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"Nuestros niños se están quedando huérfanos”

Allegados a Chaparro Sánchez cargaron su urna por varias cuadras para brindarle un homenaje | Foto: Antonio Rodríguez

Allegados a Chaparro Sánchez cargaron su urna por varias cuadras para brindarle un homenaje | Foto: Antonio Rodríguez

Durante cinco días permanecieron los dolientes despidiendo a Saúl Chaparro, una de las víctimas del triple homicidio en El Atlántico

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El tráfico en Pérez Bonalde era un infierno de cornetas, humo y calor. El jueves 21 de noviembre cientos de allegados a Saúl Chaparro Sánchez, de 28 años de edad, trancaron la cuarta transversal de la avenida Colombia de Catia para despedir a una de las tres víctimas que perdieron la vida en manos de asesinos con rostros tapados el domingo anterior, en la Tercera Vuelta de El Atlántico.

Habían pasado cinco días desde su muerte, pero la funeraria Las Pompas seguía abarrotada. La calle estaba cercada por una fila de autobuses cuyos vidrios lucían frases que exigían mayor seguridad en los barrios de La Silsa o mostraban el dolor por haber perdido de repente al joven transportista.

“Él se daba con todo el mundo. Su abuelo y su padre son miembros de la línea y desde los 18 años de edad él siguió sus pasos. Se fue ganando la confianza de todos los socios porque era trabajador y siempre estaba dispuesto a cubrir los turnos. Lo vimos crecer y es muy duro saber que lo mataron así”, dijo Ramón Morales, presidente de la línea de transportistas que cubre la ruta Las Casitas-Alfredo Rojas, en la que trabajaba la víctima.

Chaparro Sánchez estuvo trabajando ese día hasta la medianoche. Cuando ya se disponía a ir a su casa, se encontró con Rommy Albarrán y se quedaron hablando un rato. Justo en ese momento varios encapuchados los sorprendieron, preguntándoles por el Gordo. No lo conocían. Amenazados fueron llevados hasta una de las viviendas del sector Alfredo Rojas donde se realizaba una fiesta con más de 20 asistentes. Allí los delincuentes interrogaron a Oswaldo Martínez Villegas y a Jorge Barreto Moreno, y obtuvieron la misma respuesta: ninguno sabía el paradero de quien estaban buscando.

Al parecer, la ira por no encontrar una respuesta favorable llevó a los encapuchados a disparar contra los cuatro hombres que estaban arrodillados a merced de sus armas. Chaparro Sánchez, Barreto Moreno y Martínez Villegas murieron en el lugar.

“Saulito siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás. Uno iba en la madrugada a pedir que llevaran a un enfermo al hospital y lo hacía. Si se topaba con un tiroteado en la calle lo montaba en el autobús. No es justo que muera así, no es justo”, sollozó una de las dolientes que se encontraba en la funeraria para ver la urna de Chaparro Sánchez.

Además de ser recordado por su dedicación a la comunidad, los vecinos del sector Las Casitas aseguran que el joven era un deportista nato. “Desde pequeño lo íbamos a ver a la escuela de básquet de Los Cocodrilos. Allí estuvo practicando por varios años, pero el tamaño no lo ayudaba”, recordó Morales.

La ganancia que obtenía Chaparro Sánchez como transportista las destinaba a sus tres hijos y a colaborar con los gastos de la casa en la que vivía con su madre y dos de sus hermanas. El entierro en el Cementerio General del Sur se retrasó por casi una semana, pues su mamá estaba en España cuando ocurrió el homicidio. Este diciembre irían a pasar las fiestas en Margarita.

“Es momento de que las autoridades dejen de pensar en su propia vida y cuiden la vida del pueblo. Nos están matando, nos están quitando a hombres inocentes y responsables. Nuestros niños se están quedando huérfanos por culpa de su incapacidad”, denunció Omaira Hernández, abuela de los morochos de Chaparro Sánchez.

Una promesa del softball.
El padre de Jorge Barreto ya había pasado por el dolor de enterrar a un hijo y encontró el valor para acompañar a los progenitores de Chaparro Sánchez.

El joven, de 20 años de edad, tenía 2 años estudiando en el Instituto Universitario Jesús Obrero de Los Flores de Catia. Allí pasaba las tardes, porque las mañanas las dedicaba a trabajar como mototaxista en el barrio. Los fines de semana practicaba softball en alguna de las canchas del sector Las Casitas.

“Representaba al barrio y estaba esperando la admisión en un equipo de softball internacional. Era tranquilo y ni siquiera salía a reuniones si sus padres no estaban”, manifestó una de las habitantes de la zona.

Las tres víctimas fatales y el herido eran vecinos. Se criaron juntos en el sector Las Casitas de la urbanización Alfredo Rojas. Por eso, el lunes toda la comunidad bajó a la avenida a protestar por esas muertes y las otras 7 que habían ocurrido en 15 días.

“La policía nos engañó. Ese día nos aseguraron que iban a ocupar el módulo que acondicionamos para ellos y hasta ahora no ha subido ni uno. Pero vamos a seguir protestando, vamos a trancar las calles, las líneas de autobuses van a pararse porque el hampa no puede seguir cobrando vidas de inocentes”, se escuchaba entre el llanto de los dolientes que partían hacia el cementerio con la urna de Chaparro Sánchez en sus hombros.

Identificados

Aunque los delincuentes buscaron el anonimato tapándose la cara con trapos, los testigos saben quiénes son. Aseguran que son azotes del barrio que se criaron allí. Dicen que dos de ellos estuvieron presos por homicidio, pero gracias a sus contactos lograron salir de El Rodeo y La Planta hace más de dos años.

“El problema es que la policía aquí no tiene autoridad. Si las víctimas fueran familiares de gente con dinero, no descansarían para encontrar a los culpables. ¡Qué impotencia tan grande es la impunidad que hay en el país!”, expresó uno de los allegados a las víctimas.

El Dato

Rommy Albarrán tiene 26 años de edad. Fue el sobreviviente de la masacre de El Atlántico, pero permanece en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital. El tiro que recibió en la cabeza comprometió el nervio óptico, por lo que los médicos hacen lo posible para que no pierda la visión. Tiene una hija de 2 años de edad y trabaja en una distribuidora de licores en Pérez Bonalde.

Oswaldo Martínez, de 48 años de edad, era mensajero de una empresa privada. Vivía con su pareja y una hija. Trabaja de lunes a viernes y los fines de semana acostumbraba a pasarlos en familia y estar con sus amigos del barrio.