• Caracas (Venezuela)

Sumito Estévez

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Sumito Estévez

Mi perfume

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Pensemos por un momento en un producto que nos guste mucho, al que nos ligue el afecto y por el que estaríamos dispuestos a luchar para que no desaparezca. Uno que lloraríamos si deja de ser lo que siempre ha sido. Uno que nos produce orgullo porque es un producto de nuestra tierra altamente apreciado en el mundo. Pensemos por ejemplo en un licor o un queso, y por un instante pongámonos en los zapatos tanto del productor como del comensal.

El productor desea que siempre lo respeten por lograr esa maravilla, pero tiene miedo de que todos esos años de trabajo para desarrollar la perfección se vayan por el caño por culpa de falsificadores de oficio. El cliente simplemente desea que no lo engañen. Que si la botella dice, por ejemplo, ron venezolano, elixir casi perfecto, no se trate de un engaño producido en otro país al que le pusieron una etiqueta para aprovecharse del prestigio ganado a fuerza de mucho tesón; porque si eso sucede, por un lado usted y yo hemos sido engañados, y por el otro el productor ha sido afectado porque por allí andan botellas falsas a precio menor.

Justamente para proteger a ese productor y para protegernos a usted y a mí es que la humanidad diseñó un entramado legal conocido como Denominación de Origen. Un sello de calidad. Una garantía. Un aval que permite demandar a quien usa el nombre protegido y que le niega esa etiqueta a quien desea hacer las cosas mal. Un nombre propio que nos llena de orgullo porque está íntimamente ligado a nuestro espacio geográfico, a nuestra cultura y a nuestro conocimiento. Demostrar que eres único no es cosa fácil, y por ello son muy pocas las denominaciones de origen en el mundo.

Lograrlo para un licor o un queso ya es difícil, pero lograrlo para un vegetal es casi imposible. ¿Cómo decir que una cebolla o una alcachofa solo se producen bien en un lugar? Pero ese casi imposible es una puerta que queda abierta. Por eso es que nuestro Cacao Chuao posee una denominación de origen de carácter legal internacional. Porque solo en este clima, en esta tierra y con nuestras técnicas de fermentación y secado es que se puede lograr una perfección por la que un chocolatero al otro lado del mundo está dispuesto a pagar más. Ni el productor desea que inunden el mercado de Cacao Chuao falso, ni el chocolatero desea que los productores descuiden la manera de producir ese cacao.

Surge entonces la pregunta: ¿qué otro producto venezolano deberíamos proteger? Pues en la isla de Margarita muchos pensamos que ha llegado la hora de luchar por una denominación para nuestro ají dulce margariteño. Literalmente, el perfume que nos define como país. Nuestro perfume.

Es lógico que muchos se muestren escépticos ante lo que a todas luces pareciera un ejercicio de chauvinismo forzado. Un acto más de populismo nacionalista. Otro ejercicio de división. Pero es aquí en donde entra a colación un factor muy interesante: el ají dulce es un invento del hombre.

El ají, producto americano, surge hace 20.000 años en la zona que hoy comprenden Bolivia y Perú. El hombre aprende a sembrarlo y reproducirlo hace 10.000 años y finalmente llega a nuestras tierras venezolanas hace 5.000. No gustó. A nuestra gente no le gustaba mucho el picante. Igual lo sembraban con desgano y quiso la providencia que de vez en cuando a la mata le salieran unos ajíes enfermos, es decir, unos que no picaban tanto. Pues esas semillas eran las que nos daba por sembrar. Las raras. Las dulces.

Pero no toda mata salía robusta, productiva, así que el hombre desechaba las semillas de las plantas mustias y prefería las rozagantes. Y así, de siembra en siembra, de error a prueba, fuimos creando literalmente un ají con el sabor que nos gustaba y que se adaptaba a condiciones climáticas (y plagas) muy, pero muy, específicas. ¡No es casual que cada vez que tratamos de sembrar una semilla de ají dulce margariteño en otro espacio geográfico, sale cualquier cosa menos un ají aromático, colorido y robusto!

Lograr ese ají que nos enorgullece, ese ají casi picante sin llegar a serlo, esa herencia, no es tan simple como sembrar unas semillas en Margarita de cualquiera que compremos en un supermercado. Basta, entre muchos factores delicados, que cerca de la siembra haya ajíes picantes para que la polinización juegue una mala pasada y cambie el perfume. Basta que no sembremos una mata a la distancia correcta de la otra para perder calidad. Basta que no desechemos las semillas del ají que no es óptimo para que baje también la calidad. Basta, ¡Dios nos proteja!, que llegue una transnacional como Monsanto y patente las características de esa semilla gloriosa, y a partir de ese momento tengamos que comprarles a ellos la semilla para poder producir el perfume de nuestras casas.

Proteger, mantener, dejar un legado pasa por reglas; y es allí en donde entra la ley. En donde entra el concepto de Denominación de Origen.

El perfume de nuestro país, el perfume del ají dulce margariteño, es un derecho colectivo. Si alguien desea sembrar ají dulce fuera de Margarita está más que en su derecho, solo pedimos que no lo llame margariteño. Si alguien desea sembrar ají dulce en Margarita saltándose las reglas de calidad que por miles de años hemos domesticado, está más que en su derecho… Solo pedimos que la etiqueta no diga margariteño. Porque margariteño es un sello de calidad del que estamos muy orgullosos.

Cuando el 19 de junio de 2014, en un atestado salón Margarita del hotel Bella Vista de la isla de Margarita, Fernando Escorcia, presidente de Margarita Gastronómica y gran impulsor de este sueño; Sergio Somov en representación de los productores y Verni Salazar en representación de los cronistas, pusieron la piedra fundacional y pidieron firmas para este sueño inmenso que es una denominación de origen internacional para nuestro ají dulce margariteño, a mí se me aguaron los ojos. Es un camino arduo convencer y lograr. Tomará tiempo. Pero no hay esfuerzo que resulte innecesario si trata de un perfume llamado Venezuela.