojos de la audiencia. Desde una butaca de cine no vemos agentes, mánager, abogados, el azar que genera un encuentro y pone en la mesa una oportunidad que aleja al actor de su realidad inmediata para llevarlo a vivir una serie de eventos que lo transportan a otras realidades.

Ante esa dinámica de grandes dimensiones, el venezolano tiene claro cómo mantenerse centrado. “Contrariamente a muchos preconceptos, el actor tiene que deslastrarse de su ego para alcanzar las emociones que debe lograr. Uno pone todo su sistema vital al servicio del personaje y no al revés. No puede existir carrera sin oficio. La sesión de fotos, las cenas, las entrevistas, las pruebas de vestuario, las giras de promoción... son la carrera, no el oficio. Hay que tener mucho cuidado en entender la diferencia. El foco hay que ponerlo en el oficio e intentar manejar el resto de las variables de la carrera con aplomo y consistencia. Me gusta conocer gente nueva, viajar, y por eso no sufro los retos de la carrera. Pero no me confundo: soy actor, ese es mi oficio. Celebridad, movie star, etc., son etiquetas que no dependen de mí y con las cuales prefiero no lidiar”. Esa posición  le da nuevas perspectivas. “Ahora valoro más mi tiempo. He superado algo que en inglés llaman   fear of missing out, el miedo a perderte de las cosas. Me he vuelto más selectivo, no por distancia o falta de interés, sino por la necesidad de priorizar que te da la madurez”.

Esa misma evolución le ha puesto en bandeja la oportunidad de seguir abriéndose caminos hacia otros oficios dentro de la misma carrera. Su papel en Libertador es también de productor ejecutivo, que comparte con Winfried Hammacher. “Lo único permanente en la vida es el cambio. Estoy concentrado en la actuación, pero me gusta la producción. Ayudo en lo que puedo a que la película se haga bien. Intento poner al servicio cualquiera de las habilidades que pueda tener”.

Aún no llega a los 40 años, tiene 6 filmes por estrenar, otros proyectos a punto de develar y es ahora cuando empiezan a librarse batallas contra el yo. “El tema de los padres lo tengo resuelto: mientras más me comporto como mi papá, más tranquilo me siento, y mi mamá se ríe. Mi reto es calmar la violencia. Los actores tendemos a ser violentos con nosotros mismos. No soy autodestructivo, pero sí demasiado exigente. Muchas veces entro en serios enfrentamientos internos que al final lo único que producen es paralización y malgaste de energía. Estoy practicando la gentileza. El trato gentil es lo que nos permite avanzar, individual y colectivamente”.

Toda la historia explica el presente, lo que ahora vemos como la encrucijada. Ramírez se pone más serio y suelta la taza de café tras la ventana de Skype. “El estudio de la historia nos relativiza, siento que sirve para dejar de pensar que nuestra circunstancia es la más gloriosa o la más dolorosa que alguna vez se haya vivido. Poniendo la historia en perspectiva hallas que no hay malos, ni buenos, y que esa concepción ha sido siempre una trampa. Cuando se hacen personajes como Bolívar, ves que los buenos no eran tan buenos y que los malos no eran tan malos; una mirada desprejuiciada a la historia desmantela los mitos”. Como muchas de las leyendas del país, algunas no eran tan grandes y lo que se veía simple, resulta espectacular.

 

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Un alemán tropicalizado

El productor ejecutivo detrás de Libertador es alemán y conoce Venezuela desde los 80. Winfried Hammacher vivió en Chile y llegó a Caracas en 1986. “Me enamoré en Venezuela y de los venezolanos. Desde Caracas leí muchos libros sobre su historia y las relaciones con Europa y Alemania. Cuando me fui, en 1989, quería seguir con mis estudios y coleccioné todos los libros que fueron publicados en Alemania en el siglo XIX sobre Bolívar”. Alberto Arvelo, quien cumplía ocho años con el proyecto, conoció a Hammacher y nació la posibilidad de hacer la película sobre el héroe con la calidad que siempre ha soñado el cine nacional. “Producir una película épica nunca es fácil. Attenborough, Bertolucci, Scorsese, trabajaron años en Gandhi, El último emperador y Kundun, antes de poder hacerlo. Lo lograron porque tenían la dedicación y la disciplina”.

En 2004 Hammacher conoció a Edgar Ramírez: “Él pudo interpretar a la persona en su guerra con el amor y la política. La cara que Bolívar tendrá en los próximos 30 años será la de Edgar”. En 2006 convocaron a otros productores de España y Los Ángeles, para hacer una película de alta factura con sello independiente. “El financiamiento independiente quiere decir que no cuentas con un estudio de Hollywood. Al principio recibimos dinero de la Villa del Cine (...) Presentamos el guión a inversionistas privados en Venezuela, Europa y EE UU. Luego creamos una estructura de coproducción española-venezolana. Tocamos muchas puertas, pero al final pudimos convencerlos y compartir nuestro sueño”.