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Sumito Estévez

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Cada quien con sus obsesiones y sus sueños, y uno de los míos apunta a lograr que nuestros sabores se envasen con código de barra para que puedan ser exhibidos en anaqueles de supermercados. Si lo meditan un poco, la única forma de exportar una cultura gastronómica es esa. Mientras nuestro ají dulce no esté en pasta o deshidratado, mientras no haya botellas de aceite onotado, mientras nuestros quesos no estén tratados para exportación, mientras no se vendan frascos con sofrito, mientras no sea famoso un lomo caroreño rebanado… y un pare de contar infinito; pensar en exportar una forma venezolana de ser, desde nuestros sabores, solo será un sueño.

Históricamente ese logro enfrascado no surge desde los grandes industriales de la alimentación, sino desde humildes manos populares que conocen nuestro recetario y nuestra sazón, y que suelen hacerlo de manera doméstica en sus propios hogares. Asesorar a esas personas en aspectos gastronómicos y de conservación, darles facilidades burocráticas para que formalicen sus emprendimientos, darles asesoría financiera y los primeros pasos del crédito, explicarles la importancia de una etiqueta, y sobre todo darle cabida a su producto en anaqueles para que otros los conozcan; ha sido la clave de muchos países que hoy en día son considerados potencias en exportación de alimentos. Lo he comentado antes: soy un imperialista cultural porque creo en volver conversos a otros pueblos hasta enamorarlos del mío.

En la isla de Margarita, más específicamente en La Asunción, desde hace varios años se hacen ferias populares de calle de artesanos gastronómicos. Gracias al apoyo del gobierno municipal, organismos de turismo y cultura y la comunidad organizada, esas ferias han mejorado cada año, tanto en calidad de organización como en la calidad de las propuestas. Mujeres y hombres que hace cinco años se aventuraron por primera vez a mostrar su torta de pan de año o su pastel de chucho en un mesón vestido con tela en la calle, han ido afinando su propuesta. Lo más importante es que han comenzado a soñar que podrían mantener a sus familias con el fruto de ese trabajo y han inspirado a otras (uso el femenino porque casi todas son mujeres) a aventurarse con originales propuestas como miel de papelón o mermelada de ají dulce.

Con ellas y ellos vengo trabajando hace un buen tiempo. Son mis amigos. Son mis vecinos. Son mi familia extendida. Nos saludamos en la calle cuando nos encontramos camino al trabajo, porque todos (por el momento) trabajan en otras cosas. Una vez nos reunimos para ver si hacíamos una cooperativa en un espacio de mi escuela de cocina, con miras a hacer un local para el público. Pero las cooperativas, salvo que el trabajo de uno complemente al de otro,  son complicadas. Luego vimos la posibilidad de hacer una banca comunitaria gracias a la asesoría de Salomón Raydán y sus Bankomunales. El banco se logró y ha ayudado, pero era algo ingenuo de mi parte pensar que sin entrenamiento en negocios íbamos a hacer nuestra tienda. De ingenuidad en ingenuidad nos hemos ido conociendo. De ingenuidad en ingenuidad nos hemos ido entrenando. Así nació esta semana El Rincón Asuntino.

Remodelamos una parte de nuestro restaurante Mondeque, le pusimos una nevera exhibidora, en las paredes repisas de madera, hicimos un logotipo y bautizamos el espacio. ¡Es nuestro Rincón Asuntino!

Pero en esos anaqueles no se puede estar solo por el hecho de que cocinemos sabroso. Hay condiciones. Todos pasarán por un taller de manipulación de alimentos, todos tendrán número de impuestos (RIF) para lo que el organismo nacional (Seniat) prestó gran ayuda en una jornada… Pero sobre todo ¡deben tener un envase con etiqueta, nombre y forma de contacto! La alegría de la que fui testigo cuando muchos de mis aliados en este proyecto vieron esas etiquetas que ellos mismos diseñaron es algo que no olvidaré. Uno subestima la etiqueta y su diseño, cuando en el fondo es el resumen de cómo queremos que nos conozcan, nos vean y nos contacten.

Lo más importante es que no hay nada regalado. Tuvimos apoyo de la Alcaldía de Arismendi (La Asunción, isla de Margarita) y de organismos de turismo, pero en ningún caso hubo ayuda económica. Yo como empresario que hizo una inversión, para acomodar el espacio de mi restaurante, la pienso recuperar cargando un porcentaje acordado entre todos a la venta de esos productos; y cada aliado debe saber cuánto cobrar para ser competitivo y sustentable, porque mi restaurante jamás regateará el precio que ellos decidan. Que no regalen ellos, que no regale yo, que todos aprendamos a hacer de esto un negocio.

Con apenas 24 horas de abiertos la división de talleres de emprendimiento de la Universidad Sigo (isla de Margarita) le ofreció al grupo de emprendedoras un taller de 20 horas, y el presidente local del organismo oficial para el desarrollo de pequeña industria (Inapyme) tuvo una conversación con el grupo ¡Esto es apenas un camino que inicia y que dependerá de la suma de muchos!

De nuestros errores aprenderemos y cuando uno de nosotros no esté vendiendo, entre todos analizaremos qué factores (precio, presentación o producto ofertado) pueden estar influenciando, y veremos cómo mejorar.

Soy un soñador porque estoy rodeado de gente que sueña. Gente que ya se imagina ser descubierta por empresarios que probaron en nuestro rincón uno de sus productos y les proponen ir a supermercados, gente que sueña que los llamen a hacer los abrebocas en bodas, gente que sueña con bolsas llenas de sus productos como souvenir de los turistas, gente que sueña que nuestra cultura sea conocida en todo el mundo… Gente que cada mañana sueña país.