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Grass y Galeano

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Esta semana murieron, con pocas horas de diferencia, dos escritores que hacia el final de sus vidas sorprendieron al mundo con valientes confesiones.

Uno de ellos, el alemán Günter Grass, quien era considerado el faro moral de su país, reveló que en su juventud había pertenecido a las Waffen-SS, un brazo armado del partido nazi, culpable de múltiples crímenes de guerra. Aunque afirmó nunca haber disparado un tiro, y aunque fue reclutado a la fuerza, sus críticos lo acusaron de haber mentido para salvar su reputación. El tiempo, creo, y la relectura de sus obras lo absolverán.

El otro, el uruguayo Eduardo Galeano, contó que su libro Las venas abiertas de América Latina, que nuestra izquierda leyó y sigue leyendo como si fuera un evangelio, fue una obra de juventud escrita “sin conocer debidamente de economía y de política” y “sin tener la formación necesaria para hacerlo”.

Semejante admisión tendría que haber producido un malestar agudo entre la izquierda del continente, pero fue más bien ignorada, como si se tratara de un detalle menor. Quizá porque el texto de Galeano es tan nuclear, tan próximo al centro mismo del ideario de la izquierda latinoamericana, que removerlo de ahí podría hacer colapsar todo el edificio. Sospecho que un temor similar, a hacer detonar una contradicción que podría ser fatal, llevó a Günter Grass a mantener su pasado oculto durante 60 años.

Como tantos, leí a Galeano cuando joven. Absorbí su prosa obcecada con pasión de adolescente y durante un tiempo culpé a los gringos y las multinacionales de todas nuestras desgracias. (El hecho de que eso siga ocurriendo entre nuestros jóvenes apunta a una deficiencia de nuestro sistema de educación secundaria). Pero me duró poco, pues pronto aprendí dos o tres nociones de economía básica que me bastaron para cerrar para siempre Las venas abiertas. Y lo mismo le pasó a muchos otros lectores, quienes, incluso antes de que Álvaro Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner hubieran diseccionado al “perfecto idiota latinoamericano”, ya habían consignado ese panfleto exquisito a la pila de las lecturas superadas.

No así nuestros intelectuales y líderes de izquierda, que siguieron abrevando en Las venas abiertas el veneno antiyanqui que ha sido la esencia de su pensamiento económico. Nosotros somos pobres porque “ellos” son ricos, como escribió Mario Vargas Llosa en el prólogo del Manual del perfecto idiota latinoamericano. Por eso Hugo Chávez asaltó a Obama con una copia del libro; por eso el columnista Antonio Caballero dijo dudar de que fuera cierto que Galeano hubiera desautorizado su propio texto, pues a él, a Caballero, le seguía pareciendo muy “actual”.

Pero sí, sí fue cierto, como lo registraron los principales diarios del mundo, y no, ese texto nunca fue actual. Nació trasnochado. Los regímenes que se tomaron en serio sus tesis paranoides -Cuba y Venezuela, por ejemplo- terminaron sometiendo a sus sociedades a la miseria y la tiranía. No se puede culpar a un autor de lo que las cabecitas locas hagan con lo escrito en su obra. Pero a manera de simple observación estadística, es seguro que Las venas abiertas es responsable de más muertos y más tragedias que el paso de Grass por las milicias nazis.

@tways / ca@thierryw.net