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Artesanos del taller Morera | Todo en Domingo

Hay personas que dedican la vida a elevar el valor exquisito y delicado de un material noble hasta conseguir un producto memorable, elaborado a pulso y con mano atenta. Esta es la historia de hacedores de seda, bombones, mobiliario y joyería que se apoyan en los mejores materiales que brinda el país para crear objetos de antología

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Para Marc Flallo fue una sorpresa placentera cuando este año lo llamó el coleccionista de muebles del siglo XX Ignacio Oberto para agregar a su catálogo su silla Ame, que ideó en 2002 y luego expuso en la Bienal de Arquitectura y Urbanismo en España de 2010 y en la exposición No-Materia del Museo de la Estampa y del Diseño Carlos Cruz-Diez del año pasado.

Este autodidacta francés de 50 años, que llegó a Venezuela para trabajar en turismo en 1987, laboró durante cinco años para Casa Curuba, un taller de ebanistería radicado en Quíbor que conjugó la minuciosa mano de obra artesanal de la zona con las ideas y referencias de diseñadores extranjeros, como el carpintero austríaco Rudolf Stejskal y el estadounidense Emile Vestuti, artífices de piezas significativas del diseño industrial venezolano.

El entonces jefe del taller, Edison Daza, formó a Flallo en la técnica de trabajar la madera, pero con el tiempo este también descubrió una gran facilidad para diseñar.

Terminó por convertirse en la cabeza creativa de Curuba antes de su disolución en 1995, luego acompañó a Daza en una empresa que creó aparte, y se fue en 2003 para equipar un taller desde su casa en Barquisimeto. Desde ese momento, diseña con total libertad atendiendo cada etapa del proceso. “Lo mío es una cosa lúdica. Mis piezas son relativamente sencillas en lo visual, pero en lo técnico son complejas, y me he dado cuenta de eso al verlas terminadas”, dice.

Sus diseños, elaborados con maderas, cueros y hierro que consigue en Barquisimeto, tienen referencias de la escuela de Bauhaus, del diseño japonés y de la artesanía “pulcra” del pueblo nativo yekuana. El trabajo de los pueblos originarios, señala, es la base del diseño venezolano; por eso, dedica una porción importante de su labor como profesor de Diseño Artesanal en la Universidad Nacional Experimental de Yaracuy a darlo a conocer. “Hablamos sobre cestería, alfarería, diseño textil, cerámica y ebanistería, y lo más importante es que aprenden las técnicas”, comenta.

La faena silenciosa y contemplativa de su taller se complementa, entonces, con la importante actividad de la enseñanza a las próximas generaciones de diseñadores.

Elegancia tropical

Tarbay

Las hermanas Ana Sofía y Marta Tarbay no tienen que ir muy lejos para buscar la inspiración de sus colecciones. Han encontrado que la isla de Margarita –donde nacieron– y el Caribe son una fuente inagotable de ideas para diseñar las joyas, carteras y zapatos que hablan el mismo lenguaje de la mujer venezolana, coqueta y colorida por definición. “Tratamos de hacer piezas que acompañen a la mujer en todos los momentos de su vida y que se adapten al tipo de clima, al estilo de vida, a su forma de desenvolverse”, señala Ana Sofía, que abrió un pequeño taller junto con su hermana en 2002 y hoy cuentan con una plantilla de 70 trabajadores, 8 boutiques en el país y otras en Panamá, Santo Domingo y Miami. Sus inicios se concentraron en el diseño de joyería, elaborada en su taller de Margarita con metales finos como oro y plata, más gemas y perlas preciosas y semipreciosas que se han cultivado de 15 a 20 años para garantizar la calidad de lustre, nácar y brillo. La marca ha crecido de forma vertiginosa, pero los procesos permanecen artesanales. “El gran valor de la empresa es nuestro recurso humano. Cada pieza lleva un trabajo manual de horas, y ninguna queda igual a la otra. De hecho, un mismo modelo puede resultar distinto dependiendo de la presión y precisión que cada persona aplique a los metales”, explica.

En 2008 ampliaron su ámbito de diseño al darse cuenta de que su pasión estaba en los ornamentos para la mujer, que también son las carteras y los zapatos, elaborados en cuero de primera línea. “Son nuestras herramientas expresivas para darle forma a una identidad latinoamericana. Cada seis meses lanzamos una historia absolutamente nueva que se manifiesta hasta en la imagen gráfica y ambientación de las boutiques”, comenta.

