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El productor audiovisual, publicista y periodista, Gil Molina | Foto: Cortesía Proyecto Identidad

El productor audiovisual, publicista y periodista, Gil Molina | Foto: Cortesía Proyecto Identidad

Identidad Venezuela en 1000 rostros es una reciente compilación fotográfica que refleja las miradas y pensamientos de un millar de compatriotas excepcionales de distintos ámbitos. Su autor, Gil Molina, relata la aventura de ensamblar esta colección 

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Lila Morillo le desfiló varias mantas guajiras para que la retratara. Lina Ron le cantó durante un programa de radio y Jacinto Convit lo invitó a almorzar. El productor audiovisual, publicista y periodista Gil Molina tiene, literalmente, miles de anécdotas que contar sobre los 999 venezolanos que posaron para su lente con un cartel numerado y que hoy sonríen desde las páginas de Identidad Venezuela en 1000 rostros. El grueso tomo de dos kilos, diseñado por Álvaro Bustillos, es el producto de diez años de terca labor detectivesca con la ayuda de colaboradores, amigos y perfectos desconocidos.

La premisa era sencilla; la ejecución, ambiciosa: enumerar con foto, nombre y apellido a mil compatriotas que a su juicio debían registrarse para la posteridad. Desde la infancia le causaba angustia escuchar maravillas de algún venezolano célebre y no saber cómo se veía. En 2003 se le fermentó la inquietud y puso manos a la obra. “Todo el mundo pensó que estaba loco”, relata satisfecho. “En principio lo elaboré por mi disfrute, pero con el tiempo me di cuenta de que hice este libro porque no quiero sentir que estoy añorando el país en el que vivo. En tiempos difíciles es cuando más tenemos que examinarnos y ver qué estamos haciendo bien o mal”. 

Los elegidos

Molina decidió que su selección sería democrática. Consideró sesgado que sus mil sujetos fueran solo gente famosa y se propuso que también se vieran representados aquellos venezolanos que, sin ser masivamente conocidos, son parte integral del gentilicio por las tradiciones que encarnan. Para armar la lista, viajó por varios estados del país durante 11 meses con el fin de encuestar a gente de a pie. En plazas, calles y universidades preguntaba quiénes eran los 10 venezolanos —aún vivos, bien de su comunidad o de talla nacional e internacional— más representativos. “Así salieron los primeros 700”, apunta.

No se detuvo en credos, estratos ni ideas políticas. Entre otros, clasificaron cultores populares, vendedoras de empanadas, chicheros, expresidentes, empresarios, reinas de belleza, rabinos, monjas, científicos, chefs, músicos y atletas. Para encontrar al resto de sus potenciales barajitas, el autor se reunió con eminencias de distintos ámbitos y les pidió sugerencias. “Otros fueron surgiendo sobre la marcha como Rubén Limardo —que se ganó la medalla de oro en las Olimpíadas de Londres 2012— o eran personajes que siempre me intrigaron, como quién compuso el Ay, qué noche tan preciosa, de quién es el comercial del limpiador de pocetas MAS o quién diseñó el paquete de harina PAN. Procuré empezar por los personajes de mayor edad y eso me permitió entrevistar a tiempo a muchos que ya no están”.

Molina le preguntó a cada participante quiénes somos los venezolanos. Sus respuestas acompañan cada retrato. El resultado es un caleidoscopio de rostros, reflexiones y biografías que dan cuenta de la diversidad de ideas e influencias que nos definen.


¿Quiénes somos?

Con prólogo de Milagros Socorro y Elías Pino Iturrieta, quizás uno de los mayores divertimentos al hojear este libro es retarlo: buscar en el índice cualquier nombre popular que a uno se le ocurra para confirmar si, en efecto, entró en el mismo mosaico que reunió a Domingo Maza Zavala, Alicia Machado, Eugenio Montejo, Yolanda Moreno, Popy y Chino y Nacho. Hugo Chávez posó con el número 402 en alusión al 4 de Febrero. Catherine Fulop sonríe con el 086. Maritza Sayalero con el 079 y Lupita Ferrer con el 703. Betulio Medina porta el 974; Andrés Galarraga, el 858. Tibisay Lucena sostiene el 264 y Leopoldo López el 448. Carolina Herrera posa regia con el 212 y Pastor Maldonado con el 506. Con el 001 abre Mirla Castellanos. La Primerísima.

