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La morgue de Bello Monte: una ciudad en una cuadra

La morgue de Bello Monte ha recibido más de 4.100 cadáveres en lo que va de año | Foto Alexandra Blanco

La morgue de Bello Monte ha recibido más de 4.100 cadáveres en lo que va de año | Foto Alexandra Blanco

En ese lugar que es común para cualquiera en Caracas se ha formado un entorno en el que conviven el dolor, el comercio y la desidia

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La Medicatura Forense, también conocida como morgue de Bello Monte, es –en cierta medida– una metáfora de Caracas. En una de las urbes más violentas del mundo el lugar al que llegan los cadáveres productos de esa violencia tiene cierta significación.

El edificio representa a la capital en más de un aspecto. Por ejemplo, en la improvisación, esa característica tan venezolana que permite hacer que un inmueble destinado inicialmente a ser un centro social de las empresas Pampero se transforme de la noche a la mañana en el sitio donde se hacen las autopsias, las experticias para la identificación de cadáveres, así como exámenes de medicina y psiquiatría forense, entre otros.

Refleja, además, otro rasgo de la cultura nacional, que es la “provisionalidad permanente”. Cuando comenzó a funcionar en la calle Neverí de Bello Monte se dijo que pronto sería mudada e integrada a la sede definitiva de la policía judicial, en San Agustín del Sur. Pero eso fue en 1972; quién sabe cuánto tiempo más habrá que esperar.

En las inmediaciones de la morgue llegan a diario las segundas víctimas de la violencia, los familiares que no necesitan estadísticas oficiales para saber lo que estudios de organizaciones internacionales señalan cada año, aunque el gobierno no admita: que Caracas se mantiene en el ranking de las ciudades más violentas del planeta. La urbe que en 2013 pasó del tercer lugar al segundo en esa categoría, de acuerdo con el informe del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública, Justicia y Paz de México; la capital que en 2012 registró la segunda mayor cifra de homicidios en América Latina, según la ONU.

El dolor que ronda la Medicatura persiste sin tregua. Fue, sin distingo, el mismo lugar para los familiares de por lo menos 468 víctimas de hechos violentos en la Gran Caracas en los días transcurridos de diciembre hasta ayer, y de más de 5.000 en todo el año.

 

Testigos fieles. En la cuadra que bordea la morgue hay tres kioscos. Uno de ellos se llama El Koloso y es adonde va a comprar café una mujer que durante horas lloró desconsolada el asesinato de su hijo. En el negocio está Jackson Montes de Oca, quien desde julio de 2013 ha presenciado el dolor de los deudos. Sin embargo, hay otras imágenes de la Medicatura Forense que se han quedado fijas en la mente de este trabajador: “Me impresionó cuando llegó un niño en uniforme esposado por haber matado a un compañero de clases. También es doloroso ver a las madres de jóvenes asesinados que no pasan de 20 años”.

Marina de Escalante y Nerio Escalante están por cumplir 40 años de casados y casi la mitad de su unión han trabajado frente a la morgue. Todos los días viajan desde La Guaira hasta Caracas para vender comida y ofrecer a los familiares una fotocopiadora para agilizar los trámites que impone la burocracia fúnebre en el país.

Cecilia Mendoza tiene un kiosco de nombre Tremendokiosco, frente al cual pasan las furgonetas y carros fúnebres: “Cuando veo a la gente llorando me escondo. Es difícil conectarme con esa parte violenta de mi ciudad. He visto cosas muy fuertes”.

Otro joven camina cerca de la Medicatura en compañía de su novia vendiendo café y té de malojillo en termos. En Navidad hay quien vende panettone y turrones.

Cerca de donde los familiares esperan la entrega de los cadáveres hay una línea de mototaxis y un estacionamiento improvisado de motocicletas. A un lado, en fila, se exhibe otra muerte: la de furgonetas y carrozas fúnebres deterioradas desde hace meses por fallas mecánicas, y que están allí abandonadas.

Dos contenedores de basura empeoran el malestar de los deudos, en un ambiente ya saturado por el hedor que se desprende de las ventanas de la morgue. De sus tapas rebosan los desperdicios que pasan días regados en el pavimento.

Esta cuadra de muerte y dolor condensa las secuelas de la violencia y se convierte en una clara metáfora de la ciudad.