Ya van por la duodécima colección, muestra de que, sin duda, el trópico da para mucho.

Cultores de la seda

Taller Morera

El entusiasmo por cultivar seda en Venezuela era tal que la sericultora María Eugenia Dávila subió a un avión desde las islas Canarias con un pañito húmedo que envolvía un número suficiente de gusanos como para emprender esa labor desde las montañas de La Pedregosa, Mérida.

Allí, Dávila y su esposo, Eduardo Portillo, tienen un taller de investigación y desarrollo textil desde hace treinta años, cuya fibra consentida es la seda. “El mundo de la seda aquí es una rareza, pero en otras partes del planeta da de comer a millones”, explica

Dávila, quien a los 19 años viajó a India y China con Portillo para estudiar los procesos de este fino y milenario tejido. Descubrieron que durante el régimen de Juan Vicente Gómez se habían plantado árboles de morera en Mérida, claves para la producción de gusanos. “Los aprovechamos para cultivar, mantener las razas, producir los capullos y procesarlos”. Crearon híbridos exclusivos de la zona que, gracias a dos telares que nunca se detienen, les han dado forma a bufandas, chales, tapices y caminos de mesa de un brillo elegante y sin estridencias.

En los inicios del taller había alrededor de treinta trabajadores, pero con el tiempo el número se redujo a ocho artesanos que pueden pasar meses indagando en las posibilidades del moriche, la lana, las tinturas naturales y otras fibras halladas en diferentes regiones del país. Su búsqueda en estos últimos diez meses se ha centrado en la mezcla de la seda con hilos metalizados de cobre, bronce y acero, que tendrán la oportunidad de exponer en el Salón Satélite de Milán el año entrante. Sumarán a la muestra el resultado de la experimentación con moriche y seda en un mismo tejido. “El moriche se da en el delta del Orinoco, y es tan exquisito como la seda. Lo interesante es que es justo lo opuesto: no brilla, es de origen vegetal, no es elástico ni fino. Pero esa contradicción es lo que crea el balance”, dice Dávila y se declara dichosa de poder exhibir los tapices obtenidos de esta composición única y exótica en sendas exposiciones de diseño textil que se realizarán el año que viene en el Museo de Arte y

Diseño de Nueva York y en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (Lacma).

La nobleza de un bombón

Coma Chocolatier

Que sea sólido por fuera, pero que al morderlo sorprenda al paladar con una textura cremosa y cargada de sabores pronunciados. Ese es el bombón que Juan Ignacio Salas, de 29 años de edad, procura con esmero desde Coma Chocolatier, una fábrica y taller de experimentación que comenzó en 2009 y que emplea la técnica de la chocolatería francesa. Salas conoce muy bien la diferencia entre el estilo francés y los métodos de la escuela suiza y de la belga, pues se formó en la reconocida academia de cocina y pastelería Le Cordon Bleu y se especializó como pastelero en Lenôtre, París. “Los franceses no usan moldes, sino que se enfocan más en el relleno. Vertemos el chocolate dentro de unas reglas y luego lo picamos en cuadritos que pasan por una máquina que recubre el bombón con chocolate temperado”, explica sobre un proceso en el que participan tan solo cuatro personas, vigilantes de que cada bombón sea perfecto: de proporción justa y con una cobertura bien cristalizada que proteja el relleno.

Este último ha sido investigado por Salas, que se ha aventurado con sabores menos convencionales e impactantes como parchita, wasabi y pimienta. “No faltan los tradicionales de almendras y avellanas, aunque todo el tiempo estoy pensando en modificar las recetas y probar cosas nuevas”, dice el joven entusiasta que heredó la pasión por la cocina y los bombones de parte de su padre, Darío Salas, artífice de los restaurantes Coma.

Aunque la tradición de artesanía y manufactura chocolatera se halle en destinos lejanos como Suiza y Francia, el cacao venezolano es un elemento indiscutible al elevar la calidad y sofisticación de los bombones de Salas. “Usamos El Rey como materia prima. El mijao, con 60,3% de cacao, es uno de mis predilectos”, dice. Cada mes producen entre 45.000 y 50.000 bombones desde su fábrica en Los Dos Caminos, que se despachan a su restaurante en el centro comercial Sebucán, a un stand en el Tolón Fashion Mall y la tienda Cacao Central del aeropuerto internacional de Maiquetía.