¿Cómo convencer a una galería tan variopinta? “Lo que me interesaba, más allá de las diferencias, era que todos estuviéramos representados para ver dónde nos encontrábamos, dónde nos reconocíamos en los demás. A cada uno le dije que el único requisito era ser venezolano, o que aún sin haber nacido aquí, sintiera pasión por este país y lo hubiera hecho suyo. Eso era todo. La gran mayoría lo entendió enseguida y participó con mucho gusto; muy pocos me dijeron que no”, revela. “Cuando uno tiene un proyecto respetuoso, sin afán de discriminar y en el que la gente se siente libre de decir lo que piensa, hay más disposición. A través de unos conseguí a otros y muchos se entregaron de corazón. Me enorgullece haber podido sacarles algo sentido, honesto, genuino. Algunos hasta se pusieron a llorar”.

Cabe preguntar a qué conclusión llegó, después de 999 entrevistas tan disímiles, en términos de esencia y futuro. “Somos amistosos, confianzudos, improvisados, divertidos y solidarios. Sabemos usar el humor, pero no sabemos capitalizarlo. Nos resulta fácil quejarnos de todo, pero nos cuesta exigir que lo que no funciona se haga de manera correcta”, señala. “Nos cuesta la autocrítica: en ese aspecto nos sale más natural decir ‘el venezolano es’ que ‘los venezolanos somos’. Siento que hasta que no nos reconozcamos como parte del problema y también de la solución, no vamos a avanzar. Nos va a tomar tiempo volver a encontrarnos, pero se puede lograr”. Su consigna inclusiva no se anida en la retórica para completar el combo de los mil notables. Quien abre el libro y se descubre como el origen en el número 000, reflejado desde una página brillante y plateada, es uno mismo.


Papeles de identidad

Interrogarse a sí mismas para hallar una huella que las defina es una constante de las sociedades que pasan por transformaciones decisivas: verse desde la reflexión —especular y crítica— para dar con los atributos comunes que las constituyen; la unidad que subyace en la pluralidad. Durante los últimos años en Venezuela, la bibliografía sobre el ser nacional no ha dejado de crecer y ganar lectores.
Así, Historias que laten en Choroní, publicado en 2013 por la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, registra las historias de la gente que hace vida y obra en esta emblemática región de Puerto Colombia. Rostros y oficios de la cotidianidad captados por un grupo de periodistas y fotógrafos surgidos de los talleres de la revista Marcapasos. Proyecto que este equipo replicó en 2014 con Rostros de El Hatillo, con motivo del aniversario 230 de este pueblo del estado Miranda. Más recientemente, Ni tan chéveres ni tan iguales de Gisela Kozak, y Objetos no declarados de Héctor Torres, ambos publicados este año por Ediciones Puntocero, son apenas un par de muestras ejemplares de los variados libros que continúan encendiendo luces por medio de la reflexión y la crónica sobre la movediza y compleja idiosincrasia venezolana.

Luis Yslas

Espejo en desarrollo

Identidad Venezuela en 1000 rostros es el primer resultado de lo que Gil Molina ha denominado Proyecto Identidad. Su plan es escudriñar en todo aquello que nos distingue como venezolanos. Actualmente, desarrolla una investigación sobre la historia y los usos del plátano como ingrediente básico de la cocina venezolana —“ningún país lo consume en tantas formas como nosotros”, asegura— y otra sobre la historia del cine venezolano a través de sus carteles. “En principio, esta iniciativa era mía, pero todo el que tenga ideas puede plantearlas a ver qué podemos hacer”, propone. Por el momento, espera seguir ampliando su colección de rostros venezolanos desde la plataforma digital www.proyecto-identidad.com.

 


Con más de 800 páginas, Identidad Venezuela en 1000 rostros cuesta 3.450 bolívares. En Caracas se consigue en las librerías Kalathos, El Buscón, Lugar Común y en la tienda Zoco. También puede adquirirse en www.proyecto-identidad.com

 


¨Me siento feliz de haber participado, no tanto por formar parte de un selecto grupo, sino por tener el privilegio de presentar lo que es realmente Venezuela: un país de gente del primer mundo¨

No 239: Rodolfo Saglimbeni, director de Orquesta Sonfónica Municipal de Caracas.

 

¨Mi foto la hicimos en RCTV, grabando una novela que se llamaba Amor a palos. Estar junto con toda esa gente es como historia patria. Es un honor. Servirá para que cuando ya no estemos alguien se acuerde de nosotros¨

No. 055: Susana Duijm, Miss mundo 1955 y locutora